Represión en Venezuela

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El justo medio solo es justo si está situado entre dos males. Y por eso en Venezuela no hay espacio para el funambulismo. El equilibrio entre la democracia y la no democracia no es la democracia a medias o un ultimátum de ocho días, sino la restauración democrática legítima. Europa busca un lugar propio que se sitúe dentro de los parámetros democráticos pero fuera de las especulaciones de la política exterior norteamericana de Donald Trump. Porque la división interna y el caos político no son los únicos elementos que dificultan una solución negociada. En estos largos años que llevamos de siglo XXI, el conflicto de Venezuela se ha globalizado progresivamente hasta convertirse en una pieza más del tablero geopolítico.

De un lado se han situado los Estados Unidos y Canadá, la mayor parte de los principales países latinoamericanos y, con sus tradicionales repiqueteos y dudas existenciales, la Europa democrática, que seguimos siendo. Es decir, una coalición internacional de democracias occidentales a las que se han incorporado de manera clara los brasileños, rebautizados políticamente, y en la que no ha entrado México, alegando su tradicional doctrina de la neutralidad, que ha permitido a López Obrador progresar en el progresismo, a coste cero. El deterioro social y económico del país, la afluencia de oleadas de inmigrantes hacia países vecinos, la labor diplomática de los políticos opositores y el oportunismo ante la debilidad del régimen y su fractura, han sido los factores que han movilizado la diplomacia latino americana.

Y del otro lado Rusia, China y Turquía, que han reorganizado sus piezas en el ajedrez global y han colocado a Venezuela como un peón intercambiable. Por una futura solución más favorable para los intereses turcos frente a los kurdos en Siria y por una equiparación en la catalogación de los procesos políticos y las legitimidades democráticas de Venezuela ahora y las de Ucrania hace pocos años. Y por los beneficios petrolíferos que el chavismo ha sabido orientar hacia las potencias iliberales y autocráticas, y hacia los militares más fieles al régimen de puertas hacia dentro. O, por qué no, por el alfil de una guerra comercial más ventajosa.

El régimen venezolano iniciado por Hugo Chávez estuvo fundamentado en las desigualdades provocadas por el reparto y control del petróleo y naturalmente en las manipulaciones del populismo izquierdista caribeño. Fue rociado de propaganda por los nuevos expoliadores bolivarianos después. Primero iliberal, se cargó la Constitución, al estilo de otros estados ahora aliados, argumentando que la legitimidad se encontraba entonces en la mayoría popular y no en las leyes fundamentales. Pero al perder la mayoría en las nuevas instituciones, además de haber perdido la legalidad, ha perdido también la legitimidad del apoyo electoral y se ha reconvertido finalmente en la tragicomedia de Nicolás Maduro. La disyuntiva política consiste en reestablecer el orden democrático preconstitucional, reconstruir una sociedad y una economía deshechas y activar medidas contra cualquier corrupción. O por el contrario seguir por el sendero del socialismo y la ruina. La legitimidad democrática es la solución y el medio.

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