Sociedad

¿Por qué esta monja no aparece en la lista “Forbes” de los más poderosos?

Jolanta Kafka es la presidenta de la Unión Internacional de Superioras Generales, la desconocida plataforma femenina más relevante del planeta que aglutina a 658.000 religiosas

Jolanda Kafka
Jolanda KafkaIsmael Ibañez

El Papa Francisco se sitúa en el sexto puesto el listado de «Forbes» de los más poderosos del mundo. O influyentes, según la traducción. A Jolanta Kafka ni se la ve ni se la espera. Tampoco en la versión femenina del ránking. Por no tener, no tiene ni entrada propia en Wikipedia. Sin embargo, esta polaca de 61 años es el rostro visible de la plataforma de mujeres más numerosa y activa del planeta.

Ningún movimiento feminista aglutina a tantas asociadas como la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG). Para hacerse una idea, si Inditex cuenta con 144.000 empleados, solo esta organización católica representa a 658.000 monjas de vida apostólica del planeta: de las Hijas de la Caridad a las salesianas, pasando por las concepcionistas, las adoratrices, las ursulinas... Así, hasta 2.000 congregaciones con sus miles de colegios, hospitales, residencias, centros de acogida a migrantes, de lucha contra la trata, comedores sociales… Toda la acción social imaginable, en sus manos. «Somos la presencia de Jesús en medio del pueblo, levadura que unas veces puede verse y otras no se aprecia, pero siempre fermenta», apunta Jolanta a LA RAZÓN, que está al frente de todas ellas como presidenta de la UISG. O mejor, a su servicio.

Si se sigue esa máxima del Papa de que «el verdadero poder es el servicio», Kafka encarna ese «soft power» tan imperceptible en la cúspide como incisivo en la base. «Una religiosa nunca busca ser protagonista allí donde está. Siempre pone delante a la gente con la que está, pone en primer plano a aquellos a los que busca devolver su dignidad, a los que sueña con educar, a los enfermos que cuida», asevera la también superiora de las claretianas, congregación con 500 mujeres en sus filas. Y se lo aplica a sí misma al pie de la letra: «¿Poderosa yo por este servicio que se me pide? No me siento absolutamente identificada con ese planteamiento», sentencia con humildad: «La UISG no tiene un poder ejecutivo sobre las religiosas, es una plataforma de animación, de acompañamiento, ayuda y para sostenernos mutuamente en el caminar de la Iglesia en sintonía con el Papa Francisco».

No en vano, ella es el rostro de un equipo directivo de doce mujeres de diferentes institutos y continentes. «Nunca pensé que el Señor me llamaría a este servicio. Y así lo vivo, como una llamada a servir». De hecho, a Jolanta le gusta utilizar el término «servant leadership» para referirse a esta responsabilidad que asumió en mayo de 2019. «Por un lado, desde la escucha intento estar al tanto de lo que transmiten las religiosas de todos los continentes y de lo que dice la Iglesia para desde ahí ver qué pasos podemos dar adelante para acompañar a unas y a otras».

A pesar de la responsabilidad que recae sobre sus hombros, su anonimato le permite moverse con libertad de acción por medio mundo. O lo que es lo mismo, no es una «celebrity» de puertas para afuera, pero su presencia indispensable para cualquier foro eclesial que se precie. Como la Semana de la Vida Consagrada que arranca mañana en Madrid y que celebra precisamente sus bodas de oro con ella como una de las cabezas de cartel. Organizada por el Instituto Teológico de Vida Religiosa, este congreso anual –en esta edición virtual por la pandemia– es un laboratorio «de experiencia compartida para que seamos profetas que ayuden a despertar a este mundo». Y es que Jolanta está convencida de que «la vida religiosa siempre está en dinamismo, no es estática, porque siempre está en búsqueda. ¡Ojalá tuviéramos todavía más agilidad para dar respuestas a esta realidad cambiante!».

En su despacho cuelga de fondo un mapamundi desde el que radiografiar la salud de las religiosas. Occidente sufre un descenso por el envejecimiento y la falta de vocaciones que ahora vienen especialmente de Asia. «No se puede generalizar ni ofrecer un único pantallazo sobre nuestra realidad tan diversa. Yo no veo a la vida religiosa enferma, sino dinámica en búsqueda. Podemos reconocer que hay algunos síntomas de crisis, pero una crisis propia de la madurez personal, de esas que te invitan a crecer en profundidad», reflexiona Jolanta sobre la necesidad de «hacer una lectura renovada de nuestros carismas».

Religiosa al rescate

La realidad es que en el rincón más inhóspito y de frontera, sea en un poblado indígena de la Amazonía, defendiendo a un grupo de manifestantes en Myanmar, en un aula de Vallecas, o en un ‘slum’ de India contra el coronavirus, hay una religiosa al rescate. Y cuando otros huyen por patas porque la cosa se pone fea por una guerra o una pandemia, la monja se queda con los últimos y desprotegidos. «Pero nunca verás a una religiosa sola. Si rascas, con ella siempre hay una comunidad que trabaja unida», enfatiza esta teóloga que lleva 37 años como claretiana y que ha sido maestra en la escuela pública.

Desde ahí, matiza que esta entrega es solo una de las dimensiones de la radicalidad de su consagración ante el riesgo de pensar que las monjas se dedican a «hacer cosas», cuando para la presidenta de la UISG, sobre todo, «son» y «están»: «No somos un ejército. Servimos a los demás porque lo entendemos como nuestra manera de dar testimonio del amor de Dios. Incluso las de vida contemplativa tienen una proyección apostólica para el bien de la humanidad».

En esta renovación, el término monja parece caer en desuso para aplicarse únicamente a la clausura. Entonces, ¿cómo denominarlas? «Oficialmente somos religiosas, comúnmente se nos llama monjas, y a mí, personalmente me gusta hablar de hermanas porque, en el fondo, cuando alguien se refiere a ti como monja o religiosa puede entender que estás alejada del mundo y solo dedicada al culto, cuando nosotras como consagradas estamos llamadas a ser discípulas de Jesús en medio de la gente», concreta Jolanta.