60 años de los dos grandes viajes lisérgicos: Timothy Leary y Carlos Castaneda

En 1960, según cuentan ambas leyendas, como tales, con bastante fantasía, se iniciaron las dos excursiones por el zaguán de la mente que ya son parte del imaginario popular y materia de investigación en la que se sigue profundizando

Antes de que llegara el hombre blanco y abriera comillas, el misterio ya estaba ahí. Las plantas, los hongos, las sustancias, en suma, la tierra, hablaba a quien tuviera la paciencia y el valor para escucharla. En 1960, en paralelo pero muy cerca uno de otro, dos viajeros fueron al sur de su tierra a investigar. Timothy Leary ya tenía una posición reconocida como psicólogo en California a sus 40 años, mientras que Carlos Castaneda porfiaba con los estudios de antropología en la UCLA. Ambos, según sus versiones, iniciaron el viaje al sur, a México, en el verano de aquel año. De sus “viajes”, reales, imaginarios o literarios, surgió una cosmogonía, la era lisérgica, y un arquetipo: el excursionista mental, el “comedor de ácido”. Sin embargo, en el origen de todo está una sabiduría ancestral, la de los pueblos indios del norte de México, que conocían el secreto de las plantas. Con apenas unas semanas de diferencia, se emprendieron dos viajes que tienen tanto de fantasiosos e imaginarios como de reales. Y que son dos maravillas mitológicas.

Cuenta en sus diarios Leary que todo cambió el 9 de agosto de 1960 en Cueranavaca. Aquel año, a punto de cumplir cuarenta, Leary sufría una crisis personal. Su mujer se había suicidado cinco años antes, dejándole a cargo de sus dos hijos. Sus estudios sobre psicología estaban estancados y su trabajo en una institución era de lo menos enriquecedor. Un par de años antes, se habían publicado algunos reportajes de ciencia y viajes sobre las ceremonias religiosas vinculadas al uso de la “psilocybe”, pero su conocimiento estaba poco difundido y documentado. Su colega Frank Barron le habló un día entusiasmado de unos “hongos mágicos” y de los efectos benéficos que habían tenido en su vida, pero le pidió no difundiese que los había probado para no arruinar su reputación. A las pocas semanas, otro colega, Anthony Russo, también le confió su experiencia. Ese verano decidió probar los hongos alucinógenos con Barron y dos colegas más: Richard Alpert y Richard Dettering.

El sumo sacerdote

Allí trataron con una anciana jorobada y despeinada con ropa andrajosa que los condujo sin decir palabra fuera de la ciudad por un viejo camino de tierra antes de hacer el trato. “Old Juana” les suministró los hongos hablando pocas palabras. Leary sentía como si hubiera inhalado gas de la risa y se puso a tomar notas de lo que sentía hasta que ya no pudo. “Empecé a sentirme raro. Como si me aplicaran anestesia dental. Distante. Me alejaba. Todo vibraba de vida. Incluso los objetos inanimados", escribió en sus memorias. Sin embargo, pronto abrió la puerta de la percepción y tuvo una experiencia mística. Sin embargo, ya desde esa primera experiencia temprana, Leary fue consiente de los riesgos. Sus hijos pequeños jugaban inocentemente dentro de la villa donde él estaba teniendo el viaje y su imagen se aparecía en su mente, le decía que no debía estar tomando drogas y desatendiéndoles. El hongo había derribado el autocontrol de su conciencia y sus pensamientos. Tuvo miedo y deseó que los efectos terminasen, pero le habían enseñado que eso iba a sucederle. Que no ocurría nada. Tenía que dejarse llevar.

A partir de aquella experiencia, Leary se convirtió en un psiconauta. Conoció a William Burroughs, que le confió sus experiencias con la ayahuasca en 1961. Probó el LSD en 1962 y se lanzó a plasmar en libros como “Sumo sacerdote” (“High Priest”, 1968) la experiencia mística de las sustancias psicotrópicas, tanto naturales como artificiales. Eran la puerta a un “estado superior de conciencia”. La alteración de la conciencia y las sustancias enteógenas, es decir, que desencadenan experiencias místicas o espirituales tuvieron un profundo impacto generacional. Leary lo conjugó en un lema: “Turn on (enchúfate), tune in (sintoniza), drop out (sal, fluye, déjate llevar)” fue el código dela contracultura y la letra de San Francisco.

Sin embargo, a Leary no le fueron demasiado bien las cosas. Fue, como sus compañeros de a expedición a Cuenavaca Alpert y Dettering, objeto de la exclusión de los ámbitos académicos e inhabilitados para la docencia. Su vida fue absolutamente peliculera: fundó y vivió en comunas, se casó hasta cinco veces y llegó a ser considerado el hombre más peligroso de América. Por supuesto, le persiguió el FBI. Dicen que entre 1960 y 1970 le detuvieron tantas veces que llegó a ver el interior de 36 cárceles. En una de ellas fue compañero de Charles Manson. Huyó por Europa y fue detenido también. Cansado de dar tumbos, de huir y de las polémicas, se interesó por la ciencia ficción, el espacio exterior y los ordenadores para vivir el resto de su vida más plácidamente. Pero esa ya es otra historia.

Castaneda y Don Juan

A la vez que Leary, en junio de 1960 según lo cuenta él mismo en su obra más conocida, Carlos Castaneda se dirigió al sur, al estado de Sonora, en México. La de Castaneda fue otra figura controvertida. Su objetivo era conocer los ritos y costumbres yaquis, que también empleaban las plantas y raíces para la expansión de la mente. Castaneda, de ascendencia peruana, eliminó la ñ de su apellido cuando adoptó la nacionalidad estadounidense y de paso consiguió borrar todos sus antecedentes, su historia personal. Era un personaje con extrañas dobleces, misterioso y poco de fiar.

Buscaba encontrarse con un Nahual, un brujo o un chamán, dispuesto a enseñarle su forma de conocimiento ancestral: el peyote, en particular, era su principal objetivo, pero Castaneda se dio cuenta de que antes de llegar allí debería aprender muchas otras cosas. La primera, a estarse callado y no hacer tantas preguntas. Tras múltiples visitas a lo largo de los años, en 1968 publicó “Las enseñanzas de Don Juan”, un libro mágico y novelesco, cuya validez como estudio antropológico es cuestionable, porque se probó llena de mentiras, incongruencias y vaguedades, pero que marcó a miles de lectores atraídos por ese mundo lleno de fábulas y por la construcción de un personaje tan deslumbrante como silencioso, Don Juan.

Castaneda tardó largos meses en ganarse su confianza porque hablaba cuando debía callar y preguntaba con insistencia. Don Juan le somete en la narración a todo tipo de pruebas, le divierte ser cruel con él pero en el fondo se nota que le tiene cariño. Y le va introduciendo en las plantas, que no reciben nombre científico sino apelativos cariñosos y en los conceptos de su brujería o, puede decirse, conocimiento. Mientras, le va dejando algunas enseñanzas filosóficas maravillosas, como la famosa del “camino del corazón”. “Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que en mi propia vida he recorrido caminos largo, largos, pero no estoy en ninguna parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi benefactor. ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve”, le dijo el brujo mientras le enseñaba los ungüentos, preparaciones y brebajes.

“Hombre de conocimiento”

“Un hombre de conocimiento es el que ha seguido de verdad las penurias de aprender. Un hombre que, sin apuro ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del poder y del conocimiento”, le dijo Don Juan en otro de los pasajes más conocidos. Aunque la narración de Castaneda estuviera llena de inventos (y el propio Don Juan fuera una síntesis de muchos hombres que llegó a conocer), el libro causó un enorme impacto en un momento en que el mundo estaba dispuesto a leer lo que decía. Leary ya era conocido por entonces por las mismas razones y el antropólogo se hizo famoso. Y después millonario. Más tarde publicaría otra interesante obra, “Viaje a Ixtlán” y consiguió el estatus casi de profeta. Tanto que la Universidad de California (UCLA) dio por científicos sus trabajos y le concedieron el doctorado. Pero Castaneda prefería la fama a la ciencia y su vida también se volvió peliculera entre amantes, espías y todo tipo de engaños.

Ambos, Leary y Castaneda, lo contaron como una experiencia espiritual y literaria. Y terminaron por llevarlo casi al terreno de la secta. De sus averiguaciones y “experiencias” no se puede afirmar nada categóricamente (precisamente ese era su objetivo, que cada uno explore hasta donde quiera), pero de su importancia cultural no hay dudas. Sin embargo, la ciencia, pero la seria, ha mantenido abierta esta línea de investigación y han demostrado que la premisa de Leary era cierta en parte. Los sujetos accedían a un estado superior de conciencia tras tomar LSD. Estudios como el de Robin Carhart-Harris para tratar la depresión o libros como el de Michael Pollan sobre el funcionamiento de la mente y los efectos de los psicoativos en la depresión han reabierto el debate.