Cómo entender Armenia desde dentro

¿Por qué apoya Turquía a Azerbaiyán en el actual conflicto? ¿Por qué es el genocidio armenio tan conocido? ¿Qué tamaño tiene en realidad su territorio? Estas son preguntas que solo podrán descubrirse al indagar dentro de Armenia, en su historia y su apasionante cultura

Nos ocurre a todos cuando estalla una nueva guerra en un país que habíamos visitado o sucede un golpe de estado violento en la ciudad de este buen amigo nuestro. Al saber que su vida y la de su familia vuelve a correr peligro porque, seamos francos, en el cruento tablero del poder nadie tendrá en cuenta a aquellos que nosotros llamamos amigos. Ni se molestará por las mismas flores que nosotros vimos crecer con tanta ilusión, tampoco cuidarán de que este u otro bonito monumento salga indemne de las explosiones que se avecinan.

No sentimos el mismo dolor que nuestros amigos en peligro, esto es evidente, ni podemos comprender con plenitud su congoja ante el futuro. Pero sí podemos temblar con ellos. Revolvernos al ojear cualquier diario, encender el televisor, escuchar los chillidos estridentes del canal de Youtube de turno, y descubrir que nuestros amigos están solos porque el mundo desconoce cuán abandonados se encuentran en realidad. Con los ojos puestos en los movimientos del tablero del poder, se hacen oídos sordos a la madera desgastada que conforma ese tablero. Por esta razón ando preocupado al encender el televisor y ojear cualquier periódico, cuando descubro que los armenios, mis amigos y los que no lo son, sus flores y los rastrojos que quedan de su cultura, vuelven a estar en peligro.

Nación pionera

Para comprender la situación armenia no basta con releer unas pocas líneas de la pasada época soviética, ni conocer a medias el doloroso genocidio a manos de los otomanos en 1915. Para comprender el infortunio de los armenios haría falta abrir un mapa. Hoy vemos su reducido espacio encajado entre cuatro potencias, dos de ellas de creciente poder: Georgia al norte; Azerbaiyán al este; Irán al sur; Turquía y el Mar Negro al oeste. Ni siquiera llega a los 30.000 kilómetros cuadrados, añadidos a la delicada región de Nagorno-Karabaj por la que ahora resuenan los telediarios y que lleva más de 30 años manteniendo una tensión casi insoportable con Azerbaiyán.

Otro escenario veríamos de haber abierto un mapa en los siglos anteriores al nacimiento de Cristo. Desde que se instituyó el reino armenio en el 600 a. C hasta su primer bofetón un siglo y medio después, su territorio acariciaba tres mares desde lo alto de la Meseta Armenia, el Mediterráneo, el Negro y el Caspio. Hablamos de un territorio inmenso y, por ende, tremendamente poderoso y digno de codicia para cualquier reino vecino. El Imperio persa veía con ojillos de lobo este territorio rico y no tardó en conquistarlo. Tras la derrota del mismo, Armenia pasó a formar parte de los dominios de Alejandro Magno y sus sucesores. Nada nuevo bajo el sol. Los reinos caen y vuelven a alzarse, caen una vez más, se levantan otra vez, aunque más cansados. Es un círculo sin fin. En el año 190 a. C hasta el año 1 d. C, Armenia recuperó su independencia bajo el nombre de Armenia Mayor.

Algunos historiadores podrán afirmar que su independencia duró varios siglos más, aunque la realidad es bien distinta. Situada en un territorio de frontera entre Roma y Partia, Armenia sufrió durante los siglos siguientes los múltiples devaneos del poder de ambos imperios, siendo derrocados y coronados nuevos reyes en función de los caprichos de quién ostentase más influencia sobre la región. Desde el año 1 hasta el 428, año en que cayó en manos del segundo Imperio persa, Armenia fue un campo de juegos, de pruebas, de intrigas y matanzas, un territorio violentado por ejércitos más poderosos que sus flores.

Primera nación cristiana

Un paso basta para garantizar el destino de un pueblo. Un gesto con los dedos. El futuro de Armenia, hoy presente irrevocable, se fraguó en el momento en que se convirtió en el primer reino cristiano del planeta, en el año 301. Ya sabemos que su posición geográfica lo convierte en frontera natural entre occidente y oriente, entre Asia y Europa, pero esta decisión conformó una nueva frontera, esta vez entre el cristianismo y el zoroastrismo de Oriente Medio (y años después el islam).

Uno pensaría que el Imperio de Bizancio, cristiano ortodoxo, haría de espada defensora para los armenios frente al creciente poder de los musulmanes desde Mahoma o la violencia de los zoroastros durante los primeros y convulsos años del medievo, pero no. Nada más lejos de la realidad. La Iglesia Armenia corresponde a una rama del cristianismo que no entra en lo ortodoxo ni lo católico, es una rama aparte, y como tal no mereció el apoyo de las religiones hermanas. No era posible lanzar cruzadas en pro de su liberación cuando el mundo cristiano miraba a Jerusalén y a los reinos hispanos, no a Armenia, no si se trataba de un pequeño pedazo de tierra cada vez más reducido y empobrecido por las guerras.

Tras pasar sin descansos del segundo Imperio persa al Imperio árabe, Armenia recuperó su independencia en el año 884. Hasta 1045, cuando el Imperio bizantino aprovechó su debilidad para tomarlo bajo su poder. Qué triste destino, qué fatal resultó su religión para uno y otro lado del mapa. Cuatrocientos años de prisión no sirvieron para nada más que un siglo y medio de libertad arrebatada. El dominio bizantino fue breve, sin embargo, ya que fue en 1075 cuando los cada vez más poderosos otomanos arrebataron Armenia de sus manos, en una inexorable marcha que acabaría por llevarles a las puertas de Constantinopla cuatro siglos después.

Siguieron los bandazos, demasiados para desarrollarlos en la brevedad de un artículo. Ocurrieron épocas de independencia pactada y a medias, atacaron los mongoles y redujeron el reino a cenizas, regresaron los iranios y los otomanos. Formó parte del imperio turco hasta la caída del mismo, y fue en 1915 cuando este mismo imperio segó, después de siglos haciéndolo en secreto y a pequeña escala, las vidas de más de dos millones de personas. Siguieron años breves de independencia hasta la aparición de la Unión Soviética que mordisqueó Armenia hasta saciarse. Hoy es independiente, desde hace no más de 29 años. Veremos por cuanto tiempo.

La cultura armenia, roca frente al fuego

Decía Naomi Klein que obligar a un pueblo a mirar únicamente por su supervivencia se trata del método más efectivo para arrancarle su cultura e implementarle la que nos venga en gana, la que más convenga. Demasiado ocupados por sobrevivir, los pueblos afectados no darían importancia a pequeños cambios, políticos y sociales, que terminarían por trasmutar su propio país hasta hacerlo prácticamente irreconocible. Aunque supongo que la canadiense se equivocaba en lo que respecta a Armenia.

Un breve repaso al sendero cultural de los armenios nos dejará boquiabiertos. Para aproximarnos al mismo, recomiendo escuchar mientras se leen estas líneas las composiciones del monje armenio Komitas Vardapet, exquisitas en sus balanceos de piano, capaces de erizar la piel durante horas. A continuación, si cuenta con uno en su casa, busque el lector un libro de Aristóteles o Séneca o Marco Aurelio o cualquier filósofo clásico que le convenga. Pálpelo con mimo. Deberá saber que las obras de estos creadores del pensamiento se mantuvieron para la prosperidad en gran medida gracias a la incansable labor, casi heroica, de los copistas armenios que dedicaron sus vidas a rescatar un conocimiento que, de no ser por sus hábiles manos, hoy habría desaparecido.

Los armenios no solo crearon su propio alfabeto y lo utilizaron para iluminar al mundo con las palabras de los sabios griegos o romanos, árabes o bizantinos. Compusieron a su vez una cultura propia, alimentada por la influencia de cada imperio que les subyugó, perfectamente visible en su capital Ereván, en su desvencijada Catedral de Komitas Vardapet, en el impactante monumento de Madre Armenia. A prueba de balas y espadas y cualquier arma vengativa que les haya buscado daño. Durante siglos aportaron belleza y significado a los elementos más cotidianos de la vida, tanto mediante su uso de las piedras preciosas - el corindón lo utilizaban para aliviar la sed y el ágata para prevenir la lepra - como en su exquisito trato a la cerámica.

Todo este sufrimiento que he narrado en la simpleza de unas pocas líneas, vergüenza para el mundo entero, no resultará en el apoyo casi divino de grandes potencias como Estados Unidos, ni se desarrollará un extenso entramado literario o cinematográfico que denuncie sus tormentos para conseguir el apoyo popular. Nada de eso. Para sus enemigos, ellos son mucho peores que cualquier judío: son armenios. Ni se debe el conflicto actual a causas económicas. El odio y la división dirigen con mano de hierro el conflicto que hoy lidera Azerbaiyán, Estado apoyado por Turquía (cuyos territorios ocupan en la actualidad fragmentos del reino original de Armenia). Desdichada Armenia, qué lástima por mi amigo Badrig. Están atrapados en una frontera que no parece tener final, sin ser occidentales ni orientales, inútiles para los designios del poder o cristianos al uso. Son un pueblo propio, independiente de las corrientes que mueven caprichosamente al mundo. Y esta independencia que cargan tan fuerte dentro de su espíritu es la misma que les arrebata su libertad.