Franco, Sanjurjo y Millán Astray en el día que se proclamó la República

Traiciones, acusaciones y mentiras se cruzaron en los días que terminaron con Alfonso XIII renunciando al trono

Imagen facilitada por la editorial Lunwerg de una estampa que muestra el desbordado entusiasmo popular tras la pacífica proclamación de la segunda República, tomada en Madrid el 14 de abril de 1931 por el fotógrafo Piortiz. Es una de las que recoge el libro "Un siglo en la vida de España" que, en su reedición actualizada, revisa la evolución experimentada por la sociedad española durante el siglo XX y la primera década del XXI. EFE
Imagen facilitada por la editorial Lunwerg de una estampa que muestra el desbordado entusiasmo popular tras la pacífica proclamación de la segunda República, tomada en Madrid el 14 de abril de 1931 por el fotógrafo Piortiz. Es una de las que recoge el libro "Un siglo en la vida de España" que, en su reedición actualizada, revisa la evolución experimentada por la sociedad española durante el siglo XX y la primera década del XXI. EFEPiortizEFE

El 12 de abril se produjeron elecciones municipales en las que los resultados mostraban el retroceso parcial de la popularidad de la monarquía. En 1930 el 50,8% de la población española era rural, y vivía en municipios con menos de cinco mil habitantes, mientras que solo el 19,8% residía en ciudades de más de cincuenta mil habitantes, en una población en torno a los veintitrés millones y medio. Sobre el resultado de las municipales del 31, dejó escrito Miguel Maura: «En todas las grandes ciudades, la República ha triunfado. Cierto es que en los distritos rurales, en pueblos y ciudades de menor cuantía, el triunfo monárquico había sido a su vez arrollador, y que, del cómputo de votos generales, el resultado era desfavorable para la República, puesto que ese conjunto arrojaba la cifra de 22.150 concejales monárquicos, contra 5.875 republicanos». España en 1931 era monárquica aunque nadie parecía querer saberlo.

Renuncia ante la minoría

Miguel era hijo del político monárquico conservador Antonio Maura con el que comenzó a militar hasta que, durante la dictadura de Primo de Rivera, rompería con Alfonso XIII para pasar al republicanismo conservador militante. En aquellas fechas formaba parte del republicanismo un extraño conglomerado de personalidades como Niceto Alcalá Zamora –ex ministro de Alfonso XIII–, Manuel Azaña, Alejandro Lerroux, Indalecio Prieto o Francisco Largo Caballero, estos dos últimos del PSOE, y el ya citado Miguel Maura.

A pesar del triunfo de los candidatos monárquicos, en una España fundamentalmente rural más que urbana, Alfonso XIII perdió la calma y los papeles. Si su figura estaba muy desgastada, podía haber abdicado en su hijo Alfonso o, incluso, en su hijo Juan o haber dado paso a una regencia que hubiese podido salvar la Corona. Pero Alfonso XIII decidió renunciar al trono y huir de España, dando paso a una república que, si nos atenemos a los datos de las elecciones, solo una parte pequeña de los españoles quería y esperaba.

La noche del 13 se reunió el Gobierno liderado por el almirante Aznar (que estuvo al frente del último ministerio de la monarquía durante dos escasos meses). Ante el devenir de los acontecimientos, únicamente La Cierva, ministro de Fomento, se mostró partidario de dar la batalla para mantener la incuestionable legalidad monárquica. Romanones, verdadero hombre fuerte del gobierno, ya había dado la partida por perdida, pues sabía que el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, le había informado del estado de ánimo de los miembros de la Benemérita. Recuerda Romanones: «Sabiendo ya el resultado completo me trasladé al Ministerio de la Gobernación. Allí se hallaban los ministros y también el general Sanjurjo. Todas las caras revelaban consternación profunda, aunque no todos estaban persuadidos del alcance profundo y definitivo de la derrota esperando todavía una solución salvadora. Me dirigí al general (Sanjurjo) y le dije: ’'Hasta hoy ha respondido de la Guardia Civil, ¿podrá hacer lo mismo cuando mañana se conozca la voluntad del país?’'. Sanjurjo bajó la cabeza. Con esto, la última esperanza quedaba desvanecida».

Franco, director de la Academia Militar de Zaragoza, había recibido el telegrama de Berenguer del que parecía entenderse la indecisión del ministro de la Guerra para tomar medidas de fuerza. El 13 de abril, a las 11 de la mañana, Millán Astray y Franco hablaron sobre qué iba a pasar. Ambos eran gentilhombres de cámara desde 1921 y 1923, respectivamente. Millán le preguntó si creía que el Rey iba a intentar conservar el trono. Franco respondió que todo dependía de lo que hiciese la Guardia Civil y en cierta forma de lo que decidiese Sanjurjo. Sanjurjo, Franco y Millán Astray eran íntimos amigos, pues formaron el grupo de soldados que salvó Melilla en el verano de 1921 después del desastre de Annual. Franco comentó a Millán Astray la confidencia que le había hecho Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, que creía que no se podía confiar la suerte de la Corona a la Guardia Civil.

Desintegración total

El 14 se entrevistó Astray con el general Federico Berenguer, hermano del ministro de la Guerra. Millán Astray después de conocer la conversación de Franco con Sanjurjo llegó a la conclusión de que la monarquía estaba perdida. ¿Si los monárquicos no estaban dispuesto a defender al Rey, quién lo haría? Millán Astray recuerda: «Hablé con Berenguer y, sin decirle cuál era mi opinión, le pedí la suya, que coincidió con la nuestra: le pregunte si sabía lo que opinaba el general Saro, que era capitán general de Sevilla, y Federico Berenguer me dijo: ’'Sé que piensa como yo’'. Entonces le dije que así pensábamos Sanjurjo, Franco y yo».

Sanjurjo sabía a las 9 de la mañana del 14 que la Guardia Civil no iba disparar contra el pueblo. A las 11 de la mañana, de paisano, Sanjurjo se presentó ante Maura y saludándole militarmente le dijo: «A las órdenes de usted, señor ministro». La actitud de Sanjurjo demostraba la total desintegración y el entreguismo a los republicanos de los más importantes resortes del poder de la Corona. El 14 de abril, ante el Palacio Real, las turbas gritaban «¡Muera el Rey!». Al recibir la orden de dispersar a los revoltosos. el laureado capitán de la Guardia Civil Mariano Marfil, de servicio en Gobernación, respondió: «Dígale a Su Majestad que, por obedecer sus órdenes, estoy dispuesto a salir yo solo a la Puerta del Sol para que las turbas me despedacen, si quiere. Pero no puedo ordenar a la fuerza que salga, porque no me obedecerían los soldados». Respondió Alfonso XIII: «Es lo que me faltaba por saber. Gracias, Mariano». Mientras tanto, los republicanos veían cómo la Corona se disolvía como un azucarillo en un vaso de agua. A las 19 horas ya se sabía la salida del Rey camino de exilio.

Maura y Largo Caballero, rodeados de una masa vociferante, se dirigieron a Gobernación. Llamaron a la puerta. Se abrió. En el zaguán había un piquete de la Guardia Civil. Los guardias formaron dos filas y presentaron armas. La II República había llegado a España sin que nadie esperase verdaderamente su llegada.