Darren, el macaco generado por ordenador para la película "La Fuente de la Vida"anónimoCreative Commons

La experimentación animal en el cine: La fuente de la vida

En contra de lo que popularmente se piensa, la investigación animal está extremadamente regulada y trata de garantizar, en la medida de lo posible, los derechos de animales.

Los científicos son los nuevos chamanes, al menos en el cine. Para muchos directores tanto unos como otros responden a un arquetipo común. La realidad es bien distinta, y rara vez encontrarás a un físico que controle sobre edición genética o un biólogo que tenga nociones sobre magnetohidrodinámica. Sin embargo, hay algo en lo que sí aciertan: confiamos en ellos lo que parece imposible. Lo que antes pedíamos a los brujos, ahora se lo pedimos a la ciencia: ¿para cuándo vencer a la muerte? Y lo que es más importante: ¿qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo?

La fuente

La primera pregunta es, precisamente, la idea que trabaja “La fuente de la vida”, una película del maestro Darren Aronofsky que ha pasado sin pena ni gloria a pesar de contar con un elenco de postín. En ella, cuentan la historia de un investigador experto en oncología llamado Tommy Creo (Hugh Jackman) y de su mujer, Izzi (Rachel Weisz), aquejada de un cáncer terminal. Al descubrir la enfermedad de Izzi, Tommy decide invertir todos sus esfuerzos en encontrar una cura. Cada segundo de su día queda consumido por el trabajo, sabe que está librando una lucha contra el mismo tiempo y que el éxito es improbable, pero tiene que conseguirlo.

Durante sus investigaciones, Tommy decide probar una nueva sustancia extraída de un árbol guatemalteco e inyectársela a Donovan, un macaco Rhesus. Por desgracia, el tumor de Donovan no parece reducirse, pero sí rejuvenece, sana sus heridas e incluso aumenta su intelecto. Cualquier cosa que cuente a partir de aquí estropeará una historia cargada de metáforas, hilos narrativos que se entrecruzan a lo largo de los siglos y una puesta en escena realmente original.

Por desgracia, no pueden tenerse las mismas palabras halagadoras cuando el tema cambia de lo artístico a lo científico. El rigor de la película es muy bajo, pero no tanto por los aspectos biomédicos. Hasta cierto punto, es plausible encontrar una molécula capaz de reducir el tamaño de los tumores (aunque no tanto de hacer simultáneamente todas las maravillas que relata la película). De hecho, la quimioterapia hace precisamente esto, solo que también afecta algo a los tejidos sanos. Un ejemplo incluso más trivial es el del alcohol, que como deshidrata los tejidos, puede inyectarse en un tumor para contribuir a reducir su tamaño y permitir la realización de operaciones menos agresivas. El problema es otro, más relacionado con la experimentación animal, que es, posiblemente, uno de los aspectos de la ciencia que más ha deformado el cine.

Experimentación animal

Es relativamente frecuente leer en la prensa que “se ha encontrado una cura para el cáncer”, omitiendo (claro está) dos aspectos clave. El primero: que “él cáncer” no existe como tal, sino que es un conjunto de enfermedades y, en el mejor de los casos, se habrá encontrado el tratamiento de algunas variedades. El segundo: que suele ser en animales, no en humanos. Y es que, a decir verdad, la experimentación animal es rutinaria en los estudios de cáncer.

Volviendo a la película, en realidad, su mayor error es bioético. En nuestro tiempo, por suerte, no veremos que se experimenten fármacos quimioterápicos en monos. Hay experimentos que requieren del uso de simios, pero no suelen ser farmacológicos. El uso de animales suele restringirse a los ensayos preclínicos, para aproximar la toxicidad y eficacia del fármaco antes de usarlo en humanos. Los resultados no son perfectos, pero ayudan a extremar la cautela. En estos casos suelen usarse ratones, a veces modificados genéticamente para que se parezcan a nosotros tanto como sea posible. No obstante, el fallo no se limita al animal modelo elegido.

No es fácil conseguir la aprobación para experimentar con animales, hay que demostrar que no puede usarse ningún método alternativo para conseguir la información que buscas, justificar el número de animales que emplearás demostrando que prescindir de uno comprometería gravemente los resultados, y finalmente, habrá de reducirse el sufrimiento animal tanto como fuere posible.

Para hacernos una idea de lo en cuenta que se tienen todos estos aspectos, para poder trabajar con animales es necesario estar capacitado para ello y contar con los documentos que lo avalen. No todo investigador tiene la formación adecuada para manipularlos adecuadamente ni conoce los protocolos para reducir al mínimo posible su sufrimiento.

Dicho esto, conviene recordar que sin la investigación animal nuestra medicina estaría muchas décadas retrasada y habríamos perdido incontables vidas durante los últimos siglos. Es cierto que todo fármaco nuevo ha de ser probado en animales, pero eso no significa que (como ocurre en la película) se pueda saltar a la ligera de un único macaco a experimentar en humanos. A nadie le resulta plato de buen gusto, pero a veces no existe una alternativa perfecta y nosotros, chamanes del siglo XXI, mucho más sofisticados que nuestros remotos ancestros, también estamos limitados por nuestra propia época.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Por ahora no existe ninguna alternativa realista que permita prescindir de la investigación animal. Los cultivos de células no simulan bien la complejidad de un organismo completo dividido en órganos y sistemas que interactúan entre sí, y los modelos por ordenador todavía no cuentan con la potencia suficiente como para recrear algo tan complejo y detallado como estos estudios requerirían. No obstante, durante las últimas décadas los avances en estos dos campos han ayudado a reducir notablemente el número de animales utilizados en investigación, aunque no han sido eliminados por completo.

REFERENCIAS (MLA):