En la misión no se jubila “ni Dios”

España cuenta con 10.000 misioneros. Su edad media es de 74 años y no hay relevo generacional

Juana María no se ha visto en otra. Desde que Obras Misionales Pontificias le escogió como imagen para la campaña del DOMUND 2020 que se celebra hoy, su teléfono no ha parado de sonar. Esta misionera modelo de 75 años empapela parroquias, colegios, marquesinas y autobuses. «No sé cómo serán capaces de vivir los famosos con tanta entrevista», bromea, sabedora de que ella es una polvorilla incapaz de estar de brazos cruzados. Ni ahora ni cuando, con 13 años, decidió ingresar en las Hijas de la Virgen de los Dolores.

«Oficialmente me jubilé como educadora de infancia a los 65 años, pero, como misionera, nunca. Imposible», sentencia Juana María Domínguez desde Benguela, al oeste de Angola, donde este fin de semana celebra los 26 años de la llegada tanto de ella como de su congregación al país africano en plena guerra civil. Allí abrieron un centro médico y un internado, entre otras iniciativas. «No hay jubilación que valga. Los de Jesús no podemos parar, hay que anunciarlo a todas horas», comenta, mientras reparte su tiempo entre la parroquia, la pastoral juvenil y familiar. ¿El secreto de su éxito? Levantarse a las cinco de la mañana, ofrecerle a Dios la jornada y a caminar dos kilómetros diarios, un hábito que cumple «a rajatabla». A partir de ahí, la entrega a los más pobres le recarga las pilas automáticamente. «Si Dios me llama pronto y llega mi hora, ya tendré tiempo de descansar en el cielo», bromea la religiosa.

Como la hermana Juana María, nuestro país cuenta hoy por hoy con más de 10.000 misioneros, 7.792 en destino, distribuidos por 135 países y 3.101 en España. Una potencia solidaria con falta de relevo generacional, lo que hace que la edad media ronde los 74 años. Solo retornan por obediencia a sus superiores o enfermedad. Y si regresan, se vuelcan en campañas de sensibilización en parroquias y colegios dando su testimonio de lo vivido. Pero, si está en su mano, se quedan allá donde fueron destinados hasta el final haciendo realidad ese «Aquí estoy, envíame». Es el lema para este Domund marcado por el coronavirus, campaña que preocupa a la Iglesia pues se teme una bajada en la recaudación por las restricciones de aforo en los templos y la imposibilidad de salir a la calle con las tradicionales huchas. Para compensarlo, Obras Misionales Pontificas –la entidad organizadora– se ha volcado en redes sociales y está promoviendo las donaciones por Bizum (00500).

Solo en Nepal

Lo primero que hace al fundar una misión el escolapio José Alfaro, logroñés de 83 años, es cavar su propia tumba. Literalmente. Para no provocar problemas de extradición ni a su familia ni a sus responsables: «Mi carisma es ese: abrir camino y que luego, una vez muerto y que sea ya uno con la tierra, otros pasen por encima de mí». Alfaro es el único misionero europeo que ha pisado territorio nepalí que alterna con estancias en India. Él solo. «Bueno, solo, solo, no. Con el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo», comenta con ironía. El caso es que entre ambos países ha abierto centenares de escuelas que va dejando en manos de diferentes instituciones para que les den continuidad, porque lo suyo es «abrir caminos para que otros asuman la tarea una y otra vez».

Tampoco le frena nada a Nicolás Castellanos, el prelado que con 56 años se despojó de su mitra en Palencia para marcharse al Altiplano de Bolivia: «Estoy muy agradecido a Dios porque gozo y disfruto de salud, emprendimiento y empoderamiento como cuento tenía 24», detalla, a la vez que desvela cómo se mantiene en forma: «El ''ora et labora'' funciona, o lo que es lo mismo, rezar, estudiar, estar disponible 24 horas del día para los demás y aprender de los pobres». Eso sí, es consciente de que «si con mis 86 años, estuviera decrépito, buscaría no estorbar y me centraría en rezar. Lo fundamental es mirar siempre a Jesús de Nazaret porque sana, interroga y humaniza. Cristo es más humano y social, si me apuras, que religioso. Se dedicó a pobres, enfermos y a fortalecer la convivencia, como cualquier misionero».

De hecho, él se siente «plenamente misionero como me sentía plenamente obispo». «Para evitar la parafernalia de tener que enterrarme en la catedral de Palencia, he pedido por escrito que me entierren donde muera. Si es en Bolivia, un cementerio de aquí. Si allá, en el cementerio municipal», dice sin temor alguno a la muerte. Así habla el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia de 1999 que creó la Fundación Hombres Nuevos, una referencia mundial de promoción y desarrollo de los más vulnerables. Hace dos años dejó la presidencia, pero no su entrega a los últimos. Y más ahora que el coronavirus les ha obligado a cerrar las obras, pero no la ayuda. «El hambre que está provocando la pandemia es enorme porque la gente no puede ir a trabajar».

«Para mí el concepto jubilación no existe. A España vuelvo de visita, pero esta es mi tierra», confiesa el comboniano Juan González, que atesora 44 años a Etiopía, donde ha alternado cargos de gestión con el día a día entre una de las tribus más marginadas del continente negro: los gumuz. Hace apenas unas semanas, con 73 años, el Papa le nombró administrador apostólico de la diócesis de Hawassa hasta que se nombre un nuevo obispo. «No lo esperaba en absoluto y apenas he tenido tiempo para hacer las maletas», expresa sorprendido.