Análisis de un autorretrato de Leonardo Da Vinci pintado en Sanguina.AnónimoCreative Commons

La flora bacteriana de Leonardo Da Vinci, una nueva pista para detectar falsificaciones

Las proporciones que guardan las distintas especies de microorganismos en nuestra piel es única y podría ayudarnos a rastrear el viaje de las obras de Leonardo Da Vinci.

Prácticamente todo tiene su firma. Cada copo de nieve es ligeramente diferente y cada huella dactilar guarda con celo sus propios serpenteantes relieves. Eso lo tenemos claro, lo hemos escuchado hasta la saciedad, pero ¿realmente son tan especiales? El inmortal personaje de Conan Doyle, Sherlock Holmes, era capaz de identificar la procedencia del barro de una bota o del tabaco de un cigarro basándose solo en su composición. En un mundo tan complejo y cargado de detalles raro es aquello que no esconda su propia signatura.

En cierto modo, esos detalles únicos son un lenguaje más en el que está escrita la naturaleza. Cuando los decodificamos y aprendemos a leerlos, un mundo de información se revela ante nosotros. Por ejemplo, gracias a la proporción de carbono 14 encontrado en un fósil, podemos datar, aproximadamente, en qué época murió. Del mismo modo, la presencia de esporas en los hielos polares más profundos nos habla de una combinación especies vegetales a partir de la que podemos deducir el clima del pasado. En esta misma línea, la flora bacteriana de las obras de arte podría revelarnos toda su historia, desde que fueron pintada por sus autores años ha, hasta que acabaron cayendo en nuestras manos. Y eso es lo que un equipo de investigación acaba de hacer con la obra de Leonardo Da Vinci.

Las bacterias no son flora

Antes de seguir, tal vez quepa puntualizar que la flora bacteriana científicamente no existe. El término correcto es “microbioma”, y la famosa flora intestinal recibiría el nombre de microbioma intestinal. Esto permite incluir no solo a bacterias, sino a hongos, que forman una parte importante de las comunidades de microorganismos que viven sobre nosotros. Para que nos hagamos una idea de las cifras con las que estamos trabajando, el cuerpo humano tiene unos 37.200.000.000.000 de células, casi 40 billones. Mientras tanto, el número de microorganismos que viven en nuestro cuerpo está entre 10 y 100 billones. Por suerte, los hongos y bacterias son mucho más pequeños que nuestras células, por lo que su volumen no es tan grande y pasan desapercibidos a simple vista.

Podemos imaginar estas bacterias como una especie de selva. Del mismo modo que la vegetación de Borneo no es la misma que la del Congo y análogamente a cómo un experto podría distinguirla simplemente viendo qué árboles hay en cada una, con el microbioma ocurre algo parecido. Las especies de bacterias y de hongos que existen son casi incontables y en cada organismo que colonizan crecen en distinta proporción, repartiéndose el espacio de una forma determinada. De hecho, sabemos que tienden a encontrar un equilibrio que, aunque pueda verse alterado por (por ejemplo) el consumo de antibióticos normalmente acaba volviendo a recuperarse por sí solo. Nuestra piel, nuestro tubo digestivo, todo está cubierto por una alfombra de seres diminutos cuyo patrón estampado nos hace únicos. Ahora bien ¿Qué tiene que ver esto con el arte?

Un pasaporte biológico

Como hemos dicho, nuestra piel está llena de bacterias y hongos que, más o menos, se mantienen en proporciones estables en cada individuo. No obstante, eso no quiere decir que todos tengamos microbiomas absolutamente dispares. A grandes rasgos y simplificándolo mucho, hay muchos factores que condicionan estas proporciones de microorganismos, y aunque algunos son difíciles de determinar, otros se deben a la cultura (higiene, alimentación, etc.) y a la ubicación geográfica donde vives (condiciones climáticas, comunitarias, diversidad de microorganismos presentes en la naturaleza) De este modo y a diferencia de las huellas dactilares, la microbioma puede darte pistas no solo de quién eres, sino de quién podrían ser tus padres o cual podría ser tu lugar de residencia.

Podríamos pensar que, cuando un autor toca su obra, deja esta firma que nosotros podremos rastrear, pero lo cierto es que no es tan sencillo. El lienzo acaba siendo manoseado por el autor, sí, pero también por compradores, transportistas e invitados tocones. Esto complica identificar a una persona concreta, pero a la vez permite determinar con más precisión la ubicación geográfica en la que el cuadro ha estado, principalmente porque las diferencias en el microbioma de los individuos que lo han tocado, es posible que se diluyan, mientras que las similitudes (más fácilmente relacionables con una zona geográfica) se resalten.

Las bacterias de Da Vinci

Gracias a esto, el equipo de investigadores ha podido analizar seis láminas de Da Vinci dibujadas a sanguina y han encontrado bacterias del filo Proteobacteria, Actinobacteria y Firmicutes, así como hongos del filo Sordariomycetes y Eurotiomycetes. Y aquí viene lo fantástico, porque si lo comparamos con los archivos de microbiomas, esto nos sugiere que estas obras habrán pasado bastante tiempo en Roma y Turín. Utilizando estas técnicas para analizar el genoma del microbioma y así identificar sus especies, no solo podemos rastrear el cuadro, sino comprobar su autenticidad. El microbioma de un cuadro pintado en Italia durante el siglo XV no es el mismo que la que tendría una falsificación contemporánea, por ejemplo.

Por otro lado, conocer los microorganismos que hay en un cuadro nos ayuda a detectar cuales podrían ser perjudiciales y contribuir al deterioro de este, ante lo cual, podríamos desarrollar técnicas para restringir el crecimiento de los organismos más lesivos. La propuesta de otro artículo de 2016 plantea usar el probiótico Bacilli para poner freno a determinadas especies de microorganismos.

Hasta ahora, todos estos estudios eran harto complicados, no tanto por sus aspectos teóricos, como por la descomunal cantidad de información que requerían, así como las técnicas de secuenciación genética que en los últimos años se han hecho mucho más rápidas y baratas. Ahora que la tecnología no nos limita, estamos viviendo una explosión de artículos sobre el microbioma y sus aplicaciones parecen no tener fin. Sabemos que vivimos en el siglo de la inteligencia artificial y de la edición génica, pero gracias a ello, también vivimos en el siglo del microbioma.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Por supuesto, el análisis es más difícil de lo que parece, porque no solo los humanos dejan su microbioma en el cuadro. Los insectos, que depositan sus excrementos sobre la obra, pueden contaminarlo con bacterias u hongos diferentes.
  • En el cuadro también se ha detectado ADN humano, pero este no tiene por qué ser de Leonardo Da Vinci. Al igual que ocurre con el microbioma, es de esperar que haya sido contaminado repetidas veces durante su manipulación y transporte.
  • Contrariamente a lo que se podía esperar estudiando otras obras de arte, las láminas de Leonardo tienen un predominio de bacterias sobre hongos. Todavía no se sabe muy bien qué factores pueden haber contribuido a este equilibrio.

REFERENCIAS (MLA):