El verano en el que Buñuel quiso matar a Gala

Un mes de agosto de 1929, el realizador aragonés vio cómo se iba al traste su amistad con Dalí

Estamos en París. Es el 24 de junio de 1929 y Luis Buñuel está feliz, muy feliz. Acaba de presentar al público de la capital francesa el mediometraje en el que ha estado trabajando con su amigo Salvador Dalí, camarada en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Han volcado en esa película todas sus obsesiones, sus bromas privadas, sus deseos y sus pasiones más ocultas. Se han lanzado a la aventura con la esperanza de provocar e innovar con una producción titulada “Un chien andalou” y su impacto tiene unas dimensiones parecidas al que ha tenido dos décadas antes “Les demoiselles d’Avignon” de Picasso. El malagueño lo hizo mediante la pintura mientras que Buñuel y Dalí optan por el lenguaje del siglo XX: el cine.

Probablemente sentado en un café, Buñuel comienza a redactar una extensa misiva a su amigo para hablarle del estreno que ha tenido lugar poco antes en el Studio 28. “El sábado me pidieron prestado el film para completar una sesión que organizaban en el Studio 28 Antonin Artaud y Roger Vitrac. La sala estuvo llena. El público (muy heterogéneo) reaccionó maravillosamente. Hubo aplausos y tres o cuatro silbidos al final. Pero todos saludaron o rieron cuando era justo. Después vino el film del pobre Deslaw que fue silbado. Se oían voces tomándole el pelo y diciendo “Esto es vanguardia”. Quedé convencido de que la gente odia las casas patas arriba, y las ruedas de autos que pasan”. Buñuel le explica que ha conocido a “todos los surrealistas” y que “están encantado” con lo que han visto en la pantalla. El aragonés no desaprovecha la ocasión para atacar a antiguos amigos e, incluso, a quien fue su novia. Sus víctima son Federico García Lorca, quien ha pasado brevemente por París camino de su trascendental viaje a Nueva York; su antigua pareja la escritora Concha Méndez de la que tiene noticias por una misiva a su amigo Juan Vicéns; y Rafael Alberti: “Federico, el hijo de puta, no ha pasado por aquí. Pero me han llegado sus pederásticas noticias. Concha Méndez, la zorra ágil, ha escrito a Vensssensss [sic] diciéndole: “Federico ha estado én Londres y me ha contado el gran fracaso de Buñuel y Dalí. Lo siento, pobres chicos”. Como ves las putas llenan la tierra y pronto llegarán a desalojar las custodias de sus nidos. Alberti, “m’ha fait chier” y ha llegado la hora de intervenir. Esperaré a estar contigo para trazar nuestro plan de ataque”. Ese “plan de ataque” soñado debía traducirse en una serie de proyectos: un libro, una revista y una película. De todo ello, lo único que se materializó fue lo último, otro mediometraje, pero para eso lo mejor era reunirse como habían hecho para preparar un “Un chien andalou”. ¿Qué mejor que aprovechar las vacaciones de agosto para hacer esa visita? Además, Buñuel ha hecho una gran campaña en París hablando de su amigo y exaltando su obra pictórica. La mejor manera de entender su muy personal pintura es adentrándose precisamente en el paisaje de Cadaqués, la residencia veraniega de la familia Dalí.

El pintor ha logrado en ese momento hacer de la provocación una de sus señas de identidad, lo que le ha valido la expulsión de la Academia de San Fernando a donde había ido para estudiar la carrera de pintor. El llamado “Manifest Groc”, que había redactado junto con sus amigos Sebastià Gasch y Lluís Montanyà, había herido algunas sensibilidades en Cataluña. Desde niño la ambición de Dalí no había hecho más que crecer. No quería ser un pintor local con un éxito moderado sino alguien de fama universal. Estaba dispuesto hacer lo que fuera para ello y el estreno de “Un chien andalou” había sido un primer y firme paso. Pero faltaba el definitivo que era atraer al grupo surrealista de París. Sí, habían visto sus cosas reproducidas en revistas y en fotografías, pero no se podía juzgar a Dalí sin ver los originales.

Los primeros en llegar fueron el galerista Camille Goemans y el pintor René Magritte con sus parejas. Poco después fue el turno del poeta Paul Éluard, su esposa Gala y su hija Cécile de once años, concluyendo con la aparición de Buñuel en Cadaqués. Los visitantes se alojaron en una pensión y descubrieron un paraíso intonso, en el que la naturaleza estaba intacta. La geología de la zona, el intenso azul del mar, la blancura de las casitas de pescadores ya habían seducido a otros viajeros de paso, como Picasso o Lorca. Ahora el turno de los surrealistas.

Hay un detalle importante en esta historia que merece la pena subrayarse. Dalí en este momento de su vida apenas ha tenido relaciones con mujeres. De adolescente ha tenido una novia llamada Carme Roget en el instituto de Figueres, pero nada más. Un tonteo de jovencitos. En Madrid ha descubierto los burdeles a los que Buñuel es un gran aficionado, pero le da pánico mantener relaciones sexuales. En 1926, cuando visita a Picasso por primera vez en París, tras el encuentro decide calmarse, según su propio testimonio, yendo a un burdel, pero exige que la prostituta esté en un extremo de la habitación y él en el otro. Como me decía José Bello, que lo conoció bien, el ampurdanés era “un asexuado, tanto como lo pueda ser una mesa”. Le tiene pánico al sexo femenino, entre otros motivos, por culpa de su padre que le ha inculcado esas ideas desde pequeño. Las cosas podrían haber seguido así mucho tiempo si no fuera por la aparición de Gala.

Dalí quedó fascinado por ella y se olvidó de todo. Ya no le interesaban los surrealistas, ni el proyecto de nueva película con Buñuel. Nada de nada. Solo ella. Como cuenta en sus memorias “Vida secreta” se pasó los días haciendo lo imposible para llamar su atención, aunque sin éxito. No lo tenía fácil, pero el ver a esa mujer en bañador, semidesnuda tomando el sol en la playa de Es Llané, ante la casa de los Dalí, rompe todos sus esquemas. Buñuel, como testigo excepcional, le expondrá en sus memorias “Mi último suspiro” que “de la noche a la mañana Dalí ya no era el mismo. Toda concordancia de ideas desapareció entre nosotros, hasta el extremo que yo renuncié a trabajar con él en el guion de “La edad de oro”. No hablaba más que de Gala, repitiendo todo lo que decía ella. Una transformación total”. Gala no regresará con Paul Éluard y abandonará a su hija: se quedó con Dalí.

Podríamos decir que el efecto que tiene Gala en la amistad entre Buñuel y Dalí es parecido al aterrizaje de Yoko Ono en los Beatles. La aparente unidad de grupo se rompe con ella. El aragonés solamente encuentra una solución para que todo vuelva a casilla de inicio: matar a esa mujer. Dejemos que sea de nuevo Buñuel el narrador: “Después del almuerzo, durante el que bebimos mucho, Gala volvió a atacarme, no recuerdo exactamente por qué. Yo me levanté bruscamente, la tiré al suelo y la agarré por el cuello. La pequeña Cécile, asustada, echó a correr por las rocas con la mujer del pescador. Dalí, de rodillas, me suplicaba que perdonase a Gala. Yo, aunque furioso, seguía siendo dueño de mí y sabía que no la mataría. Lo único que yo quería era verle asomar la punta de la lengua entre los dientes. Al fin la solté. Ella se marchó a los dos días”.

La amistad entre Buñuel y Dalí se empezó a romper. El hecho de que el cineasta minimizara la participación del pintor en “La edad de oro” hizo el resto. Unos pocos años después, siendo ya Dalí un pintor de éxito en Estados Unidos, Buñuel le pidió ayuda. Estaba casi sin trabajo y pensó que el ampurdanés podría echarle un cable. Dalí le dijo que no y, entre otros motivos, arguyó lo ocurrido con “La edad de oro”. No volvieron a verse nunca más.

Hay un epílogo curioso a todo esto. Mucho más tarde, cuando los caminos de ambos se habían separado para siempre, Buñuel soñó con Gala: “La vi de espaldas, en el palco de un teatro. La llamé en voz baja, ella se levantó, vino hacia mí y me besó amorosamente en los labios. Aún recuerdo su perfume y la suavidad de su piel. Éste fue, sin duda, el sueño más sorprendente de mi vida, más que el de la Virgen”.