El “sudor” de hipopótamo es rosa, antibiótico, protector solar e hidratante todo en uno

Los hipopótamos excretan una sustancia compleja y rosa sin la cual salir del agua sería un infierno.

Amemait era una criatura que devoraba las almas de aquellos egipcios antiguos que, al morir y ser juzgados por los dioses, su corazón pesaba más que una pluma. Estaba formada por retazos de los animales más peligroso de aquellas tierras, los que acostumbraban a devorar hombres. Así pues, su cabeza era la de un cocodrilo del Nilo, sus tórax y patas delanteras las de un gran felino, y finalmente, con el abdomen y cuartos traseros de nuestro protagonista, el hipopótamo (Hippopotamus amphibius).

Cuando pensamos en los peligros de África nos vienen a la mente los leones, los leopardos y los cocodrilos. No obstante, hay un animal que rivaliza con ellos y que solemos olvidar. Tal vez por su aspecto rosado y regordete, por brillantes ojos negros o su abombado morro. Su aspecto es casi cómico, como si fuera el dibujo de un niño que no entiende todavía la importancia de las proporciones. Su cuerpo de casi dos toneladas se sustenta sobre cuatro patas cortas y finas. Pero bajo esa apariencia hay un animal capaz de alcanza los 50 kilómetros por hora a la carrera y que nuestros antepasados ya aprendieron a temer. Pues bien, rompiendo con todos los estereotipos, este tanque de la naturaleza cuenta con una especie de sudor rosa.

El demonio que suda sangre

Cuentan que algunos de los primeros europeos que avisaron hipopótamos afirmaron que eran demonios, tal vez condicionados por las historias de paisanos. Pero había más, porque reforzando esa imagen, relataron que aquellos demonios sudaban ni más ni menos que sangre. ¡Sangre! Una idea que capturó la imaginación de unos cuantos, pero que en realidad era falsa. De hecho, decir que sudaban sangre no solo fallaba por la referencia a la sangre, sino por asumir que era emergía por sudoración.

Lo que normalmente llamamos sudor es un conjunto de sustancias entre las que hay grasa, sales y el sudor propiamente dicho. Todo ello es excretado por las glándulas sudoríparas. Se trata de estructuras que están muy estudiadas y que, gracias a ellas, podemos regular nuestra temperatura interna. El sudor de nuestra piel se evapora ayudándonos a refrescar nuestro cuerpo, de hecho, hay sujetos que no tienen la capacidad de sudar y tienen un mayor riesgo de alcanzar temperaturas corporales peligrosas durante una fiebre o un día de calor. El caso de los hipopótamos es totalmente diferente, porque su rosado fluido no proviene de algo estructuralmente análogo a nuestras glándulas sudoríparas. De hecho, ni siquiera cumple la misma función, se trata de algo mucho más sofisticado.

En el caso de los hipopótamos, esta sustancia surge de unas glándulas diferentes llamadas subdérmicas. La piel tiene tres grandes capas, la epidermis es la más externa, bajo ella está la dermis y finalmente se encuentra la hipodermis. Nuestras glándulas sudoríparas se encuentran embebidas en la dermis, mientras que las subdérmicas están por debajo de la dermis, de ahí su nombre. No obstante, esta es una diferencia menor, porque la verdadera diferencia está en su contenido.

¿Por qué rosa?

En lugar de sudor, grasa y sales, lo que sale de las glándulas subdérmicas es bien distinto. Estas producen una molécula a la que hemos llamado “ácido hiposudórico”. El nombre ya da pistas, porque, aunque en química el prefijo “hipo” suela indicar otras cosas, en este caso hace referencia al hipopótamo productor de esta especie de sustancia ácida. Pero hay más, porque esta molécula se transforma en otra que recibe el predecible nombre de ácido “nor-hiposudórico”. En un primer momento, el fluído es transparente y cuesta verlo sobre la piel del hipopótamo, pero esto va cambiando.

El ácido hiposudórico tiene un color rojo, mientras que su derivado, el nor-hiposudórico, es anaranjado. Su transparencia va dejando paso a un color rojizo suave, casi rosa a nuestros ojos. Puede parecer relativamente sencillo, pero los investigadores que empezaron a estudiar esta sustancia se llevaron alguna sorpresa. Tras pasarse horas enjugando con paños la cara de sudorosos hipopótamos (y esto es literalmente cierto) vieron que había algo más. Por sí solos, estos dos ácidos reaccionan rápidamente volviéndose pastosos y coloreándose de Marrón anaranjado.

En la piel de los hipopótamos tenía que existir otra sustancia capaz de estabilizarlos, y así era. En ella había una sustancia mucosa que ralentizaba esta reacción, manteniendo las propiedades de esos curiosos ácidos durante más tiempo. Porque su acción es indispensable para la salud de los hipopótamos.

La panacea hipopotámica

Por muy fabuloso que sea exteriorizar líquidos rosas por los poros de tu piel, la evolución ha propiciado esta fantasía de los hipopótamos por otros motivos más prosaicos. Lo cierto es que las reacciones que suceden sobre la piel de estos animales son más complejas de lo que hemos transmitido y acaban dando lugar a un conjunto de sustancias que van más allá de los dos ácidos nombrados. Pues en esta suerte de cóctel hay sustancias con propiedades muy distintas.

Por un lado, confieren a este fluido cierto poder de protección solar. Algo que no viene de más teniendo en cuenta que la piel de los hipopótamos no es demasiado gruesa, a diferencia de otra megafauna africana. De hecho, un hipopótamo que pase demasiado tiempo fuera del agua puede enfrentarse a serias quemaduras solares. Así que, al menos en teoría, puede que el rosado mejunje les ayude a prevenir este peligro. Precisamente por este mismo motivo, a su capacidad para bloquear parte de los dañinos rayos ultravioletas del Sol, esta sustancia parece evitar que se deshidrate su piel. El motivo es que es hidrófoba, esto es, repele el agua, por lo que “levanta una barrera” entre el hipopótamo y el mundo exterior dificultando que el vapor abandone su cuerpo.

Finalmente, por si el resto de las bondades parecen pocas, el ácido hiposudórico se ha demostrado antibiótico en condiciones de laboratorio. De hecho, se ha comprobado que puede mantener a raya a bacterias como la Pseudomonas aeruginosa o la Klebsiella pneumoniae incluso con concentraciones menores que las que encontramos en la piel de los hipopótamos. Y, una vez más, no se trata de una ventaja cualquiera. Los hipopótamos frecuentan ríos poco caudalosos y llenos de bacterias. Multitud de microorganismos pueden entrar por las numerosas heridas que se hacen al pelearse. Sus desmesurados colmillos rasgan la piel del oponente exponiéndola a una selva de patógenos. Así que una barrera química, como es su sudor, no viene de más para defenderse de ellas.

Esa es, en resumidas cuentas, la historia del falso sudor de hipopótamo. Una sustancia que empezó reforzando una historia espectacular pero falsa de bestias demoníacas cubiertas de sangre y que ha terminado dando lugar a una historia incluso más apasionante y, en esta ocasión, verdadera. Y es que la ciencia es una de las mejores fuentes de historias que existen.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Ni es sudor ni es sangre, aunque tampoco vamos a ser demasiado puristas y, dando que es una sustancia que permea la piel, popularmente no es del todo incorrecto hablar de ella como sudor.

REFERENCIAS (MLA):