La delicada historia de los soldaditos de plomo

Ideados para adorar a los dioses prehistóricos, su función ha caminado de la mano de la evolución humana hasta convertirse en codiciadas figuras de coleccionista

Hace un calor espantoso y yo me he puesto calcetines. Culebreando las calles de Toledo como haría una serpiente, con la barriga húmeda y la lengua fuera, busco una sombra que me refugie del inmisericorde sol toledano. Ni siquiera pensar en las huestes de Alfonso VI trepando las escarpadas murallas en el año 1085, ceñidas con hierro y acero de la coronilla a los talones, esquivando a duras penas el fuego líquido que lanzan las aguerridas tropas de Al-Qádir (y para colmo, un mes de mayo), consiguen aliviarme del calor. Palpo la piedra centenaria. Siglos de sol parecen haberse concentrado en ella, dispuestos para salir hoy y zambullirse en los poros de mi piel.

Necesito que todo se haga más pequeño. La piedra, las calles, el bullicio, el calor. Saltando de sombra en sombra alcanzo la penumbra del Alcázar de Toledo. Sufrido edificio, magullado por mil arcabuces y mil espadas, víctima de algunos de los peores poemas que se han ideado en su honor maltrecho. Su rostro de granito fatigado se confunde con el mío. En la entrada, un letrero marca con letras rectas: MUSEO DEL EJÉRCITO. Desde dentro sopla una brisa encantadora. Entro, cruzo el arco de seguridad, en cuestión de minutos soy testigo de cien victorias y otras tantas derrotas de mi país, brinco de alegría con las primeras y siento las segundas como puñaladas de desamor. Quizá te cuente otro día qué puede verse en este colosal museo pero hoy quiero fijarme en lo más pequeño que guarda, lo que ando buscando, no mayor que mi propio pulgar.

¿Cómo empiezan las figuritas de plomo?

A esta pregunta habría que contestarla con otra. ¿Qué nos hace humanos? ¿Qué características nos distinguen tras caminar nuestros primeros pasos del resto de los animales? Algunos dirían que son el fuego, los dioses y la conciencia del pecado. Las tres bases de cualquier sociedad prehistórica, capaces de darnos el poder y de controlarlo a partes iguales. Aunque faltarían las herramientas que hagan de estas tres cualidades unas tangibles, maleables entre nuestras manos, tres herramientas que fuesen capaces de someter los poderes del hombre en las generaciones siguientes. ¿Podrían ser las antorchas y la yesca las herramientas del fuego? Podrían serlo. ¿Y la ropa y las armas quienes controlen los primeros pecados? Sí, por qué no.

¿Y a los dioses? ¿Cómo ganarlos de nuestro lado? Por supuesto que existen las oraciones pero estas son demasiado débiles en los momentos de flaqueza, o mejor aún, en los momentos de bonanza, cuando sociedades victoriosas alcanzaron los límites de la inmortalidad y pudieron caer en la tentación de mirar a los dioses como una traba innecesaria ante su grandeza. Desde que el hombre fue capaz de saborear el primer atisbo de gloria, los más sabios supieron que necesitábamos de un objeto que nos recordase la cólera de los dioses.

Quizá bastaría con una figurita de bronce. Podría ser. Una pequeña representación de cualquier dios que nos observase sin cesar con sus ojos inertes, como diciéndonos, cuidado. Sigo aquí. Y tú sigues bajo mi mano. Este y no otro es el origen de las figuritas de plomo, aunque en sus inicios lo fueran de bronce o de barro cocido. Restos neolíticos hallados en el Cerro de los Santos, y en muchos otros lugares, evidencian esta decisión unánime de los humanos.

Los primeros soldaditos de plomo

Una vez comenzado el uso de las figuritas como representación de los dioses, cobran un significado místico. Las figuritas son la representación de lo divino en la tierra y, por tanto, objetos divinos y, por tanto, objetos a los que podemos orar y pedir los favores pertinentes. Lo mejor de todo es que ocupan muy poco espacio, pueden encajar con facilidad en el cinturón de cualquiera, también se guardan en pequeñas bolsas. Se sospecha que es durante el Antiguo Egipto cuando los militares comenzaron a utilizar figuras como talismanes, aunque la evidencia más palpable la encontramos entre las legiones de Roma. Lo que en un principio puede representar a dioses, no tarda en abandonar su papel exclusivamente divino para dar paso a la pura superstición. Las figuras pueden representar entonces cualquier tipo de idea, humana o celestial

Ya en el año 1.000 a. C se encuentran figuras militares de plomo, en asentamientos del Austria actual. Los romanos también contaron con ellas. El origen de los soldaditos de plomo proviene, esto es inevitable, de los propios soldados de carne y hueso.

De talismán a juguete

El uso de las figuras evoluciona sin cesar de la mano de la evolución del hombre. Con la caída de los viejos dioses y el auge del cristianismo, Roma se derrumba con sus talismanes de plomo, dando paso a un periodo conocido como la Edad Media. Esta trata de una época en la que conviven el caos con un avance filosófico y espiritual que pocos reconocen, en un equilibrio perfecto cincelado por el Imperio bizantino y los musulmanes, mientras que los pueblos europeos guerrean entre ellos en busca de su sentido.

Entre guerras surgen breves periodos de paz. La paz no es algo habitual en la Edad Media. La paz es extraña para muchos, casi incómoda, algo parecido a un fastidioso limbo entre aventura y aventura. Quiero decir, ¿de qué sirve la paz? Los reinos no se amplían, los caballeros engordan fuera de sus armaduras y los animales del bosque tiemblan al escuchar las cornetas de las cacerías. Los campesinos sufren un invierno tras otro. Los sacerdotes tronan sobre los púlpitos. Así surgen diferentes juguetes para mitigar la desidia de la paz, juegos de mesa y simples figuras talladas en madera o moldeadas en plomo. La mayoría de sus usuarios son más adultos que niños (los niños están demasiado ocupados en sobrevivir a los catorce años y después ya son adultos), de esta manera las figuras de los dioses que pasaron a ser talismanes pierden todo valor espiritual - al menos en parte - y son utilizadas con fines más inocentes: la diversión.

Juguetes para niños

Pasan los años con su apatía habitual. A ellos no les interesa para qué se usan los soldaditos de plomo, es más, uno diría que no les interesa nada en general, pero siguen galopando mientras el ser humano lucha encarnizadamente por mejorar sus opciones de supervivencia. Una a una, las enfermedades van siendo derrotadas de la mano de la ciencia. Se abandonan las supersticiones para adorar a la ciencia. Ciertas mentes pensantes recogen con palabras nuevas características del pensamiento humano y, sin apenas esperarlo, los adultos son demasiado serios y respetables como para jugar con simples figuritas. Mientras que los niños, más seguros en este mundo codicioso, pueden prolongar la inocencia de la infancia durante unos pocos años, además de prolongar sus vidas a secas con mayor facilidad. Ahora ellos también pueden jugar.

Los primeros soldaditos de plomo destinados a niños surgen en torno al siglo XVIII en Alemania, rápidamente seguida por Francia, Austria e Inglaterra. Importantes miniaturistas mejoran sus técnicas de fabricación en los dos siglos siguientes mientras las pequeñas y delicadas figuras se convierten en un fenómeno de la infancia, algo así como los cromos de fútbol, el juguete ideal para dirigir la mente infantil hacia los sueños de cada época.

Ya habrás adivinado qué motivaba a las criaturas del siglo XVIII: dar los primeros pasos en el arte de la guerra.

Elementos de coleccionista

Horror. Espanto. Quién lo habría predicho. El plomo de los soldaditos es sumamente tóxico y algunos niños mueren por su causa, o caen enfermos de gravedad. A mediados del siglo XX se prohíbe la producción de figuras de plomo destinadas al juego infantil y, casualmente, por aquellos años se descubre también un valioso material. El plástico. Más barato, más seguro. Los objetos que fueron ideados hace 27.000 años para contener la ira de los dioses cambian de forma y de sustancia para dar paso a los G.I Joe, los Action Man y demás juguetes de plástico militarizados. Así funciona el ser humano. La cólera de los niños ociosos se convierte para los padres en un temor a la altura de los mismos dioses prehistóricos y urge idear la forma de calmarlos.

En este momento llegamos a los soldaditos de plomo en la actualidad. Delicadas piezas dirigidas a un público adulto, algunas de ellas con un valor incalculable y destinadas a su colección. Se organizan concursos internacionales donde los miniaturistas trabajan sin descanso hasta conseguir la perfección de su modelos. Incluso se crean agrupaciones de miniaturistas, la primera que hubo en España se formó en 1956.

No sabemos qué ocurrirá en el futuro con los soldaditos de plomo pero sí es seguro que su delicada evolución a lo largo de los siglos resulta más excitante de lo que pensaba cuando huía del calor toledano. Fueron pedazos de divinidad en la tierra, escudos espirituales para los mayores ejércitos del mundo, mitigadores de testosterona en el medievo y veneno para los niños descuidados del siglo XIX. Hoy nos miran desde las estanterías, pulcros y con la mirada inerte, todavía guardando el misticismo que les dio forma por primera vez.