Bob Dylan: Piedra legendaria

Un cúmulo de circunstancias extraordinarias han rodeado la vida del mítico cantante

Bob Dylan actuando con "The Band at the Forum" en Los Angeles el 15 de febrero de 1974
Bob Dylan actuando con "The Band at the Forum" en Los Angeles el 15 de febrero de 1974Jeff RobbinsAP

Bob Dylan cumple ochenta años justo por los días en que desaparecen otros miembros de su generación, distantes geográficamente de él, como Franco Battiato y otros que, aunque habitaran en extremos alejados del globo, compartían una misma visión inquieta sobre el uso que puede tener la música popular en nuestras sociedades modernas. Como si fuera poca la leyenda que ya acompaña de por sí al cantautor de Minnesotta, da la sensación que, en la última parte de su vida, éste se hubiera propuesto agrandarla además con rasgos casi matusalénicos, sobreviviendo a todos los nombres importantes que le acompañaron en la feliz eclosión de los 60 y 70. Echemos cuentas: han desaparecido ya Lou Reed, David Bowie, George Harrison, John Lennon y él sigue ahí.

El cúmulo de circunstancias extraordinarias que han rodeado su vida -muchas de ellas casuales- han hecho de guarnición a su extraordinario y prolífico talento y provoca que sus fans más recalcitrantes terminen colocándolo en el terreno del mesianismo. Uno puede echarse a temblar si se le ocurre recordar con justicia que Dylan es muy grande, pero que no hay tanta diferencia de talla entre él y muchos otros de los compositores gigantescos de su época como Ray Davies, Paul McCartey, Paul Weller, Lou Reed, David Bowie, Franco Battiato, Paolo Conte, etc. En esos casos, el seguidor acérrimo reacciona muy mal a la crítica: Dylan debe ser la divinidad única, señor omnipotente, uno y trino del reino de aquella canción popular que quiso decir algo más en sus letras que no fuera el simple escapismo.

El lado más desprotegido de esa batalla para los fans sectarios es precisamente la característica de prolífico que siempre ha acompañado el talante creativo de Bob. Como todo aquel que hace muchas cosas, Dylan ha tenido grandes aciertos, pero más oportunidades de equivocarse que muchos autores que se estaban más quietos y decantaban más sus composiciones antes de permitir que llegaran al público. Sus momentos más extravagantes (que piadosamente cubrimos con una capa de olvido por admiración y cariño) rozan a veces el ridículo. Uno de esos momentos sonrojantes es la canción “Romance in Durango”, contenida en el álbum “Desire”, donde acumula todos los tópicos más rudimentarios y peliculeros sobre el mundo mexicano e hispánico: como tantos anglosajones, un día decubrió que Durango rima con tango y fandango y extrajo de ello precipitadas conclusiones.

Hay muchos momentos así en la carrera de Dylan: sus conversiones religiosas, sus maquillajes de estilista vengativo, sus libros ilegibles, sus sombreros imposibles… Del mismo modo que los Stones serán menos famosos que los Beatles, pero podrán tener a gala nunca haberse permitido un “Ob la dí-ob la dá”; Davies, Bowie o Battiato tampoco hubieran sido jamás tan indulgentes como Dylan consigo mismo. Ahora bien, sin Dylan, ninguno de ellos habría existido. Por tanto, el octogenario Bob tiene derecho al título de piedra legendaria del rock y, si algún día hay que decretar la desaparición del género, erigirse simbólicamente como su principal lápida resumida y representativa.