Literatura

Los libros de la semana: del hogar de los últimos nazis al ecologismo de Goethe

"La metamorfosis de las plantas", "Polvo y sombra", "Todo en vano" y "Orient-Express. El tren de Europa" son algunas de las novedades literarias

Goethe, retratado por Joseph Karl Stieler en 1828
Goethe, retratado por Joseph Karl Stieler en 1828 FOTO: Karl Stieler Archivo

La casa de los últimos nazis

Es el invierno de 1945 y la nieve rodea la granja de una familia de la nobleza alemana venida a menos en el este del país. Es un invierno de desolación, uno de los peores que conoció esa Europa que vivió tantos en el siglo XX. Los alemanes se retiran del frente del Este ante el avance del Ejército Rojo y millares de seres humanos se ven obligados a huir. Refugiados de diferentes nacionalidades ocupan campos y caminos, atraviesan ciudades y pueblos, marchan en hileras interminables. En uno de ellos, cerca de Könisberg, se encuentra la antigua villa de los Von Globig, pertenecientes a la antigua nobleza prusiana.
Un lugar que se convertirá en posada ocasional para gentes de paso de todo tipo, un economista, una violinista, un aristócrata y también un judío fugitivo. En la casa permanecen Katharina, cuyo marido lucha con los nazis en Italia, el hijo de ambos y una «tiita». Además de unos cuantos sirvientes, polacos y ucranianos. Los rusos están cada vez más cerca, tanto que desde la casa pueden oírse sus cañones, y las noticias son alarmantes, pero nadie parece estar demasiado preocupado. Flota en el ambiente algo intangible pero muy sólido, como una pesada losa que se mantiene simbólica y magistralmente con el saludo «Heit Hitler» repetido a cada paso, a veces como si fuera una broma, pero no lo era en esos momentos para la mayoría de alemanes que seguían confiando en el Führer y en la victoria.
A pesar de conocer la violencia de los soldados rusos y sus amenazas públicas de vengarse con las mujeres, a pesar de la inutilidad de los cupones de racionamiento porque no había nada que repartir entre la población, a pesar de oír hablar de las ciudades cercanas convertidas en escombros, esta familia parece habitar en otro mundo, una idea que el autor traslada al lector de forma magistral porque Georgenhof parece flotar en un extraño sueño. Ni siquiera los soldados alemanes que huyen en desbandada enfrentan a esta familia a la realidad, una familia que, naturalmente, simboliza a todo el país.
Genocidio prusiano
Sabemos que lo que vendrá es el conocido como «genocidio prusiano», que la venganza soviética tendrá lugar con un alcance que no se ha conocido por completo hasta hace pocos años y que miles de civiles alemanes fueron deportados y obligados a caminar hacia el oeste, quedándose una gran mayoría en las cunetas. Walter Kempowski ha escrito una novela histórica sobre una época atroz. El resultado tiene sus raíces en lo mejor de la narrativa centroeuropea: el conocimiento profundo de los seres humanos que engendra toda una galería de personajes complejos y perdurables, su capacidad para otorgar simbolismo a los detalles y su magistral recreación de un ambiente de miedo e incertidumbre que contemplamos atónitos ante el comportamiento de ese pueblo alemán que no quería ver lo que tenía delante.

Sagrario Fernández-Prieto

¿Por qué descarriló Europa?

En 2017 se estrenaba la película «Asesinato en el Orient Express», dirigida y protagonizada por Kenneth Branagh a partir de la obra homónima de Agatha Christie publicada en 1934; era la cuarta versión de la novela entre largometrajes y series televisivas. El mítico tren había sido fundado en 1883 con el propósito de unir Europa occidental con el sudoeste asiático bajo la iniciativa del ingeniero belga George Nagelmackers, responsable de la Compagnie Internationale des Wagons-Lits, que desde una década atrás había introducido los coches cama y vagones restaurantes, como ya se hacía en Estados Unidos. En los años en que Christie concibió la historia, el Expreso de Oriente vivía su época de máximo esplendor, con renombrados cocineros, mobiliario de lujo y una clientela millonaria y aristocrática. El trayecto más conocido empezaba en Londres, en la estación Victoria, pues no en vano, como dijo Wiesenthal en «Un tren de la belle époque», perteneciente al libro «El esnobismo de las golondrinas» (2007), «la época victoriana marcó la hora dorada de las estaciones de ferrocarril, edificadas en un estilo intermedio entre el neogótico y los baños de Caracalla».
Largo itinerario
Y es que este autor, máximo heredero actual del gran legado cultural del Viejo Continente, como se refleja en su «Trilogía europea» (con la obra citada más «Libro de Réquiems» y «Luz de vísperas»), se ha mantenido dentro de uno de los vagones, por así decirlo –acaba el libro fechándolo en 1969-2017– en un itinerario que incluía ciudades como Dover, Calais, París, Dijon, Berna, Venecia, Trieste, Zagreb, Belgrado, Sofía… hasta Constantinopla, hoy Estambul. Fue algo así como un símbolo al decir de Wiesenthal, que en este libro elegante, romántico, erudito y hasta con pinceladas novelescas se le ve observando los objetos de un tren –lámparas, cuberterías– que constituyó, a sus ojos, uno de los primeros intentos de conformar una Europa unida.
Por eso, este texto también es la explicación de cómo, con su ocaso en 1977, desaparecía, descarrilaba, casi un siglo de historia europea. A ese tren subieron grandes artistas y exiliados, políticos y aristócratas, y para todos ellos tiene Wiesenthal un comentario intenso y vívido, como es habitual en sus pasionales obras, y es a la vez viaje interior aparte de memorias y ensayo –«Abro uno de los cuadernos en los que escribí mis memorias del Orient-Express», dice en un momento dado–; y, por supuesto, un retrato de las guerras mundiales, de cómo «aquel tren de la aventura se encaminaba, como toda Europa, hacia las vías de la destrucción».

Toni Montesinos

Muchos porros y poco argumento

Vuelve Rocco Schiavone, protagonista del serial de Antonio Manzini, con «Polvo y sombra». LA RAZÓN ya dio cuenta de «Una primavera de perros», en la que caracterizaba al protagonista como un investigador políticamente incorrecto, un gamberro que fuma porros, utiliza la jerga quinqui y una metodología un tanto sui géneris. En «Polvo y sombra» continúa en su destierro alpino, en Aosta, pero poco a poco va saldando sus cuentas en Roma, de donde fue expulsado por actuar al límite de la legalidad, cuando no saltándosela a la torera. Prosigue sus enfrentamientos con las autoridades iniciadas en «Pista negra» (2013) para no perder sus malas costumbres. Además de escritor, Manzini es un conocido actor y director de cine. Su teleserie sobre Schiavone lleva catorce episodios emitidos, siguiendo la trayectoria de Salvo Montalbano, de Andrea Camilleri, y Guido Brunetti, de Donna Leon. Los tres han traspasado las fronteras locales para convertirse en referentes de la novela policíaca mediterránea.
Siendo el protagonista original y sus tres primeras novelas muy recomendables, el problema que arrastra este autor es la similitud de la comisaría de Aosta y sus desastrosos policías con la de Montalbano: D’Intino no tiene la gracia del Catarella de Camilleri. Su «armada Brancaleone», ese pelotón de los torpes e indocumentados, siempre ha merecido algo más de chispa e ingenio. No obstante, Manzini suele encontrar algún personaje notable, esta vez un adolescente zopenco y torpón muy bien construido, necesario para la humanización del protagonista. Pero no sus tramas, trufadas de personajes y situaciones un tanto folletinescas, que desvían la atención del nudo y un costumbrismo típico del género policíaco mediterráneo que las lastra y que en «Polvo y sombra» se hace agobiante. Lo mismo que el diálogo de ultratumba con su mujer muerta.
Lo mejor es, sin duda, cuando maquina en soledad la reconstrucción de los acontecimientos y encuentra el cabo por donde tirar para desentrañar una trama criminal que comienza con la muerte de una «trans» y termina con un complot de los servicios secretos y las altas esferas policiales. Ante tal desmesura, Rocco Schiavone se crece, saca fuerzas de flaqueza y se lanza como un kamikaze a la búsqueda de respuestas más que inconvenientes. Así se gana al lector, cuando se rebela y la intriga encuentra el ritmo vertiginoso de sus mejores novelas.
Fatiga de materiales
Lástima que se pierdan bastantes páginas en la descripción de la evolución de los personajes secundarios. Se nota la fatiga de materiales. A medida que se complican sus intrigas pierden el interés. La primera parte del libro es tan deslavazada que merecería que el lector se enfadara. Después se anima y retoma el empuje y sus réplicas cáusticas. Y como el personaje se ha hecho un hueco en el «giallo» detectivesco, se gana al lector con su simpatía, falta de ortodoxia y desfachatada forma de enfrentarse a los engranajes del poder.

Lluís Fernández

Goethe, ese tenaz ecologista

El autor del «Fausto» fue mucho más –si esto es posible– que uno de los más grandes poetas de la historia de la literatura. Adelantado a su tiempo, puente intelectual entre lo clásico y lo porvenir, profeta de la estética, Goethe también tuvo una vertiente científica acaso menos conocida. Su veta naturalista entronca la «physis» griega con la «Naturphilosophie» de Schelling y las exploraciones de Humboldt. En su variada obra científica, desde la «Farbenlehre» a la botánica, Goethe aprende de los antiguos y une macrocosmos y microcosmos, ciencia y creatividad poética, hoy absurdamente divorciadas. Pienso que los libros científicos que cambiaron la historia, desde Parménides a Lucrecio, fueron aproximaciones poéticas al conocimiento. Así, Goethe quiso obtener un saber integral e intuitivo de la naturaleza. Se inspiró en las escuelas helenísticas –notablemente, en el estoicismo– y en el neoplatonismo de Plotino, cuya estética y filosofía como reflejo de una ontología superior le marcaron profundamente. Su pasión por descubrir los patrones de la morfología botánica se relacionaba con el conocimiento de lo divino que hay en la naturaleza siguiendo el «theorein» griego.
Con este trasfondo filosófico, y Linneo como maestro inspirador, Goethe compuso su breve pero revolucionaria «Metamorfosis de las plantas». A partir de su celebérrimo viaje a Italia, desarrolló su idea de buscar la «planta primordial» («Urpflanze») como modelo de todo el variado reino vegetal. Ahora se publica una magnífica edición ilustrada –preciosas fotos y grabados antiguos– de este libro: le hubiera encantado al poeta-científico, pues aludió a la necesidad de ilustrarlo bella y profusamente, como ha hecho la editorial Atalanta. Bajo el signo de Proteo, el paradigma griego de las metamorfosis, y de los mitos clásicos de transformación, desde Lucrecio a Ovidio, Goethe identifica los fenómenos primordiales de la generación natural como un presocrático en busca de la «arché».
Los cambios del mundo
Entre intensificación y polaridad –lucha de opuestos en pos de la evolución hacia lo complejo, y atracción y repulsión alternante–, este apasionante opúsculo se erige como símbolo de una visión holística del conocimiento. Su ciencia morfológica es apasionante y deja huellas en cabezas tan diferentes como Thoreau, Darwin o Propp –la «Morfología del cuento» de este se inspira en el modelo de ciencia goetheano– con un intento de entender la armonía del cosmos encontrando huellas de un sentido global que una el mundo normalmente llamado «exterior» con el espíritu.No se pierdan este viaje en busca de las razones y patrones que subyacen a la naturaleza. Con sus intuitivas pautas que permiten explicar las transformaciones del mundo natural, a partir del ejemplo de las semillas que germinan y de los arquetipos dinámicos internos, la ciencia goetheana se me antoja más necesaria y actual que nunca en este mundo en plena crisis ecológica y epidémica.

David Hernández de la Fuente