Y Sant Jordi se convirtió en una videollamada

Aunque el esfuerzo fue titánico para ofrecer la mejor alternativa posible, los autores y lectores lamentaron perder el contacto humano de la jornada.

Dolores Redondo durante una "videollamada"La Razón

En un futuro, el mundo funcionará por avatares, unidades cibernéticas que encargaremos que vivan por nosotros mientras descansamos en la comodidad de nuestro hogar sin exponernos a enfermedades. Hasta que eso ocurra, en crisis sanitarias como la del COVID-19, que nos obliga a encerrarnos en nuestras casas, hemos tenido que vivir el Sant Jordi más atípico de su historia, con silencio en las calles, pero humo en los aparatos. La práctica de los instagram live y las conversaciones por youtube no parecen la mejor manera de comunicarnos, pero después de más de un mes confinados, está claro que los escritores ya tienen práctica.

En la web de Planetadelibros, por ejemplo, se sucedieron un interesantísimo desfile de escritores que conversaron en directo y que permitieron entrar en las casas de los autores, una nueva forma de intimar un poco más con ellos. De Odile Rodríguez de la Fuente, que habló del libro dedicado a su padre, «desprendía amor, nos abrazaba mucho y nos olía con profundidad. Era muy animal en eso, y era de los que se revolcaba con nosotras para jugar»; a Almudena Grandes, que insistió en que «nos cuidemos y nos quedemos todos en casa».

La bondad de esta experiencia dependía de la conexión a internet, por supuesto. Porque a veces la imagen se para, la conversación se pierde, y, además, esa calidad granulada de la imagen de las videollamadas hace que todo sea más robótico y frío. Aún así, permite grandes momentos de intimidad, como cuando el perro de Mónica Carrillo interrumpió a Javier Cercas. «Yo siempre he recomendado a todos lo que nunca han estado en Barcelona el 23 de abril que se acerquen, porque es el día más raro del mundo», dijo el último Premio Planeta.

Otro foco de atención de este Sant Jordi confinado fue el instagram live organizado por megustaleer.com. Los autores no dejaron de desfilar uno detrás de otro en conversaciones breves, como Guillermo Arriaga, serio como no podía ser de otra manera, en un primerísimo primer plano que parecía querer comerte. «No hay experiencia mejor para un lector que conocer a un lector», señaló.

Otra de las invitadas de lujo fue Eva Baltasar, otra de las que hubiese sido absoluta «best seller» de la Diada con «Boulder» si las calles se hubieran llenado de gente. «No escribo nada ahora, no puedo», aseguraba, confirmando que ella siempre escribe en soledad, pero esta soledad forzada no es soledad, es cárcel, y no es lo mismo. A veces estas conexiones en directo fallaban, como cuando Karina Sainz Borgo se quedó en silencio y tuvo que poner un folio en blanco a la pantalla con algo escrito para decir lo que estaba sucediendo. Y «poom», se perdió la conexión. Todo un misterio. Pero es interesante meterse en las casas de todos estos escritores y divertirse mirando lo que se descubre en el fondo. La experiencia, como excepción, estuvo bien, pero si la tradición continúa así, dentro de dos años morirá para siempre. Esperemos que el 23 de julio se pueda celebrar mejor.