Sociedad

Aún podemos frenar el cambio climático en 30 años si actuamos YA, dice el IPCC

Para lograr que las temperaturas no superen el acuerdo de París a finales de siglo necesitaríamos bajar las emisiones de gases de efecto invernadero a niveles jamás vistos

Glaciar
Glaciar FOTO: Mario Hagen Creative Commons

Cuentan que, si pones una rana en agua tibia y vas subiendo su temperatura poco a poco, hervirá antes de que se de cuenta y escape. Se trata de un mito, desde luego, pero hay un punto de verdad en ello. Imaginemos que la rana estuviera en una olla realmente grande calentada por un pequeño fogón no demasiado potente. La olla está al raso y de vez en cuando es sacudida por una brisa. El aire, la noche o la suciedad del propio hornillo pueden hacer que la olla se caliente de forma algo caótica y que, de repente, la temperatura del agua baje durante unos minutos antes de retomar su subida. Imaginemos ahora que la rana, muy empírica ella, pretendiera asegurarse más allá de toda duda de que está la olla se está calentando.

Si la rana se dedicara a comparar la temperatura de un minuto con la que había en el minuto anterior, posiblemente no viera grandes cambios, o lo que es más, puede que creyera tener pruebas de que las temperaturas bajan en realidad de subir. La olla a la intemperie es un sistema mucho más complejo y caótico de lo que podría parecer y, para evitar esos contingentes cambios de temperatura, la rana debería echar la vista atrás y comparar la temperatura media de una hora con la hora anterior. Requeriría de muchísimas más mediciones, pero permitiría tener una visión más clara, no sesgada por fluctuaciones aleatorias del viento o del fogón. Solo así podría descubrir si su vida corre peligro o si se ha estado obsesionando con una fantasmagoría. Esto no pretende sorprender a ningún lector ni cumple el papel de un giro dramático, pero: esa rana somos nosotros.

Estamos a tiempo, pero hemos de actuar ya

Ahora bien, el último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) ha afinado sus mediciones y en su último documento, publicado hace unos días, deja claros tres puntos. El primero es que ratifica lo que ya sabíamos, la temperatura media del planeta ha estado aumentando durante las últimas décadas, la tendencia es clara más allá de las fluctuaciones esporádicas. En segundo lugar, indican que este aumento se debe en buena parte a la actividad humana e insisten por primera vez en que la evidencia de ello es tan abrumadora que el cambio climático antropogénico, que así se llama, podemos tomarlo como un hecho. Finalmente, presenta entre sus páginas una tercera pata que la prensa ha dejado en segundo plano, pues, la “buena” noticia de que la temperatura ascienda por nuestra actividad industrial es que, frenar esta deriva también está en nuestra mano. Así que, si bien es posible, la verdadera pregunta es si es probable que lo consigamos.

Para ello, el IPCC ha estado haciendo modelos a partir de una abrumadora cantidad de datos, de tal modo que ha conseguido extraer de ellos 5 predicciones, media decena de escenarios que dependen de cómo moderemos nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. Puede que algunos desconfíen de la precisión de estas previsiones. De hecho, durante los últimos años han surgido multitud de bulos acerca de fallos en las anteriores previsiones del IPCC, sin embargo, lo cierto es que hasta ahora han estado bastante acertadas y la realidad ha sido, en todo caso, más grave de lo que se calculaba. Sea como fuere, merece la pena recordar que el presente informe ha tomado como fuente más de 14.000 estudios científicos y ha contado con un equipo de 234 expertos de 66 países diferentes. Teniendo en cuenta a los autores de esa marabunta de artículos y a los expertos que han participado en la redacción, la confección de este informe ha implicado a una parte sustancial de los principales expertos en climatología y ciencias ambientales que hay en el mundo. Pocos documentos se han escrito con un mayor grado de consenso que este.

5 escenarios

El peor de los escenarios del IPCC apunta a que a finales de siglo habremos superado los 4 grados centígrados por encima de los niveles registrados entre 1850 y 1900. Esto supone un aumento de más de 3 grados respecto a las temperaturas actuales (que a su vez son 1,09ºC superiores a las de principios del siglo XX). Debido a que el planeta no cambia su temperatura homogéneamente, habrá zonas que experimenten un aumento más cruel de las temperaturas, alcanzando casi los 6 grados de aumento. En el lado opuesto, con la predicción más halagüeña tenemos un futuro mucho menos distópico en el que la temperatura media en 2100 podría ser solo 1,4 grados mayor que en 1900. Esto nos permitiría cumplir el acuerdo de París, en el que pactamos intentar que el aumento de temperaturas no excediera en ningún caso los 2 grados para finales de siglo, y tratar de hacer todo lo posible para que ni siquiera excedieran los 1,5 de aumento.

En este último escenario, podríamos conseguir estabilizar las temperaturas en unos 20 o 30 años, reduciendo los efectos del cambio climático en unos cientos o miles de años y los de la contaminación más directa de forma casi inmediata. Puede sonar lento, pero es nuestro mejor futuro. Por desgracia, para alcanzarlo tendríamos que reducir nuestras emisiones de tal modo que emitiéramos en lo que queda de siglo menos de lo que en condiciones normales liberamos en una década. Siendo realistas, parece muy poco probable y, desde luego, no depende de los ciudadanos, sino de los países y las industrias.

Sin embargo, existen otros cuatro escenarios intermedios y el segundo más optimista también podría casar con nuestras expectativas. Si consiguiéramos reducir nuestras emisiones de dióxido de carbono a poco más de una tercera parte de las actuales, podríamos frenar el cambio climático lo suficiente como para quedarnos a dos décimas de grado del Acuerdo de París, con 1,8 de aumento para 2100.

Para lograrlo no solo podemos confiar en que se reduzcan las emisiones, sino que hemos de invertir en sumideros de dióxido de carbono, sistemas que atrapen este gas del aire, reduciendo sus concentraciones atmosféricas. Para ello deberemos apostar tanto por los sumideros naturales, como son los bosques, selvas y océanos, como por sistemas artificiales que ayuden a complementar la labor.

La noticia no es el apocalipsis

¿Y cuáles son las consecuencias de no actuar ahora? El informe las enumera claramente, nos habla de que el dióxido de carbono ya ha alcanzado su nivel máximo de los últimos 2 millones de años. Nos dice que el mar está subiendo con una velocidad que no se había visto en 3000 años, que el hielo del Ártico ha alcanzado su nivel más bajo en 1000 años y que en los últimos 2000 años, los glaciales nunca se habían encogido tanto. Nos habla de cómo aumentarán los fenómenos meteorológicos extremos, como huracanes, inundaciones y sequías, nos desglosa su impacto para la agricultura y la salud, pero ¿realmente hace falta que nos centremos en ese aspecto?

Quien más o quien menos ya ha escuchado hablar de parte de estos oscuros vaticinios. El problema no es que no se conozcan, es que muchos no los toman en serio. De hecho, los mismos expertos se han mostrado algo ofuscados en sus redes sociales al ver el tipo de cobertura apocalíptica que la prensa ha dado al último informe. Desde luego que estamos en una situación sumamente grave y que el futuro más probable es nefando, pero último informe del IPCC tiene el potencial de ser mostrado de forma diferente. Puede servir para hablar de cuánto está en nuestra mano alejarnos de ese futuro, algo que se hace especialmente difícil cuando la noticia se centra en el peor escenario posible y deja de lado los otros cuatro.

En esta misma línea, algunos científicos han insistido en que el ecologismo no agota todo lo que la ecología significa y que los activistas que a veces toman la voz no suelen ser expertos ecólogos. Por desgracia, la naturaleza intrínsecamente mediática del activismo hace que se tienda a escuchar más a estos que a los investigadores, haciendo que calen consignas pegadizas y agresivas que, si bien no tienen por qué decir falsedades, tienden a pasar por alto multitud de detalles relevantes para una correcta comprensión del problema, haciendo que la situación parezca más opinable de lo que es y que se preste a interpretaciones políticas.

Ahora sabemos que nosotros somos buena parte del problema y, por lo tanto, podemos ser buena parte de la solución. Si cambiamos radicalmente nuestra forma de actuar como civilización podemos reducir los varapalos climáticos que nos depara lo que queda de siglo. Dentro de la pesadilla que es el cambio climático, hemos de saber que existe una tabla a flote que todavía podemos asir, una esperanza remota pero real que podemos alcanzar. Y sí, para ello tendremos que coordinarnos como nunca lo hemos hecho y tomar medidas increíblemente drásticas, pero tampoco sería la primera vez que ante la adversidad demostramos una capacidad de reacción excepcional. Visto así, la rana debería de estar bastante segura de que su olla se calienta. La duda ya no es esa, sino cuánto está dispuesta a perder por no saltar a tiempo.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • A pesar de lo que se nos suele dar a entender, la contribución más determinante para que el cambio climático no siga adelante no tiene que venir de los individuos, sino de las grandes industrias y los gobiernos. Por supuesto que debemos concienciarnos y cambiar nuestros hábitos para poner nuestro granito de arena, pero recordemos que su influencia es mínima comparada con la parte del problema que se debe a las grandes industrias. Sin una legislación más restrictiva que controle las emisiones de este sector, nuestras acciones como individuos no podrán cambiar prácticamente nada.

REFERENCIAS (MLA):