Música

Fraseos cenitales y luctuosos

Fotografía de archivo del pianista Javier Perianes
Fotografía de archivo del pianista Javier Perianes

Obras de Beethoven, Chopin, Granados y Liszt. Piano: Javier Perianes. Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Auditorio Nacional. Madrid, 13-IV-2021.

Cada año que pasa advertimos el camino que Javier Perianes va recorriendo hacia la total maduración de su arte, siempre poético, exquisito, caleidoscópico. El pianista onubense, hace no mucho ya cuarentón, está en uno de esos momentos que los taurinos llaman “de dulce”, en los que la técnica se da por asumida y ya solo queda profundizar en los mundos propios y en los de los autores a interpretar, a la búsqueda de esa unión hipostática entre el mensaje escrito en el pentagrama y la manera de ser descifrado por el traductor a sonidos. Y los que manan de las manos del artista posee toda la amplitud y la profundidad exigidas; hasta el punto de que la escucha se hace fácil, comprensible y marca alturas espirituales no siempre a alcance de nuestros oídos y sensibilidades.

Proceloso, atmosférico, evocativo se nos presentaba el programa de este concierto que ha discurrido bajo la sombra de la muerte, visitante, en un progresivo deambular. Ya desde el suave y efusivo inicio, con voz queda, de la “Sonata nº 12″, de Beethoven, supimos hasta qué punto Perianes penetraba en la materia musical. Dinámicas contrastadas en el juguetón “Scherzo”. Arco definido y bien dibujado en la “Marcha fúnebre”, siempre bien mantenido el ritmo de corchea con puntillo-semicorchea. Un adelanto del movimiento homónimo de la “Sinfonía Heroica”. Sutilezas en el movimiento de cierre.

Rasgos mantenidos en la “Sonata nº 2″, de Chopin, a la que el pianista otorgó la debida grandeza con eje en el soberbio y luctuoso segundo movimiento, cuya sección lírica fue cantada con la mayor de las delicadezas sin caer en dengues y elongaciones innecesarios y de mal gusto. Todo en el punto justo de expresión y equilibrio. Las manos saltaban diligentes y seguras de un lado a otro del teclado. Para terminar ese fugaz ramalazo, ese torbellino –de nada fácil ejecución: un exceso de pedal puede ser fatídico– que es el “Presto” final, tocado con una aérea suavidad.

Un buen pórtico para abordar, de seguido, ese mundo tan conectado con la tonadilla que es “Goyescas” de Granados. En la exposición de “Los requiebros” Perianes mostró su gracia al frasear y en la lóbrega y dramática “El amor y la muerte”, un sentimiento salido de lo más hondo. Todo preparado para el gran remate con “Funerales” de Liszt (de “Harmonías poeticas y religiosas”), sellada desde el mismo comienzo, “Adagio forte e pesante”, por el hálito de la muerte. Magníficos, lapidarios, los acordes de la mano izquierda. Seguimos sin pestañear las múltiples modulaciones en busca de un rayo de luz y nos embarcamos, de la mano del pianista, en la trompetería final.

Luego, entusiasmo del respetable y tres regalos: una mazurka de Chopin, “La maja y el ruiseñor” de “Goyescas” y la transcripción por parte de Liszt de la “Liebestod” de “Tristán e Isolda” de Wagner. Todo tocado con propiedad, gusto y sentido de las proporciones. Como fue norma desde el principio en este concierto.