Cómo pasar las vacaciones en un barco para huir de los rebrotes

El miedo al contagio ha disparado las reservas de vacaciones en alta mar. Imprescindible: test serológico y toma de temperatura. una vez a bordo, el covid se queda en tierra.

A bordo del «Beluga», Miquel, Amparo y Miriam disfrutan de una mañana de baño y buceo en el  Mediterráneo
A bordo del «Beluga», Miquel, Amparo y Miriam disfrutan de una mañana de baño y buceo en el Mediterráneo©Gonzalo Pérez MataLa Razón.

El verano corre y las reservas de los hoteles siguen cayendo a cuentagotas. Muchos turistas prefieren alojarse en apartamentos alquilados para evitar el contacto con otros grupos y esquivar así los posibles contagios. De igual modo, la preocupación en torno al Covid, que sigue muy presente entre la población ante los constantes rebrotes, ha llevado a potenciar otro tipo de turismo que hasta hace poco estaba reservado solo a los más pudientes: los barcos. Vacaciones de larga duración a bordo de un velero o yate con un grupo reducido de pasajeros en las que no hay que preocuparse por el uso de mascarilla ni entrar en pánico si se acaba el gel hidroalcohólico.

El «boom» de las reservas náuticas aptas para todos los bolsillos este año ha disparado los medidores. Una vez abierta la veda vacacional, las reservas se multiplicaron y ya hay en la mayoría de empresas que gestionan estas vacaciones una larga lista de espera. «Tras un parón casi total de las peticiones durante el estado de alarma, en el mes de junio de este año la facturación de Sailwiz ha sido un 16% superior al mismo mes del año pasado, y se espera que este crecimiento sea muy superior en el mes de julio, según estamos viendo en los últimos días», explica Álvaro García de Polavieja, director, y cofundador de Sailwiz, una plataforma que gestiona viajes compartidos en barco con más de 600 navíos.

Incluso, muchas personas han aprovechado el confinamiento para sacarse la licencia de navegación y así no depender ni siquiera de patrón para navegar con total tranquilidad sin contacto alguno con extraños. «En nuestra empresa dedicada a las licencias, Cenáutica, hemos experimentado un aumento del 17% en las inscripciones a los cursos en sus escuelas náuticas respecto al primer semestre del año pasado, con un aumento de más del doble de las matriculaciones de alumnos a los cursos online», puntualiza este amante del mar a LA RAZÓN. En el puerto de Denia nos encontramos con Cristina Gómez y Jesús Lamo, propietarios de Belugavela, una empresa que colabora con Sailwiz y que ofrece escapadas CovidFree por Baleares con un plus: cursos de submarinismo. Un par de horas antes de zarpar se citan con los que serán sus huéspedes durante los próximos siete días: Miquel y Miriam, que son pareja, y los amigos Pedro y Amparo. No se conocen entre ellos, por ello, antes de embarcar se les ha exigido un análisis serológico para confirmar que ninguno es positivo en Covid. «Es la manera de garantizar la tranquilidad entre las personas que vamos a convivir durante 24 horas al día juntos. Una vez se pone un pie en el barco, dejamos a un lado el coronavirus, no queremos ni hablar del tema», afirma Cristina, que es la instructora de submarinismo.

Cristina toma la temperatura a todos los pasajeros antes de embarcar.
Cristina toma la temperatura a todos los pasajeros antes de embarcar. ©Gonzalo Pérez MataLa Razón.

Un medio «sellado»

Pero esta no es la única medida de prevención. Antes de embarcar se toma también la temperatura a todo el mundo. La primera es Amparo, que sonríe tras verificar sus 36,1ºC. Todo correcto, «estamos limpios», dicen. «Ya se nos permite ir al aforo completo y cada vez que terminamos un viaje realizamos una desinfección en profundidad de todo el barco. Al principio utilizábamos ozono, pero ya no porque hemos visto que es peligroso en algunos casos. También realizamos una higienización de los equipos de buceo con productos especializaos. Una vez embarcamos, ya no se toman más medidas porque estamos en un medio cerrado. Eso sí, las tareas de limpieza exigidas por los protocolos anticovid nos han duplicado el tiempo de preparación del velero», dice Jesús, antes de que comience la sesión de instrucción sobre las medidas de seguridad necesarias una vez que pongan rumbo a Ibiza.

Son las nueve de la noche y el sol comienza a esconderse. Miquel y Miriam prestan atención a las explicaciones de Cristina. Ya se han repartido los camarotes y tomado buena nota del uso del baño, que requiere un master para entender la mecánica. Ellos vienen desde Barcelona y hoy comienzan sus vacaciones. «Nunca habíamos hecho un viaje así, nos gusta el mar y pensamos que este era el verano perfecto para hacerlo. Lo reservamos hace dos semanas cuando vimos que la situación estaba un poco más calmada. Nos gusta el submarinismo y es una tranquilidad estar unos días sin pensar en mascarillas», dicen. Lo que no falta en la mochila es la biodramina, sobre todo para la primera noche que la harán navegando hasta la isla pitiusa. Antes de partir, Miquel se toma un par «por si acaso».

Los navegantes se preparan para comenzar el día
Los navegantes se preparan para comenzar el día©Gonzalo Pérez MataLa Razón.

«Me encanta el mar y era una ocasión perfecta para desconectar después de todo lo que hemos pasado. No ver nada más que el agua es una paz total», añade Miriam, que trabaja en marketing. Él, ingeniero de telecomunicaciones, dice que este tipo de viajes de «liveaboard» (vida a bordo) son una experiencia única: «No nos supone un problema viajar con otra gente. Además, el habernos hecho la prueba serológica nos hace sentirnos más cómodos. Nosotros sabíamos que no lo teníamos, pero es una forma de que todos estemos relajados y sin miedo. Eso sí, en la mochila llevamos mascarillas por si desembarcamos en alguna isla de Baleares, ya que allí es obligatoria», añade.

Alejados de la sociedad

El precio por estas vacaciones libres de virus y con unos amaneceres de infarto varía en función de lo que se contrate, pero en el caso de la pareja de Barcelona, rondan los 900 euros las seis noches en velero, todo incluido, y varias inmersiones por profundidades de ensueño. Las comidas también se hacen a bordo, y Cristina, la encargada de la manutención, hace salivar a los presentes cuando detalla el menú. «El día comienza con un potente desayuno, luego un picoteo variado a medio día y de cena desde suquet de colitas de rape con patata, calamares y mejillones, a albóndigas caseras y pollo en pepitoria. Nos lo hacen en un restaurante y lo llevamos congelado. Está delicioso», apunta la instructora.

Jesús, que lleva 20 años navegando, cuenta que es el mar quien decide las rutas en cada viaje, ya que aunque la travesía es prácticamente siempre la misma, alrededor de Ibiza y Formentera, no siempre se visitan los mismos lugares. «Este es el que manda y hay que hacerle caso», sentencia apuntando al agua. Para Amparo, que el año pasado se «bautizó» en las vacaciones náuticas, confiesa que «no hay nada como levantarte y lanzarte al mar, un buen baño antes del desayuno. Eso no está pagado». Su amigo Pedro, que trabaja en una empresa de suministros médicos , coincide con ella en la «desconexión» de este tipo de veraneo. «Es maravilloso, compartir con otras personas y disfrutar de las islas sin aglomeraciones, alejado del ruido y la multitud, es una terapia»; puntualiza Amparo, que trabaja como asesora sanitaria. «En el velero te olvidas completamente de la sociedad, de la situación provocada por el Covid... Tienes una paz mental absoluta y sensación de libertad permanente», concluye Miriam antes de ponerse el neopreno y sumergirse en el mar.