A la caza del cristiano

La fe cristiana es la más perseguida del mundo. En determinados rincones del planeta, cada vez en mayor número, la vida de un creyente carece de valor. De hecho, once son asesinados cada día

La Navidad es un tiempo especial por sagrado para los cristianos. La epifanía marcó un antes y un después en la vida de cientos de millones de personas durante los más de XX siglos que le han sucedido desde entonces. La alegría y la felicidad de la celebración en unos territorios del planeta se convierten en temor y precaución en otros en los que la libertad religiosa es un anhelo inalcanzable. En esos países lo que no está prohibido, se encuentra arrinconado, y en muchas ocasiones la cruz es un estigma que condena a muerte. En los últimos años, los ataques a las iglesias durante los oficios navideños han sido una constante que ha teñido de sangre y dolor a las comunidades cristianas de Irak o Egipto, pero no sólo. El odio inoculado en la ignorancia es el veneno que carga las armas de los asesinos y siembra de mártires el mundo. En demasiadas veces como consecuencia de una política de Estado especialmente en dictaduras comunistas o teocracias. Liberticidas contra la religión del perdón y la ayuda a los más desfavorecidos a la que creen un peligro para sus intereses. Ese anticlericalismo ha sido una constante en la historia. A veces, discriminatorio y no violento, en otras aterrador y sanguinario, siempre intolerante. En España, se sabe bien. Fue el escenario de una de las mayores matanzas por motivos de fe de la historia del siglo XX con miles de personas asesinadas por las bandas de izquierdas que servían a la República por llevar sotana, hábito, ir a misa o rezar. De odio sabemos mucho. Afortunadamente, esa etapa quedó atrás, aunque la fobia contra la Iglesia y lo que representa, no. La libertad religiosa es un derecho primario de la persona que cualquier democracia debe preservar y desarrollar en atención también a la inviolabilidad de las convicciones y las creencias del individuo. En pleno siglo XXI, que casi dos tercios de la población mundial vivan en países en los que los feligreses pueden ser atacados retrata la involución de un mundo que se tiene por civilizado. Y lo peor es que este crimen contra la humanidad se produce ante la indiferencia general y en medio de una hipocresía colosal. Velar por el planeta es necesario, por las personas y su libertad tendría que ser sagrado.