Un combate entre barcos españoles y holandeses, lienzo de Cornelis Verbeeck
Un combate entre barcos españoles y holandeses, lienzo de Cornelis Verbeeck FOTO: desperta ferro

Neptuno hispano: el poder naval español en los tiempos de Olivares

Piratas del Caribe, corsarios berberiscos o armadas holandesas. El siglo XVII fue una época de desafíos globales para la Monarquía Hispánica, y el mar no lo fue menos

La talasocracia de los Austrias, con sus territorios dispersos por el mundo y separados a través de océanos y mares, se vio acometida en todos los frentes por las potencias europeas emergentes, encabezadas por los antiguos vasallos rebeldes de las Provincias Unidas, que comenzaron a establecer su propio imperio global. Al mismo tiempo, la monarquía hubo de seguir haciendo frente al enemigo berberisco en el Mediterráneo, reforzado gracias al trasvase de tecnología desde el Atlántico, y a la creciente amenaza francesa. Fue una época de grandes cambios en la construcción naval, en el desarrollo de las tácticas y en la estrategia global de la monarquía, en la cual, a pesar de los desafíos, el imperio sobrevivió y supo mantener a raya a los enemigos.

Las amenazas a las rutas comerciales navales hispanas eran omnipresentes: «En el Brasil [se combatía] contra holandeses; en los mares Océano y Mediterráneo contra piratas y corsarios que acechaban al paso nuestras flotas y galeones», escribía un religioso jesuita en 1638. Ingleses y franceses, así como berberiscos y, sobre todo, holandeses, fueron una amenaza constante contra la que debieron protegerse las flotas españolas por medio de sus buques de guerra. Las Provincias Unidas fueron el mayor y más temido adversario; el único que logró apoderarse de una flota de Indias –en Matanzas, Cuba, en 1628–, lo que llevaría a Lope de Vega a hablar, en la «Égloga pescatoria» que dedicó a hijo Lope Félix, fallecido en 1635 en un naufragio en el Caribe, «del holandés pirata, tan rebelado a Dios como a su dueño, y de ambición armado tanto leño, sediento de oro y plata». Tampoco los berberiscos se quedaban atrás. En 1616, el embajador de Inglaterra en España, Francis Cottington, advertía al primer ministro inglés, el duque de Buckingham: «El poder y la audacia de los piratas berberiscos han alcanzado tal altura, tanto en el Océano como en las aguas del Mediterráneo, que no he conocido nada que haya sido de mayor pesar y preocupación en esta corte». Y, aun así, con frecuencia los buques españoles emergieron triunfantes.

El corso hispánico fue temido por los neerlandeses y franceses. Desde Dunkerque y los puertos del Cantábrico, las naves con patente de Felipe IV devastaron el tráfico marítimo de la cornisa Atlántica hasta las pesquerías del arenque en las Hébridas. Se trataba de una suerte de guerra total, como explicaba el «Discurso sobre la importancia de la Guerra marítima o medio de abaxar el altivez de los Holandeses» (1643): «Con infestar continuamente su comercio y pesquerias, con estragar sus mejores puertos (que son pocos, y de facil acesso), con picar sus costas, tentar entrepresas, hazer correrias, abrir inclusas, y con hazerles en suma sentir la guerra no menos por la parte de mar que por la de tierra».

A su vez, la capacidad de los astilleros españoles alcanzó una elevada eficiencia. En la conservación del imperio fueron claves los buques salidos de los astilleros de la cornisa cantábrica. Estos galeones, ya fuesen buques de guerra o mercantes, fueron el nexo que durante tres siglos mantuvo unido el imperio hispánico. Sus diseños, realizados con los mejores materiales, dieron lugar a buques sólidos en batalla. «Con estos socorros se aseguran los mares Mediterráneo y Océano para que haya paz y seguro paso para la contratación, para cuya defensa son menester soldados, dineros, municiones, armas, artillería, galeones y otros pertrechos», advertía Gerónimo de Cevallos, uno de los más influyentes juristas españoles de sus tiempos, en el tratado «Arte real para el buen gobierno de los reyes, y príncipes, y de sus vasallos» (1623).

También los hombres que tripulaban los barcos demostraron estar a la altura. En 1626, Tomás Larraspuru, el general de la Flota de Indias que más convoyes condujo a salvo a España, confesaba a Felipe IV: «Me hallo muy cansado, con mil enfermedades causadas de las largas y continuas navegaciones y con necesidad de reparar la salud». Servir en las armadas era exigente y a menudo muy poco gratificante, de aquí varias voces recomendasen tomar medidas para recompensar a quienes demostraban su valía con lealtad. El consejero de Indias Jerónimo de Portugal y Córdoba señaló: «Es justo que a los que sirvieren bien en esta Armada V. M. los acreçiente y saque de ella para cosas mayores […] en las costas de las Indias, con que se alentarán todos a servir». A la postre, hombres, buques y capacidad gubernativa explican que, a pesar de los muchos desafíos, el león español mantuviese su imperio a salvo de las depredaciones extranjeras.

FOTO: . Desperta Ferro Ediciones

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