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Analizo el presente de la edad de oro de la ficción internacional en un momento en el que su creatividad y su virtuosismo técnico y las interpretaciones las convierten en el 8º arte y el género preferido por millones de espectadores.

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Sevilla, diezmada por la peste

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Sobre el autor

Cecilia García

Soy una fanática de la televisión, del pasado y de su apasionante presente con el mayor volumen de series de calidad hasta el punto de que necesitaría 24 horas al día para verlas todas. Seriéfila y cinéfila por vocación, asisto con estupor al gran salto de calidad que se está viviendo.

Uno de los principales atractivos de “La Peste”, la serie original de Movistar+ que se estrena el 12 de enero la temporada completa bajo demanda, es que está ambientada en una época histórica olvidada por la mayoría de los espectadores: el brote de peste que asoló a Sevilla justo en un período histórico en el que estaba en su máximo esplendor. En ese momento, la capital hispalense era el epicentro del mundo occidental, la mayor metrópoli. Por su situación geográfica, era la puerta de acceso a América en Europa, el comercio internacional de oro, plata y otros productos de las Indias le convirtieron en una potencia económica. A eso hay que sumar el crisol de comunidades y clases sociales. Convivían cristianos, judíos conversos y moriscos, nobles, plebeyos, prostitutas, pícaros... Aunque también existían unas grandes discriminaciones sociales. Sin embargo, en la superficie, Sevilla era el sitio en el que había que estar por su pujanza.

Un hecho alteró su devenir: la epidemia de peste bubónica en 1649. Según los textos históricos de Órtiz de Zúñiga, llegó por medio de unos gitanos provenientes de Cádiz que llegaron a la urbe con ropas infestadas. A eso hay que sumar un factor climático. Durante el invierno y la primavera las lluvias fueron abundantes. Se inundaron barrios enteros, en particular la Alameda de Hércules y las grandes avenidas del Guadalquivir y sacudió con más virulencia en los barrios más pobres y con más índice de población como Triana. En los alrededores del Hospital de la Sangre, actualmente sede del parlamento de Andalucía, se congregaban los moribundos esperando cama en el hospital. Los cadáveres se hacinaban por lo que se habilitaron lugares de enterramiento en las afueras de la Puerta Real, el Baratillo, el convento de San Jacinto, Macarena, Osario y el Prado de San Sebastián. Se calcula que fallecieron entre 60.000 y 70.000 personas, casi la mitad de la población de Sevilla. La peste también significó el fin de la hegemonía y del monopolio del comercio con las Indias.

Lo más interesante es ver la Sevilla del sigo XVI tratando de que toda la ficción sea coherente con el pensamiento de ese tiempo y no el del siglo XXI. Los personajes se comportan como lo harían en esa época y nos los juzgamos”, afirma Alberto Rodríguez. Por su parte, el guionista Rafael Cobos añade que «La peste nos funciona como una gran metáfora de la gran crisis política, social y económica que se vive en un momento determinado». Para recrear este momento convulso se rodaron más de 130 localizaciones, entre ellas Sevilla; el convento de la Concepción, en Carmona; la Hacienda Martín Navarro, en Alcalá de Guadaira; la Isleta, en Coria del Río, Pilas, Huelva, Trujillo y Garrovillas de Alconétar, entre otras.

En estos escenarios se mueven los protagonistas. Durante esta epidemia varios miembros de la sociedad sevillana aparecen asesinados. Mateo, interpretado por Pablo Molinero, condenado por la Inquisición, tiene que resolver estos crímenes diabólicos para lograr el perdón del Santo Oficio. En su camino vivirá en un entorno de represión política que contrasta con el hedonismo privado, burdeles, cárceles donde esconderse y traiciones y lealtades.

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