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Prevenir la agitación evita el 50% de los ingresos hospitalarios psiquiátricos

Conocer los signos que preceden a estos episodios de descontrol y un abordaje precoz reducen sus efectos y secuelas en enfermos mentales

  • Prevenir la agitación evita el 50% de los ingresos hospitalarios psiquiátricos

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17 de julio de 2018. 18:38h

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Eva S. Corada Madrid. 17/7/2018

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Es muy probable que haya presenciado en alguna ocasión un episodio de agitación pero no sepa que se denominaba así. Según la Real Academia de la Lengua, se define como tal el «trastorno emotivo que se caracteriza por una hiperactividad corporal desordenada y confusa». No es, por tanto, ni una enfermedad ni un síntoma. Técnicamente hablando diríamos que se trata de una situación clínica detrás de la cual subyace un trastorno, una intoxicación o, incluso, una enfermedad orgánica.

Como explica José Manuel Montes, jefe de la Sección de Hospitalización de Agudos del Servicio de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, es «una situación de extrema tensión psicomotriz que avanza desde una tensión interna (causada por ansiedad, temor, angustia...) a una motriz posteriormente y, de forma eventual, a la pérdida de control tanto mental como físico que puede llevar incluso a casos de violencia hacia sí mismos o su entorno».

Aunque no hay consenso entre los expertos en cuanto a lo que la agitación es, lo cierto es que reconocer el problema –o como en esta ocasión, ponerle nombre– supone el primer paso para encontrar una solución al mismo. Y de eso se trata con la agitación, puesto que identificarla y abordarla evita que las consecuencias derivadas de la misma sean mayores.

Más aún cuando su incidencia no es precisamente pequeña: se estima que alrededor del 30% de las urgencias psiquiátricas atendidas en los servicios de emergencias (que son nada menos que el 12% del total), están provocadas por una crisis de agitación.

Cómo identificarlo

Porque lo cierto es que puede aparecer en cualquier contexto y en cualquier persona. «Se da en circunstancias en las que el cerebro está en extrema tensión y algo que puede parecernos nimio resulta ser el desencadenante de una crisis de agitación. Esto sucede porque la persona percibe las cosas como no son y se viven como situaciones amenazadoras», asegura Montes.

Y si bien aquellas afectadas por una enfermedad mental grave –como el caso de la esquizofrenia o del trastorno bipolar– o consumidores de alguna sustancia, son más tendentes a padecerlas (como consecuencia de la propia vulnerabilidad de esos pacientes), otras patologías como puedan ser la demencia, el deterioro cognitivo, los trastornos de personalidad, ictus, delirium, y hasta la diabetes, eventualmente, pueden causar un cuadro de este tipo.

La propia identificación y evaluación de la agitación, así como de sus síntomas, siguen siendo una cuestión de controversia, como decíamos antes, no obstante –y según recoge el artículo publicado en la revista especializada «Frontiers in Psychiatry» en febrero de este año con las conclusiones de la primera reunión internacional de expertos sobre agitación– hay cuatro signos que pueden ayudarnos a identificar de forma precoz que estamos de una crisis de este tipo: incapacidad para mantenerse calmado o inmóvil; hiperactividad verbal y motora e hiperreactividad; tensión emocional; dificultades en la comunicación.

Porque la agitación es el puente de entrada al hospital por enfermedad psiquiátrica más frecuente. Por eso, detectar a tiempo cuándo se está iniciando un episodio de este tipo resulta crucial. «La intervención en estos estados leves o moderados podría evitar hasta un 50% de los ingresos hospitalarios», asegura el doctor Montes. Además, prevenirlo en pacientes con trastorno mental resulta clave, pues «es la primera piedra sobre la que se asienta la recaída cuando estos pacientes están estabilizados. Así adelantarse podría evitar la aparición de un nuevo episodio», prosigue.

La mejor manera de prevenirlo sería identificar los pródromos –que es como se denomina técnicamente a los síntomas iniciales) y, si el paciente los conoce, puede pararlos. Controlándolos rápidamente se evitaría el ingreso, puesto que es más fácil revertirlo en ese momento que cuando está en un punto de «no retorno». Porque, aunque puede resultar difícil en quien sufre un episodio por primera vez (como en el caso de una intoxicación por sustancias– al darse con relativa frecuencia en trastornos mentales, ésto hace más probable la identificación de los mismos. Es más, un estudio publicado en el «BCM Psychiatry» confirma que dos de cada tres personas que lo padece tiene conciencia de su estado, y sabe reconocerlos.

Tratamiento

«Si estamos en esos primeros momentos, lo que se hace es un desescalado verbal, que consiste en tratar de tranquilizarle, analizar la situación, etc. Si eso no da resultado o la situación está más avanzada, la siguiente opción es recurrir a algún tranquilzante, un antipsicótico o un ansiolítico que no sea intramuscular (ya que éstos son más traumáticos) para tratar de ayudarle, porque cuanto menos invasivo es el tratamiento y más pueda participar es más probable que el paciente colabore», asegura el jefe de la Sección de Hospitalización de Agudos del Servicio de Psiquiatría del Ramón y Cajal.

Si nada de eso es posible y se ha llegado ya demasiado tarde se toman medidas más restrictivas para evitar que el paciente se haga daño o lo haga. El problema, precisamente, está en que, el 90% de los pacientes que llegan con esta situación clínica lo hace en un «estado de agitación severo» difícil de revertir y que puede precisar de ingreso hospitalario con una estancia media de tres días.

Por eso, continúa, «una de las asignaturas pendientes que tenemos es mejorar la experiencia del paciente agitado en el entorno hospitalario ya que, con frecuencia, es traumática por el uso de contención mecánica o inyección intramuscular», concluye Montes.

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