Waterloo: así es hoy el campo de batalla donde Napoleón fue derrotado

El mismo lugar donde vive hoy Puigdemont fue hace 200 años el campo de batalla que decidió el futuro de Europa

Colina del León en Waterloo.
Colina del León en Waterloo. FOTO: Milosk50 dreamstime

¿Qué tendrán los entresijos del destino para que incluso los hombres más importantes de la historia sean nada, motas de polvo, flácidos y frágiles amasijos de carne sujetos por la tibieza de los huesos, cuando los comparamos con el suelo? He dicho el suelo. Julio César se desangró en el suelo del senado de Roma. El cuerpo de Alejandro Magno se perdió en algún punto de las catacumbas de Alejandría. El suelo es el mayor enemigo de los hombres grandes, estoy seguro. Atila lo pisotea con sus corceles y la hierba no vuelve a crecer. Pero un día ese mismo suelo se cobra su venganza y aquí está Atila, el azote de Dios, hecho un triste guiñapo, convulsionándose de una hemorragia nasal hasta morir en el suelo húmedo de Hungría.

Uno de los suelos más vengativos de Europa lo encontramos en Waterloo. Te escribo aquí sentado, relajando el trasero sobre un césped de color verde arrollador. Frente a mí está el campo de batalla que sentenció el final de Napoleón. Es un suelo como cualquier otro. Ondulado. Parece que lo araron hace poco. Cuando llueve se moja y cuando hace frío no es capaz de aguantar su color sobre la nieve.

La madre de todas las batallas

Una madrugada de mayo de 1815 se presentaron en Waterloo 77.500 soldados franceses y 122.00 tropas del ejército aliado dispuestos a cambiar el destino de la especie humana; hasta cuatrocientos cañones hundieron sus ruedas en el barro. Y cuando acabó este día colosal, más de 50.000 hombres no volvieron a levantarse de ese suelo. Cincuenta mil. La población de Huesca al completo. El resultado fue la retirada de Napoleón a París y la derrota definitiva de Su Majestad Imperial, un punto y aparte en la Historia de la humanidad.

Napoleón entronizado.
Napoleón entronizado. FOTO: Jean-Auguste-Dominique Ingres

Y cuando cogemos el mapa y observamos los movimientos de la batalla nos impresionamos y comprendemos el ingenio de los comandantes de la época, porque debía ser prácticamente imposible discernir quién era quién entre tanto humo y griterío. A falta de sistemas de comunicación modernos dígame usted cómo podían transmitir los mensajes necesarios a los combatientes. Y yo estoy viéndolo ahora mismo: por aquí cruza un corcel sin jinete y completamente aterrado, con los ojos fuera de las órbitas y relinchando como enajenado. La pólvora se vuelve muy fina y se me atranca en la garganta. Un déjà vu que me transmite el instinto de mis antepasados, algo así como un tipo de inteligencia colectiva que todavía no nos hemos arrancado del cerebro, me permite experimentar el mismo miedo que un soldadito de aquella fecha.

Fusileros escoceses, bruma, guardias imperiales, barro, jinetes prusianos, fuego. Este 18 de mayo el suelo estaba tan embarrado que la temible artillería francesa perdió gran parte de su eficacia, todo porque las bolas de cañón impactaban en la tierra húmeda y la misma tierra absorbía la fuerza del impacto. ¿Lo ves ahora, cómo tenía razón? El suelo es el mayor enemigo de los hombres grandes.

Un paseíllo muy tranquilo

Pero igual que viene el ruido en Waterloo, este se marcha rápidamente con el viento y con las nubes, y nos resulta de una suave ironía que este campo de matanza sea ahora uno de los destinos turísticos más codiciados de Bélgica. Es porque solamente el ser humano es capaz de sentir en diferido el conjunto de fuertes emociones que dominaron las esperanzas de su especie. Mírala, adjunto la foto: es la Colina del León. Un monumento colosal erigido en 1824 en el punto exacto donde el príncipe de Orange (heredero al trono de Holanda) fue herido durante el combate que te cuento ahora, rodeado de florecitas silvestres y pajaritos. Los pájaros han vuelto, qué cosa tan bonita. Las flores crecieron con el abono incuestionable de los mártires, de los príncipes, de los hombres grandes, de los temerosos… todos sangran igual y el suelo lo sabe, lo sabe porque lo ha paladeado y por eso sigue masticando.

Reproducciones militares en el Museo de Waterloo.
Reproducciones militares en el Museo de Waterloo. FOTO: Alfonso Masoliver

Mira ahora ese extraño edificio circular en la base de la colina. En el interior se muestra una imagen panorámica de la batalla y unos altavoces reproducen con fidelidad escalofriante el sonido de los cañones y el estruendo de los heridos. ¿Has oído alguna vez el sonido de una explosión asesina? Yo sí, una vez, y pasé tanto miedo que pensé que me mearía en los pantalones. Y viendo este mural estático y las miradas decididas de tantos hombres no puedo evitar rechazarme a mí mismo porque soy un cobarde que casi se meó en los pantalones y que salió corriendo en la dirección contraria al ruido; y míralos a ellos, son una panda de valientes descerebrados, ellos van directos al ruido para salvar su mundo y de paso el mundo de los que vendrán. Son héroes atemporales.

Mira ahora al suelo que rodea la colina. El museo subterráneo de Waterloo está allí escondido y no miento si digo que es el mejor museo bélico que he visitado en mi torpe existencia. Películas en 4D sobre la batalla, esqueletos de caídos encontrados en el siglo XXI, uniformes limpios, armaduras oxidadas, maquinarias de guerra, la mirada arrebatadora y sublime de Napoleón, todo esto se guarda bajo el suelo, el mejor guardián de los tesoros. Es el suelo. En el museo explican hasta la saciedad cómo el inútil de Michel Ney, lugarteniente de Napoleón, lanzó su caballería en una carga suicida colina arriba, y los fusileros ingleses se escondieron entre la vegetación y no salieron hasta el último momento. Cuando salieron de entre la hierba descerrajaron sus mosquetes y el suelo se llenó el estómago de su alimento favorito. Hombres grandes. Futuro petróleo para toda la humanidad.

Colina del León.
Colina del León. FOTO: Alfonso Masoliver

Contenido extra: la casa de Puigdemont

El prófugo de la justicia española más conocido de los últimos tiempos también vive en Waterloo. Quizá habría sido mejor si hubiese titulado esta pieza en su honor, así habría conseguido que pincharan más lectores en el artículo con el ratón. Supongo que eso es lo que se hace ahora. Pero sería injusto para Napoleón y Wellington, creo que sería incluso injusto para el mismo suelo, haber ocultado la grandeza de sus personalidades con la bruma de la mediocridad y la cobardía de los hombres de hoy.

Waterloo es el lugar exacto donde comenzó a forjarse una identidad europea, allá por 1815, y ya de paso también es el lugar donde se oculta un hombre que, probablemente, de haberse encontrado por estos lares durante la fecha de la batalla, se habría escondido debajo de los cañones y se habría meado en los pantalones, igualito que yo. Su casa es muy grande y muy bonita, he podido visitarla. Mientras sus paisanos inundan las calles y sufren y se tambalean confundidos, él disfruta de un amplio jardín en una urbanización de la periferia. Igualito que Napoleón cuando dirigió la batalla de Waterloo enfermo de cistitis. Igualito. Por eso Puigdemont está a salvo en Waterloo y Napoleón fue derrotado: es que este suelo belga solo siente hambre por los hombres grandes. Los hombres pequeños ni le sirven para desayunar.