Especie que descubro, especie que me como: el lado oscuro de Darwin

Había muchas cosas que interesaban al padre de la teoría de la evolución y una de ellas era comer. En concreto, comerse un ejemplar de cada especie que se cruzaba en su camino.

La curiosidad es una de las fuerzas más poderosas que nos mueven. Nos empuja a experimentar, a salir de nuestra “zona de confort” y, por supuesto, a cometer grandes errores. Es un arma de doble filo que ha complicado la personalidad de infinidad de grandes genios. La misma curiosidad que hizo brillar la mente de Charles Darwin es la que nos trae esta historia, no tan contada, pero igualmente verídica. El relato de cómo la figura más importante de la biología se dedicó a catar tantas especies exóticas como pudo, poniendo en riesgo su salud y su propio trabajo.

Es frecuente pensar que el concepto de “evolución” nació con Darwin, pero es un error. La idea de que unas especies evolucionan en otras y de que todos tenemos un ancestro común es algo que podemos encontrar en la Grecia clásica. Lo que Darwin hizo fue plantear los mecanismos por los cual se producen cambios en una especie, la selección natural donde los individuos más adaptados tienen más posibilidades de reproducirse y así replicar sus tan aptas cualidades. Una idea que ya sospechaban otros naturalistas de la época, pero que Darwin pudo refrendar con un extensísimo trabajo de observación vertido sobre los miles de páginas de sus obras. De hecho, lo que él planteó estaba lleno de “errores” inevitables en aquella época, pero que con el tiempo hemos ido puliendo hasta diseñar la teoría de la evolución que conocemos hoy en día.

Un búho “indescriptible”

En cualquier caso, el aporte de Darwin fue absolutamente clave y solo pudo existir gracias a tres motivos: que su familia tenía suficiente dinero como para permitirle una vida ociosa de viajes, su capacidad de observación y una curiosidad sin límites. Sin embargo, si revisamos las muchas biografías que de él se han escrito, encontraremos que hacen referencia a un pequeño grupo de personas en Cambridge del que él formaba parte: el Glutton Club. Aquellos individuos podrían haber pasado por un grupo de amigos cualquiera que quedaba para cenar y beber hasta bien entrada la noche. Pero por mucho que rieran y contaran batallitas, había algo diferente en ellos o, mejor dicho, en sus platos.

El Glutton Club tenía un claro propósito: probar tantos animales exóticos como pudieran encontrar. Cuentan que tuvieron el placer de compartir mesa con todo tipo de aves desde halcones hasta algún que otro avetoro. Los convites se sucedieron y nuestro amigo Darwin disfrutó de ellos como solo un naturalista lo podría hacer, paladeando la anatomía comparada. Se planteaba si el sabor podía aportar información sobre la especie y si dos animales de gusto parecido estarían emparentados. Aquellas reuniones eran una verdadera fiesta de entusiasmo, al menos al estilo británico. Sin embargo, llegaron a su fin por culpa del plato principal. Tiempo después de que el club cerrara, Darwin todavía recordaba en sus cartas cuánto le había repugnado aquel cárabo común (Strix aluco). Una especie de búho pequeño de gusto “indescriptible” para Darwin y que había indigestado a buena parte de los comensales. En cualquier caso, puede que aquel cárabo enterrara al Glutton Club, pero no a nuestra historia sobre el lado más Gourmet de Darwin.

¡Oh no!

Durante sus viajes a Sudamérica, Darwin se dedicó a capturar a todo espécimen extraño que veía con el propósito de mandarlos a su tierra madre para que fueran catalogados por expertos. Si en nuestro tiempo las selvas de América siguen siendo un misterio, por aquel entonces eran un vergel de especies nunca vistas, algunas pequeñas, otras no tanto. La que nos ocupa pertenece a este segundo un pájaro de 90 centímetros de altura. Hoy le conocemos como ñandú de Darwin (Rhea pennata), algo parecido a un avestruz, pero tres veces más pequeña y al otro lado del Atlántico.

El ñandú de Darwin era esquivo. Ya había sido descrito por otros naturalistas, pero nadie había conseguido atrapar uno, y ese era el nuevo objetivo del joven Darwin, que por aquel entonces apenas superaba la veintena de edad. Día tras día, la búsqueda resultaba infructuosa. Tras largas jornadas sin provecho, Darwin volvía exhausto, con las fuerzas justas para cenar algo al lado del fuego. Uno de los platos estrella era el ñandú, pero de una especie algo más grande al que buscaban. Pues bien, eso es lo que Darwin pensaba estar masticando aquel día en el campamento, le volvió a la mente la imagen del cadáver. Rápidamente se puso en pie y entre gritos hizo que sus acompañantes dejaran de comer. Aquel no era una cría de ñandú común, era la célebre ave que llevaban semanas persiguiendo.

¿Cómo resolver tal estropicio? Darwin necesitaba a aquel espécimen para enviar a su tierra y que se pudiera reconocer como especie. ¿Qué podía hacer con un puñado de huesos rechupeteados? Muy fácil, cogerlos, limpiarlos y clasificarlos. Como si fuera un rompecabezas, Darwin empezó a jugar con la comida y cuando hubo acabado, reunió los restos que todavía quedaban en la cocina: huesos del cuello, las largas patas, la cabeza del animal y tantas plumas como pudo. Aquel puzzle fue enviado a Inglaterra donde, tras comprobar que, efectivamente, se trataba de una nueva especie, fue recompuesto con restos de otras aves similares. Mezclando las sobras de Darwin con huesos y plumas de ejemplares de ñandú común, crearon un monstruo de Frankenstein de la taxidermia imitando al devorado animal.

No obstante, hay que ser justos, cualquiera puede tener un despiste, no estamos hablando de un animal que hubiéramos comido compulsivamente por gula una y otra vez evitando que llegaran especímenes vivos a Gran Bretaña ¿no?

Chupito de orín

Durante su viaje por Sudamérica Darwin probó todo tipo de animales: armadillo, puma, iguana y, por supuesto, tortuga gigante. Darwin probó su carne hecha con la técnica del “asado con cuero” y bebió la orina de sus vejigas, que describió como “límpida y con un ligero toque ácido”. Por lo que dejó escrito, aquella cena no fue nada especial para él, pero al parecer el paladar de Darwin era la excepción porque las tortugas eran una verdadera delicia.

Es importante recordar que Darwin no estaba solo. Era parte de una larga tradición de seres humanos con el impulso de ingerir aquello que descubren. El dodo (Raphus cucullatus) el solitario de Rodrigues (Pezophaps solitaria), el alca gigante (Pinguinus impennis), y la vaca marina de Steller (Hydrodamalis gigas) perecieron en gran medida por nuestra gula y otras especies, como las tortugas gigantes, estuvieron cerca de seguir sus pasos.

Los marineros describían la carne de estos enormes quelonios como un suculento manjar. Fácil de digerir, ligero, jugoso y lleno de sabor. Muchos barcos que pasaban por las Islas Galápagos se cargaban con unas cuantas antes de adentrarse de nuevo en el mar. La tortuga era un tesoro durante las travesías. Apenas necesitaban agua o comida y no molestaban a la tripulación. Podían tenerlas sueltas en la cubierta sin que supusieran un problema y darles matarile cuando quisieran algo de carne fresca. De hecho, la tentación de convertirlas en la cena era tan grande que desde su descubrimiento no consiguió llegar ni un solo ejemplar vivo a Inglaterra en casi 300 años, lo cual retrasó más de la cuenta su clasificación taxonómica y, por lo tanto, que recibieran un nombre científico propio.

Sin embargo, debemos tener cuidado. Por mucho que desde la distancia el cuerpo nos pida ridiculizar la situación, tenemos que entender que Darwin era hijo de otra época. Su pensamiento estaba por delante de sus contemporáneos en muchas cosas, pero en otras tantas era un producto del siglo en el que vivía. La sombra de Darwin es una de las más grandes de la historia de la humanidad y nos sigue cobijando dos siglos después. Pero no olvidemos que, tras el genio barbiblanco, había un joven que no dudó probar la orina de una tortuga por simple curiosidad. Y ¿qué hay más humano que eso?

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Darwin planteó el mecanismo de la selección natural para dar explicación a las relaciones de aspecto y comportamiento que veía entre distintas especies. La idea de “evolución” ya existía, lo que Darwin definió fue, en rasgos generales, el mecanismo que empujaba a unas especies a divergir.

REFERENCIAS:

  • Darwin, Charles, and Frederick Burkhardt. The Correspondence Of Charles Darwin. Cambridge University Press, 2013.
  • Darwin, Charles, and Nora Barlow. The Autobiography Of Charles Darwin, 1809-1882. W.W. Norton, 1993.
  • Eldredge, Niles. Eternal Ephemera - Adaptation And The Origin Of Species From The Nineteenth.