
Política
El acuerdo con ERC lastra una posible candidatura de Montero en Andalucía
La vicepresidenta defendía como consejera que «no caben modelos bilaterales»
María Jesús Montero ya fue en su día el mirlo blanco de la sucesión frustrada. Dicen los mentideros políticos que no lo vio claro y prefirió Madrid, donde ha ido escalando hasta ser la número 2 del PSOE y la vicepresidenta del Gobierno. Montero no ha dejado de sonar en las quinielas para un posible retorno a Andalucía, cada vez más hipotético. La que fuera consejera de Hacienda en Andalucía ha ido contradiciendo sus reivindicaciones en la comunidad con la llegada a la misma cartera en el Gobierno central. La vida, y con ella la política, da muchas vueltas pero la aprobación de una especie de «cupo catalán», que ella misma volvió a rechazar tajantemente hace días, la vuelve a invalidar como posible candidata a la Junta de cara al electorado.
Montero sonó en las quinielas para sustituir a Susana Díaz o para la Alcaldía de Sevilla y desde años para sustituir a Espadas. Montero une perfil político y técnico. Llegó a Hacienda «sin conocer el paño» y en poco tiempo tomó el pulso de la consejería, cerrando los ejercicios salvando el tope de déficit. Su mayor caballo de batalla fue el impuesto de sucesiones y donaciones, que posteriormente bonificó el propio PSOE tras pactar con Cs. Montero defendía que es un impuesto de ricos e, incluso, «bajó a la arena» de debatirlo con afectados en directo en programas de la mañana, con mayor o menor fortuna en lo que a comunicación no verbal respecta. Eran los tiempos en la Junta –como acuñó Maíllo– de «Montero y doce más», porque ella siempre estaba en la pomada.
El acuerdo entre el PSC y ERC supone un misil a la financiación autonómica y, con ello, a la arquitectura del Estado. «Reclamar más privilegios para los privilegiados es hacer política de derechas. “Concierto Solidario” o “Cupo Solidario” son conceptos supremacista que requieren explicaciones», señaló el sucesor de Montero en la Consejería de Hacienda, Antonio Ramírez de Arellano. El máximo argumento de autoridad en cuanto al andalucismo para los socialistas también se ha manifestado. «La Junta de Andalucía deberá reclamar literalmente el mismo tratamiento fiscal concedido a Cataluña. Caso contrario, estaríamos banalizando la lucha del pueblo andaluz aquel 28 F, por no ser más que nadie, pero tampoco menos», indicó Rafael Escuredo.
La vicepresidenta Montero no ha tenido agenda pública durante la semana ni asistió a La Moncloa para la comparecencia de Pedro Sánchez, donde sí estuvieron Pilar Alegría y Félix Bolaños. Montero fue tajante el pasado 15 de julio ante la propuesta de la consejera catalana de Economía: «No estoy de acuerdo con el concierto económico». El acuerdo con Cataluña, por tanto, en la práctica –y salvo una salida por la tangente tipo García Page o Lambán que no se espera–, invalida a la vicepresidenta Montero como alternativa en Andalucía. Montero, como consejera andaluza, defendía a cuenta del tema catalán que «las tensiones aumentarán. No caben modelos bilaterales porque todos tenemos que comer de la misma tarta y del mismo plato. No caben conversaciones individuales que hagan que los recursos vayan a un territorio en detrimento de otros», señalaba en Canal Sur como consejera de Hacienda en noviembre de 2016. «El socialismo va a vigilar que no se provoquen tentaciones de intentar compensar económicamente aquello que se tiene que abordar de una forma política. No (hay que) paliar los problemas que tiene Cataluña a base de una mejor compensación económica en detrimento de otros territorios como Andalucía», decía Montero. Señala el PSOE andaluz ahora que no importa quién cobre los impuestos, sino quién los distribuye. El delegado del Gobierno en Andalucía, Pedro Fernández, defendió el impulso inversor del Ejecutivo en Andalucía, que recibirá el próximo año 28.540 millones del sistema de financiación autonómica, casi un 10% más El Gobierno defiende las «garantías» de unos servicios públicos «de calidad» en Andalucía pese al pacto de financiación PSC-ERC, aunque sea contrario de lo que defendía Montero.
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