Independencias

“Ah, la independencia. Mágica, romántica, indómita. Tanto que provoca un hechizo en sus usuarios que terminan independizándose de la vergüenza, de la ética y de la estética”

Hay en la palabra independencia un contenido mágico. Un ímpetu arcano, tatuado en espirales en cada una de nuestras células de mamíferos superiores, que empujó a los idiotas de los románticos a dejar un legado de fábulas llenas de patrañas. Desde Goethe con su pobrecito Werther, al que presenta ingenuamente como un modelo de idealismo temerario y pasional en vez de dibujarle como lo que es: un simple, un flojo; un inseguro e inestable niño consentido que no sabe lidiar con los problemas de la vida. Hasta figuras mucho más peligrosas y oscuras que la pantera negra que buscan en Granada como Sabino Arana que, con las salpicaduras de su eyaculación mental, contagió la venérea que provoca el síndrome de la tribu elegida a todo un pueblo. Si no fuera porque no hay idioma propio, por mucho que algunos ilustres pseudolingüistas se empeñen, hasta en Andalucía se escucharían gritos con la palabra maldita. De hecho si uno afina bien el oído puede escucharlos. Al fin y al cabo el padrecito Blas Infante también se fue a vivir a una casita/mansión en el campo, se enamoró de la sencilla vida campesina, quiso resucitar un pasado glorioso y único, etcétera. Y encima lo plasmó todo en una prosa terrible. Tan barroca que resulta difícil creer que los políticos que lo reivindican hasta el agotamiento se hayan leído su libro. Es una y otra vez el mismo patrón. Es tal nuestro afán por la independencia que hasta los independentistas se independizan de ellos mismos. Como Artur Mas, artífice de este lío de la Catalunya Lliure que se parece cada vez más a un capítulo de Rick y Morty. Por fin se ha quitado de encima al exiliado. El exilio, más romanticismo. El Romanticismo es las redes sociales de la política antes de que estas existieran. Eso sí, exceptuando al niñato alemán y algunos bodrios más, no hay mayores aventuras que las del capitán Ahab persiguiendo a la ballena blanca o la lucha por el honor y la justicia de sir Wilfredo de Ivanhoe. Porque al final son eso, leyendas inventadas que funcionan muy bien en el mundo literario por la emoción que generan pero que trasladas al pensamiento político se convierten en un montón de patrañas seductoras tan baratas como peligrosas. Y con ellas viene la independencia de la propia Historia que adoptaron en su momento los nacionalistas y que han hecho suya los perdedores de la Guerra Civil y ahora nos quieren echar encima a los que nacimos después y nos importa sólo como ejemplo de lo que no hay que hacer. Nosotros mismos, como lectores del siglo XIX –Delibes se lo dice a Umbral en una de sus cartas: «Somos decimonónicos, no lo podemos remediar»–, nos hemos independizado de los datos y nos hemos federado a la República Independiente de Víctimas de Todo. Sólo vale lo que me gusta, lo que me hace reír, lo que me hace llorar, lo que me ofende. Y mejor si es dentro de un grupo calentito que resuma todo en frases cortas y fáciles de retuitear. Y que me digan que soy muy especial, singular y heroico pero sin moverme del sofá. Nuestro mismo presidente hace tiempo que se independizó de su propio partido y ahora busca independizar a los demás de la Constitución. Para qué jurarla si todos sabemos que esa mosquita incómoda y franquista solo sirve para mantener unido y viable este Trece Rue del Percebe que es España. Si el bueno ¡y socialista! de Félix Pons levantara la cabeza suspendería la sesión para siempre. Ahora podrá jurarse o prometerse por Lluís Companys «el fusilero» o por aquel de Mondragón que era y es un carnicero. Y menos mal que PS no necesita a México para los presupuestos, entonces montaría un Tribunal Especial de la Conquista y media Extremadura se echaría a temblar. Y supongo que también Felipe VI, heredero de aquellos reyes y por tanto responsable directo de todo lo ocurrido. Los criollos americanos también concedieron la independencia a sus países para ventilarse su riqueza en pompas, fiestas y haciendas copiadas de la aristocracia europea. Y de paso también en cacerías de sus indígenas, claro. El presidente se independiza igualmente de esta gestión trágica de la pandemia y deja a las comunidades con la culpa y el marrón. Eso sí, el querido líder otorga, cual mesías betlemita, la gracia de la independencia a unos pocos elegidos. Al doctor Simón, que aunque no muy merecidas, sí necesitaba unas vacaciones. Para gustarse un poco más. Que si quiere redimirse y redimir su trabajo bien podría dejarse entrevistar por Alsina y explicarse en condiciones, por ejemplo. Calleja, además de un auténtico máquina, es demasiado simpático. También es independiente el CIS, capaz de hacer recetas sociológicas que serían la envidia de Paul Bocuse. O la fiscal general, un dechado de autonomía. Nada influye la militancia socialista casi cincuentenaria del director del centro o la exministritis crónica que arrastra Delgado. Ah la independencia. Mágica, romántica, indómita. Tanto que provoca un hechizo en sus usuarios que terminan independizándose de la vergüenza, de la ética y de la estética.