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El blog del gacetillero

Pensares y sentires de un gacetillero por el mundo, tratando de decir lo que es como es —y no como interesa que sea—, para aupar lo humano, noble y bueno que aún queda esparcido por las esquinas del vivir.

Habitar la vida

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Sobre el autor

Jesús Fonseca

Periodista, delegado de LA RAZÓN en Castilla y León. Llevo más de cuarenta años viajando por el mundo como corresponsal de prensa, radio y televisión, dedicado a contar noticias, a la crónica, la entrevista, el columnismo y también a la poesía.

Pasamos por las cosas sin habitarlas. Hablamos con los demás, sin atender. Ni escuchamos, ni somos escuchados. La velocidad a la que vivimos nos impide vivir. Tal vez por eso, precisemos más que nunca de una lentitud que nos proteja del atolondramiento y la imbecilidad ambiental. De tanta desmesura y banalidad. Pero, ¿cómo retomar el vivir y acercarnos a lo que de verdad importa? ¿A lo que permanece intacto, más allá de las apariencias? La respuesta la tiene el portugués José Tolentino Mendonça. Una de las mentes más lúcidas de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Tolentino, se encuentra entre las voces más originales del Portugal contemporáneo, tanto por su capacidad para sacudir las conciencias con sus ensayos, como por la firmeza de sus convicciones en este tiempo de descendimientos. Merece la pena reparar en alguien capaz de explorar, por ejemplo, el agradecimiento, no sólo de lo que nos ha sido dado, sino también de lo que no nos dan. El perdón, la perseverancia, la ciencia de saber y la de no saber, ocupan un lugar preferente de sus reflexiones. Su Pequeña teología de la lentitud es el libro más delicioso que he leído en años. Toca algunos de los temas que más me interesan. Y, como a mí, intuyo que a muchos: la felicidad, la espera, el arte de bien morir, la alegría como tarea cotidiana o la compasión, no sólo como capacidad para sufrir con el otro, sino para padecer en lugar del otro. El cuidar, acoger y amar como único santo y seña del vivir. El arte de mitigar el dolor no sólo con medicamentos, sino caldeando corazones, debería ser una asignatura obligada desde la educación infantil hasta la universidad. En definitiva: aprender a proteger la fragilidad —la propia y la ajena— y aprender a estar con los otros con capacidades nuevas. A tirar de ese hilo que da sentido a la vida, por más oculto y frágil que sea. Acompañarnos los unos a los otros. Habitar, decía Heidegger, significa «proteger y cultivar». Para sustentar su afirmación, el filósofo recurre a esta cita: «Dios, el Señor, tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara». Labrar, compartir, prestar amparo. ¡Qué es todo esto, sino vivir en bondad, en verdad y en belleza! O lo que es lo mismo: ser felices. En la vida, sólo existe una pregunta realmente importante, al decir de Millan Kundera: ¿por qué no somos felices? La respuesta tal vez sea nuestra incapacidad para diferenciar entre felicidad y bienestar, para darnos cuenta de que la verdadera dicha presupone un aprendizaje, un conocimiento, una actitud. Un saber lo que vivimos o dejamos de vivir. Una tarea imposible, cuando vivimos secuestrados por el día a día y no damos espacio a lo más humano.

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