Las pandemias que arrasaron el mundo antes que el coronavirus

La emergencia del coronavirus a la que estamos asistiendo estos días puede sonar a broma si se compara con todas las veces a lo largo de la historia que las distintas sociedades se han enfrentado a pestes, plagas y epidemias que provocaron verdaderas aniquilaciones de población en las que España también tiene experiencia

Thumbnail

La peste era, para los antiguos, un castigo de la divinidad: ya fuera del fulminante Apolo, ya de un Dios padre enojado por la iniquidad de los hombres. Y no por casualidad el estallido de las grandes plagas de la historia ha coincidido con profundas crisis económicas, ecológicas o humanitarias, con guerras y desastres, cuando la sociedad se tambalea desde sus cimientos y diversos signos permiten prever un gran cambio estructural del proceso histórico de la humanidad. La primera gran peste de la historia es, sin lugar a dudas, la mortífera plaga que se desató en Atenas en el segundo año de la guerra del Peloponeso (430 a.C). Se conjugaban una serie de circunstancias en la gran metrópoli del mundo griego antiguo, superpoblada capital de un imperio marítimo, que servía de refugio a aliados desprotegidos y estaba sitiada por la potencia rival, Esparta. Los primeros casos de una misteriosa plaga fueron interpretados como una señal de que los dioses estaban del lado de los espartanos. La superstición y el terror cundieron a la par que los contagios de una enfermedad cuya identificación sigue siendo discutida. Parece que la peste llegó por mar, del país de los etíopes, a través de Egipto, y se calcula que se llevó por delante una dos tercios de los atenienses, incluido el propio estratego Pericles, su mujer y sus hijos. Sus síntomas han sido discutidos entre los historiadores de la medicina, frente a la tesis tradicional de que se trataba del primer brote de peste bubónica: se han propuesto diversas identificaciones, tifus o fiebre tifoidea, ántrax, viruela o incluso, últimamente, ébola.

La muerte de Marco Aurelio

Otro episodio emblemático fue la llamada «Peste Antonina» (165-180), muy recordada por las descripciones que hizo Galeno, médico de Marco Aurelio y autor de memorables obras. Parece que la enfermedad, asimilada por sus síntomas con viruela, fue introducida en el Imperio Romano por las tropas que regresaban de las campañas de Oriente. Fue una epidemia de gran virulencia que diezmó el ejército romano y cuya incidencia se ha estimado en un tercio de la población en ciertas zonas que, como Egipto, la sufrieron especialmente. La capital del imperio no se libró de numerosas muertes por infección e incluso probablemente dos emperadores, Lucio Vero y el propio Marco Aurelio, murieron por ella. Hay historiadores que relacionan este brote con un cambio climático profundo y el paso a una época de enfriamiento global (la historia económica de la antigüedad estudia cómo influyó en el auge de Roma el ciclo de clima suave que va desde época tardorrepublicana hasta el siglo II).

La antigüedad concluye en 542 con la llamada «peste de Justiniano», que azotó el Imperio bizantino, especialmente Constantinopla, asolada en un tercio de su población en lo que sí que parece el primer brote de peste bubónica de la historia. El impacto de la enfermedad fue global y dejó una profunda huella social, coincidiendo parcialmente, además, con las guerras de Justiniano para recuperar el Mediterráneo occidental y con graves disturbios sociales. Para muchos autores fue la primera de varias pestes sucesivas que se repitieron cíclicamente lo largo y ancho del Mediterráneo. En ese sentido, la gran «Muerte Negra» de 1347-1351 puede que sea, por su enorme impacto histórico-cultural, la pandemia más relevante de esta serie de iteraciones de la peste en Europa. Sus orígenes se han situado en China o el sur de Rusia y aniquiló a una parte importante de la población europea, tal vez veinticinco millones de personas. Desde entonces la peste se repitió periódicamente con diversa vehemencia hasta los siglos XVIII y XIX.

Nativos diezmados

Sin contar las plagas que fueron introducidas en América tras la conquista europea –enfermedades ante las que los europeos ya estaban inmunizados– y que, como el sarampión o la viruela, diezmaron radicalmente a los pueblos nativos y redujeron drásticamente la población, la historia de las pandemias presenta episodios memorables por el recuerdo literario que han dejado en la historia cultural. La gran peste bubónica de Milán de 1629, probablemente relacionada con los movimientos de tropas alemanas y francesas en el marco de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), arrasó el norte de Italia en uno de los brotes más importantes de esta enfermedad en la Europa moderna.

Otro episodio virulento azotó Londres en 1665 matando a una quinta parte de la población de la ciudad. Hay estudiosos que sostienen que no se trató de una peste bubónica sino que, a juzgar por los síntomas, pudo ser una enfermedad parecida a la fiebre hemorrágica viral. Salta a la vista que muchos de estos brotes se han en grandes ciudades portuarias y capitales de imperios coloniales, o en lugares de trasiego internacional e insalubridad proverbial. Un ejemplo es la peste de Marsella en 1720, que mató a 100.000 personas en la ciudad y sus inmediaciones. Las radicales medidas del gobierno para poner en cuarentena la ciudad y frenar la expansión de la enfermedad llegaron a la construcción de un mur de la peste que separaba Marsella de su provincia y al castigo con pena de muerte a quien intentara cruzarlo.

La “gripe española”

Cincuenta años después, aun diezmaría Moscú otra terrible peste, coincidiendo con la penuria económica que asolaba a la población de la ciudad. Todo sumado, la falta de alimentos y las estrictas cuarentenas a las que se sometía a la población, llevó a una violenta revuelta social duramente reprimida por el ejército. Otro episodio señalado de esta pandemia fue la peste –aunque se discute a veces la naturaleza de la enfermedad– que se desató en China a partir de 1855: fue provocada en principio por una infección a partir de las ratas y sus últimas postrimerías se extienden hasta los años cincuenta de la centuria siguiente. Tal vez sea este episodio el más mortífero de toda la historia, por los millones de personas que murieron durante el largo proceso de su propagación. A todo ello hay que sumar las persistentes pandemias de cólera desde comienzos del siglo XIX, que comenzaron en la India y China hacia 1820 y se extendieron durante las siguientes décadas por toda Europa, o la mortal epidemia de “gripe española” (curiosamente por uno de los pocos países donde no existió censura sobre el tema) que surgió en 1918 en Estados Unidos y llegó a matar a unos 25 millones de personas en su veloz expansión.

Nuestro país ha sufrido especialmente, por su situación geográfica, la incidencia de varias de estas epidemias en su historia, si consideramos la plaga de 1596–1602, la gran peste de Sevilla de 1649, que, procedente de África, mató al menos a 60.000 personas, la que se propagó al final del siglo XVII, la fiebre amarilla de Cádiz en 1730 y el dengue de 1778, la fiebre amarilla de 1800, coincidente con la Guerra de la Independencia, y la de Barcelona en 1821, o la pandemia de cólera en 1834, entre otros muchos episodios. No es, por tanto, de extrañar que el cada nueva enfermedad, desde el ébola al actual coronavirus, golpeen en España. El historiador y el filósofo pueden reflexionar sobre la coincidencia con una crisis mundial en la economía, la sociedad, la política y los valores. El gobernante, en cambio, aprendiendo de la historia, debe centrar sus esfuerzos en su labor prioritaria: controlar cuanto antes la enfermedad por el bien común.

Las más terribles epidemias

La famosa peste de Atenas asoló la ciudad durante la guerra con Esparta desde 430 a.C. y se cree que llegó por mar a través del puerto de El Pireo, esencial para los suministros de la ciudad. Tras las murallas de la ciudad-estado se hacinaba la población del campo huyendo de la guerra. La plaga regresó en 429 a. C. y en 426-425 a. C. y se llevó por delante al estratega Pericles. La devastación fue total en la ciudad. Tucídides definió lo sucedido de «una catástrofe tan devastadora que las personas, sin saber que vendría lo próximo, se volvieron indiferentes a las reglas morales o legales».

Los desastres rara vez viene solos, y la terrible peste que diezmó el Imperio Bizantino, en la década de 540, venía tras años de crisis económica y cambio climático. El año 532 fue la famosa revuelta de Nika, que acabó con la masacre de 30.000 civiles. Ese verano fue espantoso, frío y desapacible (se habla de LALIA, la «Late Antiquity Little Ice Age» o «pequeña edad de hielo» de la antigüedad tardía. Nevó en agosto (también hay informes de un clima enloquecido en América del Sur y China), las cosechas se estropearon y llegó la hambruna y las tensiones sociales.