Hace 66 millones de años las algas se hicieron “carnívoras” para sobrevivir a la falta de luz.

Nuevos hallazgos apuntan a que tras la mal llamada “extinción de los dinosaurios” los mares se sumieron en la oscuridad y las plantas tuvieron que buscar una nueva fuente de alimento para sobrevivir.

Hace 66 millones de años la Tierra se sumió en la oscuridad. Un asteroide o un cometa acababa de impactar en lo que ahora es la península de Yucatán, en México. Su tamaño es motivo de disputa, pero sabemos que aquella bestia espacial superaba con creces los 10 kilómetros y que desencadenaría un infierno de terremotos y tsunamis. Todo aquello era solo la antesala a la verdadera catástrofe, una noche que parecería no tener fin. El impacto había levantado una nube de partículas tan densa que bloqueó los rayos del Sol, trayendo penumbra y mucho frío durante, al menos, una década.

Los kilómetros calcinados por el propio impacto no fueron nada comparados con la sacudida que produjo esa noche interminable. Muchos organismos dependen de la luz, no solo las plantas. La mayor parte del oxígeno de nuestro planeta no es producto del Amazonas ni de los frondosos bosques que encontramos en tierra. Proviene de los mares y océanos, de los millardos de algas microscópicas que los habitan. Cuando se apaga la luz las algas se mueren, sus depredadores se quedan sin alimento y el desastre recorre la cadena trófica como un tsunami. Sin embargo, en aquella noche eterna las algas encontraron una solución. Si no podían alimentarse de luz tendrían que cambiar su dieta y empezar a cazar.

Microfósiles

El panorama de una noche tan larga no se presenta halagüeño para ningún organismo estrictamente fotosintético. Necesitan la energía que les llega del Sol en forma de fotones para poder transformar en alimento sustancias inorgánicas como el agua y las sales. Teniendo esto en cuenta, la pregunta es obvia. ¿Cómo han conseguido sobrevivir hasta nuestros días? Esta pregunta ha llamado la atención de muchos paleontólogos a lo largo de las décadas, y recientemente, un artículo publicado en Science Advanves plantea una respuesta algo inquietante.

La solución tenía que encontrarse en los diminutos fósiles del fitoplancton de finales de la era mesozoica, algas minúsculas que murieron y se depositaron inmediatamente después del famoso impacto. A fin de cuentas, la fotosíntesis es solo una de las muchas estrategias mediante las que los organismos pueden transformar sustancias inorgánicas en compuestos orgánicos que usen como alimento. Los seres vivos que se alimentan con estas estrategias se llaman autótrofos, y no todos son fotosintéticos, otras prescinden de la luz y aprovechan las propiedades de metales o de determinadas reacciones químicas muy específicas. Nosotros, como contraparte, somos heterótrofos, no transformamos lo inorgánico en orgánico, robamos los compuestos orgánicos que han producido organismos autótrofos como las plantas, las algunas bacterias o las algas.

Los investigadores estudiaron a fondo los fósiles buscando en ellos indicios de cómo habían sido en vida. Restos de estructuras que pudieran revelar su dieta, sus comportamientos y otros aspectos relevantes. Según cuentan los propios investigadores, tuvieron suerte al encontrar fósiles tan pequeños como los que requerían sus estudios, del orden de nanómetros (la millonésima parte de un milímetro) Pero fue aun más afortunado que su estructura se hubiera conservado suficientemente intacta durante las decenas de millones de años que nos separan. La clave estuvo en buscarlos en sedimentos con un alto contenido en arcilla cuyo depósito ocurrió de forma relativamente rápida. La mayor parte de los ejemplares encontrados exhibían cubiertas duras hechas de carbonato de calcio, como las conchas de muchos moluscos, aunque esto no era lo más notable. Recortados en estas corazas había unos extraños agujeros.

Un inquietante agujero

Estas pequeñas oquedades podrían tener muchas explicaciones, pero hay una que parece bastante plausible si lo comparamos con otras formas de vida de la actualidad: eran aberturas podían exteriorizar flagelos, estructuras con forma de látigo que muchos organismos utilizan para desplazarse. Y aquí viene el giro, porque ¿qué necesidad de desplazarse podría tener un organismo autótrofo? A no ser, que no fuera autótrofo, claro. Los científicos especulan que estos flagelos eran usados para perseguir a otros organismos, las algas se habían vuelto predadoras. Por simple parsimonia, los investigadores plantean que no llegaron a perder su capacidad de realizar la fotosíntesis. A fin de cuentas, sus descendientes la conservan. Su estrategia habría pasado a ser mixta, volviéndose organismos mixotróficos, como algunas plantas carnívoras.

Para ellas, la captura de microorganismos habría sido un suplemento con el que sobrevivir a la penumbra, pero no su única fuente de alimento. No está claro si esta adaptación surgió durante el tiempo que la luz solar se vio reducida o si ya estaba presente de forma minoritaria en algunas especies que, cuando llegó la oscuridad, pudieron triunfar y reproducirse exponencialmente. De hecho, se cree que la pérdida de muchos herbívoros marinos pudo haber favorecido su multiplicación durante este periodo. Lo que sí sabemos es que su éxito no duró para siempre. En la actualidad la mayoría de algas no cuentan con un metabolismo mixotrófico, muchas han vuelto a alimentarse principalmente mediante fotosíntesis, por lo que parece que las algas “carnívoras” llegaron tan pronto como se fueron.

Puede que, con este descubrimiento, los científicos acaben de revelar uno de los capítulos más peculiares de la historia de la vida en la tierra. Sin embargo, harán falta más estudios para comprobar cómo de fiables son estas interpretaciones. Mientras tanto, podemos deleitarnos con la fantástica historia de terror que trasluce el artículo, una historia sobre cómo puede cambiarnos la oscuridad.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Al decir “carnívoras” no pretendemos usar la palabra de forma literal, sino transmitir el papel de cazadoras que esta altas habrían adquirido. Sus presas serían otros integrantes del nanoplancton, así que podemos sentirnos seguros.
  • No es la primera vez que se sugiere esta explicación, pero las pruebas ofrecidas sí suponen un avance en su validación.

REFERENCIAS (MLA):