En la residencia (I)

Familiares de fallecidos en residencias les rinden un homenaje en Madrid
Víctor LerenaEFE

Es por la tarde, y en la residencia se oye solo el murmullo de la televisión y algún portazo.

No hay visitas, no se puede salir al jardín y el señor Ramón se ha pasado todo el día dando vueltas de un sitio para otro sin saber qué hacer. Antes, por la mañana, leía un rato el periódico, luego coloreaba los dibujos de unas láminas, más tarde asistía con desgana a la sesión de ejercicios corporales, después de comer echaba un poco de siesta, a continuación jugaba una partida de cartas y otra al dominó y a la hora de las visitas se apostaba lo más cerca de la entrada que podía. En vano, porque nunca tenía ninguna y acababa por irse a la sala a ver la televisión hasta la hora de cenar.

–Ya ve usted, aquí solos todo el día. Y así todos estos meses, que ya no sabe uno qué pensar. Casi cincuenta años de trabajo en la fábrica, desde que a los quince entré como aprendiz y la dejé siendo encargado, y ya ve. No es que me queje, que a otros les ha ido peor, lo sé, pero es que esto no es vida. Me atienden, sí, y me dan de comer y todo lo que usted quiera, pero estoy sujeto a todas horas, desde que me levanto hasta que me acuesto. Tal como un pajarín en una jaula, eso es, con el agua y el alpiste pero sin poder volar. Que hay que vivirlo para saber lo que es esto, un día y otro día haciendo siempre las mismas cosas. Y ahora con lo del dichoso coronavirus, encerrados que casi no nos dejan salir de la habitación. Para que luego digan algunos que hasta tengo suerte de poder estar aquí... ¡Si los de antes, mi padre por ejemplo, o mi abuelo, levantaran la cabeza y vieran dónde acabamos ahora cuando llegamos a viejos!