Los bandoleros españoles: piratas de tierra, amados y temidos por el pueblo

El enemigo número uno de los viajeros de todo España, en especial durante los siglos XVIII y XIX, tenía un único nombre

La cueva del Gato.
La cueva del Gato.Manuel BarrónMuseo de Bellas Artes de Sevilla.

Mi mujer suele contarme la historia del Maragato cuando vamos de visita a Arenas de San Pedro. Cuenta que su abuelo (en otras versiones su bisabuelo, o su tatarabuelo, o el padre de su tatarabuelo) tenía pensado comprar una casa en la localidad abulense para criar allí a su familia, pero que necesitaba llevar el dinero para el pago desde Salamanca. Un camino ensortijado entre los montes, con los cantos al borde del derrumbe, las cunetas empapadas con la pólvora utilizada por los bandoleros. Un camino cuyo rey y señor tenía un solo nombre: Pedro Piñero, conocido como el Maragato. El bandolero más temido de los caminos reales de Castilla y Extremadura. Entonces al abuelo de mi mujer (o el bisabuelo o el tatarabuelo) se le ocurrió anunciar a bombo y platillo en todos los periódicos de la región que tal día a tal hora, el ilustre don José Rodríguez transportaría la cuantiosa suma desde Salamanca, por tal camino, en tal carruaje. Una semana antes de lo anunciado, el abuelo o bisabuelo de mi mujer (probablemente su tatarabuelo, puesto que el Maragato fue ejecutado en 1806) se disfrazó de fraile o de pastor y recorrió el peligroso camino cargando sus valiosos ahorros a lomos de un borrico.

Cuando el Maragato asaltó el carruaje que supuestamente transportaba el dinero, una semana más tarde, lo encontró vacío. Solo así consiguió el tatarabuelo de mi mujer (o el primo segundo del abuelo de su bisabuelo) esquivar la mano inmisericorde del Maragato, y darle gato por liebre para jolgorio de toda mi familia política.

Piratas de tierra

Siempre me ha resultado curioso que el único personaje cuyo nombre no cambia a lo largo de las variantes de esta historia, es el del Maragato. A nadie le importa si fue el abuelo Modesto o el tatarabuelo José Rodríguez el sagaz ancestro. A nadie le importa que enviara el dinero un lunes o un jueves por la mañana, desde Salamanca o desde Ávila. A nadie le importa que fuera disfrazado de fraile o de pastor. Interesa únicamente el nombre que andamos buscando, el Maragato. Ejecutado tras entregarse voluntariamente a las autoridades y descuartizado posteriormente para que sus extremidades fuesen expuestas en los caminos reales de Castilla.

La captura del bandido “Maragato” por fray Pedro de ZaldiviaLa captura del bandido “Maragato” por fray Pedro de Zaldivia.
La captura del bandido “Maragato” por fray Pedro de ZaldiviaLa captura del bandido “Maragato” por fray Pedro de Zaldivia.Francisco Goya

Debe saberse que la figura del bandolero español, asaltante de caminos y diligencias, viene ligado al imaginario popular con amplias dosis de violencia y de romanticismo. Una no podría venir sin la otra, hasta el punto de que el tatarabuelo José Rodríguez no importa un carajo a su propia familia mientras que el nombre del Maragato viene impreso a fuego en la memoria de sus descendientes, casi aparece su nombre en el escudo familiar. Violencia y romanticismo. Hombres corrientes, padres de familia, labradores, agricultores, apicultores, analfabetos y soñadores se apostaban a los bordes del camino y daban el alto a las caravanas de viajeros bajo el famoso grito: “¡La bolsa o la vida!”. Para después propinar uno o dos culatazos a los viajeros más rebeldes y desvalijarles hasta los calzoncillos. Mataban poco, debe decirse. Mataban para defenderse de los Guardias Civiles que terminaron por acabar con ellos, aunque pocas de sus víctimas llegaron a escapar de la experiencia con mayores heridas que aquél culatazo.

Si el lector quisiera leer sobre los piratas del Caribe, vería que estos eran bucaneros (vendedores de carne) llevados por el mal camino de los filibusteros para finalmente convertirse en piratas. Bandoleros del mar. De la misma manera los bandoleros españoles se trataban de ganaderos y labradores empobrecidos cuya vida les arrastró al mundo del contrabandismo en las serranías andaluzas y extremeñas, y que más tarde dejaron de lado el transporte ilegal de mercancías para dedicarse en exclusiva al pillaje en los caminos.

Modus operandi

Solo dos tipos de personas tenían razones para temer a los bandoleros: los ricos y los viajeros. Por ejemplo el 20 de agosto de 1814 una partida bandolera de andaluces conocida como los Siete Niños de Écija, dieron el alto a un convoy en el camino que une Écija con Marchena y dedicaron horas a desvalijar a los viajeros. Incluso se hablan de 200 personas robadas en el Camino Real a Cartagena, el 23 de abril de 1807. Entonces las gentes corrientes, cuyos hijos, maridos y sobrinos formaban parte de las partidas de bandoleros, no tenían nada que temer; se beneficiaban ellos también de las ganancias de sus fechorías, algo romanticonas, como si los nombres de Jaime el Barbudo, el Cristo, el Tragabuches, Pepe San Nicolás o el propio Maragato fueran en realidad seudónimos castellanos del bandolero británico Robin Hood, que robaba a los ricos para entregar el oro a los pobres. Benito Pérez Galdós incluso llegó a escribir que “sólo un gramo más de moral” servía para distinguir a un bandolero de un guerrillero.

Cuadro de Manuel Barrón, de 1869, con bandoleros en el Puerto de Miravete.
Cuadro de Manuel Barrón, de 1869, con bandoleros en el Puerto de Miravete.Manuel BarrónMuseo Thyssen de Málaga.

Entre los siglos XVIII y principios del XIX se dio la edad de oro del bandolerismo. Leyendas de su gremio llegan a hablar de una partida que alcanzó las inmediaciones de París en 1796 y robó el salario de los militares apostados en la frontera francesa con Italia. Once millones de libras en billetes de 10.000. Así se las gastaban estos pseudo Jack Sparrow al estilo castellano.

Lugares como Ronda, por su difícil acceso, los Montes de Toledo o Sierra Morena supusieron una serie excelente de refugios para los bandoleros. Habitaban cuevas en las montañas y, de una forma parecida a cualquier trabajador respetable, se apostaban cada mañana en partidas de cuarenta u ochenta hombres (en Andalucía llegaron a ser hasta 200 bandoleros por partida) a los bordes del camino, esperando su botín. Y las autoridades españolas, entre furiosas por la popularidad de los bandidos y preocupadas por la inseguridad de los caminos, fueron despiadadas con los bandoleros apresados. Despiadadas, como si fuesen ellos los villanos y aumentando todavía más el romanticismo de la figura criminal, ahora rebelde de la autoridad que ningún hombre de bien acoge de buena gana. Los cuerpos de los bandoleros ejecutados eran desmembrados, fritos en aceite para conservarlos mejor y expuestos al público durante meses, o arrastraban sus cadáveres por los caminos de la comarca, para que el pueblo fuera testigo del final que aguardaba a los de su calaña. Algunos bandoleros incluso eran ejecutados pese a no haber cometido un solo delito de sangre, como le ocurrió al madrileño Luis Candelas en 1837.

El fin de los bandoleros

El problema de los bandoleros en España se remontaba a tiempos anteriores a la propia España. Al medievo, quizá antes. Se sabe que el propio Fernando el Católico lideró una serie de incursiones contra los bandoleros de Aragón en 1515, y en años anteriores se organizó en Toledo la Santa Hermandad de Toledo, con el fin de atrapar a estos indeseables.

Porque eran una panda de indeseables, no lo dude el lector, no se deje engañar. Tirando a un lado los romanticismos novelescos y los cantares populares, los bandoleros robaban, asesinaban, golpeaban y violaban a sus víctimas. Eran asesinos y ladrones, ninguno de nosotros habría querido encontrarse hoy con ellos. Los enemigos íntimos de los viajeros. Basta echar un vistazo al puñado de cuadros que Francisco de Goya dedicó a su endiablada profesión para adivinar los colores rojos de la sangre y los cuerpos maniatados y rostros aterrados de sus víctimas. Podemos respirar tranquilos porque nos hemos librado de ellos.

La nueva y excelente serie de Movistar +, "Libertad" supone un ejemplo ideal para conocer el romanticismo actual con que se mira a los bandoleros.
La nueva y excelente serie de Movistar +, "Libertad" supone un ejemplo ideal para conocer el romanticismo actual con que se mira a los bandoleros. ZipiEFE

Su final en el siglo XIX se debió a dos condicionantes. El primero fue la invención del telégrafo. Mientras años atrás los bandoleros podían atracar durante horas los convoyes reales y no reales, casi de manera impune, para luego marcharse por donde habían venido hasta el día siguiente, el telégrafo permitió conocer rápidamente dónde, cuándo y quiénes atacaban los caminos, provocando respuestas cada vez más rápidas de las autoridades que galopaban para apresarlos. El segundo condicionante todavía podemos encontrarlo. El cuerpo de la Guardia Civil fue creado en 1844 por Francisco Javier Girón para salvaguardar los caminos y zonas rurales de todo España, un cuerpo conformado por la contrapartida de los bandoleros: hijos, padres y sobrinos de labradores y agricultores, igual de queridos por el pueblo llano, solo que, en esta ocasión, llevaban el pan a casa sin necesidad de robárselo a nadie. La simpatía que los pueblos del interior sentían por los bandoleros se vio rápidamente superado por la simpatía hacia la Guardia Civil, y su eficacia desbordada por la operatividad de los guardias en colaboración con el telégrafo.

Mi mujer acaba de colgar a su madre, después de dos horas de conversación. Me trae un bonito esquema con datos, árboles genealógicos y fechas señaladas. El nombre del Maragato aparece aquí y allá, subrayado de color rojo. Me dice que no han conseguido esclarecer qué antepasado suyo fue quién logró engañarlo y puede ser que el astuto antepasado fuera en realidad un amigo de la familia, no lo saben, han terminado por colgar porque en el fondo no les importa demasiado. Importa el Maragato. Y recordar ese nombre una y otra vez en los eventos familiares, como si su antepasado en realidad hubiese sido el propio bandolero (cosa que empiezo a sospechar) y qué hizo y cómo lo hizo les importa tres pimientos.