Sociedad

La basura que nos amenaza desde el espacio

Una cascada de ablación podría poner en juego todas nuestras comunicaciones si seguimos aumentando la basura espacial y los satélites en órbita

Basura espacial
ESA
04/05/2021
Basura espacial ESA 04/05/2021 FOTO: ESA ESA

El 15 de noviembre de 2021 cundió el pánico en la Estación Espacial Internacional (ISS), y el motivo no era ni remotamente científico, sino político. Rusia había disparado un misil contra uno de sus antiguos satélites y los fragmentos de la explosión se dirigían en dirección a la ISS, que orbitaba 50 kilómetros por debajo. Los escombros estaban en órbita, así que, aunque la ISS se había salvado de una primera colisión, los restos del satélite volverían a pasar cerca cada 93 minutos. Para protegerse de la segunda y tercera acometidas, la NASA ordenó a los 7 tripulantes de la estación que se pusieran a salvo en las cápsulas de tripulantes, con sus trajes espaciales puestos. La idea era que, ante cualquier complicación, estuvieran listos para regresar a la Tierra. Allí permanecieron hasta que la NASA consideró prudente que volvieran a su rutina y, por suerte, unas horas después, la mayoría de los fragmentos se habían alejado de la órbita de la estación y de la superficie terrestre. La crisis había pasado sin lamentar daños, pero el peligro fue real.

Las primeras declaraciones de Rusia afirmaban que aquello había sido un intento de deshacerse de Kosmos 1408, un satélite lanzado en 1982 aparentemente inservible. EE. UU. no tardó en tachar aquella acción de “peligrosa e irresponsable”, habiendo puesto en riesgo vidas y sin notificación alguna que les hubiera puesto bajo aviso de la inminente explosión. Rusia replicó que no veía peligro alguno y corrigió su información original, confesando que se había tratado de una prueba balística con un misil anti-satélite de ascenso directo. Y aquí viene el verdadero problema, porque todo esto es estrictamente legal. A pesar de que desde 1967 existe un tratado sobre el espacio ultraterrestre (al cual se adscribe tanto EE. UU. como Rusia), este es bastante laxo y, en cuanto a estos aspectos, solo prohíbe el uso y almacenaje de armas nucleares por encima de los 100 kilómetros de altitud. Claramente hace falta actualizar y desarrollar más legislación relacionada con el espacio, especialmente en esta época en la que las empresas privadas han empezado a reclamar su pedazo de cosmos. Y es que nosotros mismos estamos amenazados por la basura espacial.

El vertedero espacial

Un modelo estadístico de la ESA calculó recientemente que, en torno a la Tierra, orbitan unos 5400 objetos de un metro de diámetro, 34000 que superan los 10 centímetros de largo, 900000 de más de un centímetro y más de 130 millones por encima del milímetro de envergadura. Esto es especialmente preocupante si tenemos en cuenta el ritmo al que aumentan estos números y, sobre todo, si pensamos en el igualmente creciente número de satélites que giran en torno a nosotros: unos 2500 satélites activos (y otros 3500 que ya computan como basura). Por amplios que sean los alrededores de nuestro planeta, todas estas piezas orbitando suponen un grave peligro, porque, inevitablemente, terminan frenando su velocidad, cambiando su trayectoria y aumentando la probabilidad de que colisionen entre sí.

Todo esto puede suponer un problema incluso con los fragmentos más pequeños, como esos 130 millones de apenas un milímetro. De hecho, el satélite Copernicus Sentinel-1A sufrió una disminución de su potencia por la colisión de una partícula de basura espacial de tan solo 5 milímetros. El enjambre de basura está cada vez más repleto y, sus consecuencias no solo pueden ser graves, sino que perduran en el tiempo. Aquella detonación del Kosmos 1408 sigue afectando a la ISS dos semanas después. La NASA ha tenido que cancelar un paseo espacial por el riesgo que suponían esos fragmentos viajando a más de 27.000 kilómetros por hora. Todo esto se trata de una estimación empleando modelos, los cuales, imitan las condiciones conocidas del evento, objetos implicados, velocidad de estos, masa, etc. De este modo pueden reconstruir la situación y estudiar las consecuencias más inmediatas, estimando el número de fragmentos, y su trayectoria. No obstante, es importante recordar que esos modelos son aproximados y que, en realidad, es de máxima importancia diseñar modelos más precisos y capaces de anticiparse con exactitud a las trayectorias de los miles de objetos resultantes de una colisión.

Un futuro fragmentado

La historia ya es vieja. En 2007 China hizo lo propio con otro de sus misiles y sus restos siguen poniendo en peligro a algunos satélites. En 2009, una nave rusa chocó con una estadounidense y la lista de accidentes sigue. Para ponerlo en números y comprender el problema, las colisiones se han duplicado desde principio de siglo, habiendo de media unas 11 anuales. Uno de los motivos de este aumento es el efecto dominó que se produce donde, cuando dos objetos impactan, liberan multitud de fragmentos más pequeños, haciendo que cada uno tenga más posibilidades de cruzarse con otro objeto. La reacción en cadena fragmenta los objetos grandes, multiplicando el número de partículas de basura y, por lo tanto, el de colisiones. Esta reacción en cadena se retroalimenta y recibe el nombre de cascada de ablación o, más popularmente, síndrome de Kessler.

El problema aumenta si tenemos en cuenta que, si bien hemos conseguido reducir el número de piezas de basura en órbita, se pronostica que esta tendencia se romperá pronto, concretamente bajo el mando de una persona: Elon Musk. Con su proyecto de Starlink, Musk planeta poner en órbita unos 30000 satélites de los cuales ya ha lanzado más de 1700. No cabe duda de que 30000 satélites son muchos, pero hablamos de una megaconstelaciones y no han sido bautizadas solo para el proyecto de Musk, sino que podrían representar una nueva tendencia tecnológica. ¿Qué nos depara el futuro, entonces? Cuantos más satélites pongamos en órbita más probabilidades habrá de que colisionen y cuanto más colisionen más fragmentos habrá en órbita. Estamos ante una verdadera ratonera, y la solución no puede pasar por dejar incomunicada a la humanidad.

Nuevas soluciones

Hablamos de un problema al que la humanidad no se había enfrentado nunca hasta ahora, un nuevo problema que, por lo tanto, requerirá una nueva solución, y no será sencilla. Musk, por ejemplo, propone lanzar sus satélites en órbitas bajas, donde la colisión es relativamente más probable, pero lo suficientemente cerca como para que, cuando quede inservible, solo sea cuestión de unos pocos años que frene lo suficiente como para caer de vuelta a la superficie terrestre. Esta caída pasiva podría incluso hacerse activamente, mediante propulsores que sacaran al satélite de su órbita para despejar el espacio circundante a la Tierra.

Hay otras soluciones, por supuesto, y aunque ninguna parece perfecta, lo que está claro es que convendría cambiar la estrategia para enmendar décadas de excesos. Ya no por nuestra responsabilidad con el espacio, que a fin de cuentas es un descomunal volumen vacío, sino por nosotros mismos, porque la pérdida de satélites en activo y la imposibilidad de lanzar nuevos comprometería nuestras comunicaciones. Perder eso repercutiría en todo, desde la educación hasta la salud y esos pilares de nuestra sociedad son algo que no podemos permitirnos perder. Tal vez, el primer paso sea apostar por una mejora en términos legales. Una legislación que esté a la altura de los extraños y espaciales tiempos que corren. Porque no olvidemos que al peligro intrínseco por la propia basura ya acumulada se suma que, en cualquier momento, otro país puede decidir empezar a probar armas en el espacio sumarse a la creación de megaconstelaciones. Existe un equilibrio muy fino entre la autoconservación y el progreso, y en nuestra mano está

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Aunque no es algo de lo que debamos preocuparnos (al menos por ahora), es razonable pensar que, de una colisión, puede proyectarse alguna partícula hacia la superficie, provocando (tal vez), una suerte de lluvia de basura espacial. A la velocidad a la que viajarían, podrían causar desperfectos en algunas infraestructuras e incluso daños humanos, aunque los trozos más diminutos podrían destruirse destruyan antes de llegar a la superficie y, la relativa escasez de los más grandes (y la amplitud de los mares y océanos) reducen los peligros directos a ras de suelo.

REFERENCIAS (MLA):