¿Por qué ponemos los cuernos?

La tecnología favorece el adulterio, pero el medio no es lo único que está cambiando. También el fin. Ahora las mujeres buscan fuera de la pareja más y mejor sexo y los hombres, apoyo emocional

En tres minutos y medio, de forma gratuita y sin necesidad de colgar una foto, se logra acceder a Ashley Madison. Es la web más conocida para tener una aventura. Así de rápido y así de fácil, una empieza a escanear las decenas de hombres que aparecen en la pantalla mientras reza para no toparse con ningún cuñado, ni con el marido de una íntima. Menuda losa cargar con la responsabilidad de decidir si se delata al adúltero. Y es que en esta aplicación muchos muestran el rostro en su perfil sin mayor problema. Un rápido vistazo y... ufff, ninguna cara conocida.

Si no fuera por el eslogan, «La vida es corta. Ten una aventura», esta app no se diferenciaría en nada de Tinder o cualquiera de ese estilo. Pero aquí (en teoría) todo el mundo está comprometido y se busca, precisamente, lo contrario a una relación. Poner los cuernos, básicamente. Los nombres de los usuarios dan una idea de lo que se esconde detrás de las fotos borrosas, o las que muestran solo la espalda, el pecho, o una cabeza dentro de un casco de moto. Hay algunos muy explícitos («tomynavo») y otros más elevados («almainquieta»). Nada raro en apariencia, gente atractiva, otra no tanto, y con las exigencias propias de cualquier aplicación de citas. «Si tienes dudas de cómo usar el “haber” o el “a ver” quizás tengamos sensibilidades diferentes...», advierte uno que nos permite el acceso a su «álbum privado». Aquí la cosa se pone un poco más seria, con imágenes algo eróticas aunque muy lejos de resultar pornográficas.

Los mensajes que intercambiamos con varios usuarios explican el secreto de esta empresa: aquí todo es lo que parece. No hay «complicaciones», «no tienes que dar explicaciones» y «puedes dejar salir tu lado más travieso y morboso». Estas son algunas de las motivaciones que nos confiesan los usuarios. Nadie engaña a nadie (excluyendo al que lleva la osamenta sin saberlo, claro).

Ashley Madison surgió en Canadá en 2002 y llegó a España hace una década. Supuso una revolución, durante días no se habló de otra cosa; en menos de un mes, se apuntaron 50.000 personas. Aunque ha sufrido varios, y graves, hackeos en todo el mundo, en los que han quedado expuestos la identidad y las fotos de miles de clientes, la empresa es una máquina de hacer dinero. A partir de 2015, la dirección de la compañía entonó el mea culpa cuando se descubrió que había miles de perfiles falsos de mujeres para enganchar a los aspirantes a echar una cana al aire (ellos tienen que pagar, prácticamente, por todo). Habrá quien opine que hacen caja de la miseria ajena, otros dirán que, más bien, se lucran de la felicidad, pero la cuestión que subyace, en realidad, es de dónde nos viene esa necesidad imperiosa de tener un lío.

Alicia M. Walker ha tratado de llegar al fondo de este asunto. A través de una serie de entrevistas con 46 hombres y 46 mujeres que se dieron de alta en este servicio de citas ilícitas en EE UU, ha llegado a unas conclusiones interesantes que ha plasmado en dos libros. Y algunas de ellas son, además, inesperadas. En conversación con LA RAZÓN desde Missouri (EE UU), donde enseña Sociología en la Universidad, Alicia desvela el primer misterio: las mujeres y los hombres somos adúlteros por igual. De hecho, nosotras somos ligeramente más propensas, «sobre todo en algunos sectores de edad, como las más jóvenes, o si la infidelidad se queda solo en la fase de los besos. Ahí ellas son más infieles».

(En este punto es interesante resaltar que el perfil masculino que hicimos en la citada web para ver cómo se juega en el otro campo no recibió atención femenina y sí algún mensaje de lo que aparentaba ser un bot).

Esto de especificar qué es y qué no es el adulterio tiene más miga de lo que aparenta. No hay una sola definición aceptada por todos. De hecho, aunque pueda suponer un cisma, incluso el fin del matrimonio, es algo de lo que apenas se habla. Según la autora de «Chasing Masculinity: Men, Validation and Infidelity» («En busca de la masculinidad: Hombres, reafirmación e Infidelidad»), «puede darse el caso de que los miembros de la pareja entiendan una cosa diferente. Incluso uno puede estar poniendo los cuernos sin siquiera saberlo. Para algunos es solo flirtear, o darse un beso, puede que a otros ni la penetración se lo parezca».

-¿Qué papel juega la tecnología en esta era de infieles?

-La tecnología nos lo ha puesto más fácil. Imagina cuando solo había un teléfono en cada casa, en la cocina, y cualquiera podía coger el teléfono y no sabías quién llamaba... Ahora lo llevamos encima, puedes mensajearte en secreto con quien tú quieras.

Esto de la tecnología es un arma de doble filo, claro, porque también es más fácil descubrir el «affaire» revisando el teléfono de la pareja. Sobre las motivaciones, la segunda sorpresa. Contra el cliché híper extendido de que los hombres buscan sexo y ellas conexión emocional, esta socióloga ha constatado lo contrario: «La mayoría de las mujeres me cuentan que lo que buscan es el placer, los orgasmos, más y mejor sexo, no quieren tener ni apego, ni amor, aunque sí poder confiar en que ese amante no se va a plantar en su casa con un ramo de flores y poner su vida patas arriba. En cambio, todos los hombres con los que he hablado me dicen que, además del buen sexo, obtienen atención, apoyo, halagos... Ellos buscan más la parte emocional».

Alicia M. Walker va aún más lejos al afirmar que «a la mitad de las mujeres de mi estudio les hubiera gustado haber creado relaciones abiertas, pero sabían que sus maridos habrían dicho que no». Este concepto de relación está mucho más instaurado entre los homosexuales, una comunidad, por otra parte, muy proclive a entrar en detalle sobre cómo desean que sea su vida íntima. «Desde luego, ellos tienen esas conversaciones que el resto no tenemos. Podemos imitarlo, es muy sano y mejora las posibilidades de perdurar como pareja. Es bastante increíble que nos lancemos a relaciones con vocación de eternidad sin mantener, en ningún momento, una conversación sincera sobre lo que queremos, cómo lo queremos y cuántas veces. Tanto el sexo como el tipo de sexo, la atención o el tiempo que se deseamos pasar juntos. Esperamos que, simplemente, las cosas sucedan por arte de magia».

-¿Se puede tener una sola aventura o empezar es abrir la caja de los truenos?

-Creo que sí. Solemos pensar que el infiel es una persona mala, que una vez que lo hace no puede parar... Es verdad que existen los adúlteros en serie, pero es lo menos frecuente. Muchos se encuentran, simplemente, en un escenario que les lleva a una aventura que no habrían tenido nunca si las circunstancias hubieran sido otras.

-¿Le han confesado remordimientos?

-Difícilmente. Han sacado tanto de esas aventuras, han satisfecho tantas necesidades... Los hombres no hablan nunca de culpa, solo dos o tres de 46; en cambio, todas las mujeres afirmaron sentirse culpables. Pero no tenían ninguna intención de dejar de hacerlo, porque, si paraban, tendrían que divorciarse. La aventura les ayudaba a sobrellevar su matrimonio, estaban mejor con sus maridos; si hacían algo que les molestaba, se acordaban de que les estaban poniendo los cuernos y se relajaban.

-¿Somos las mujeres mejores mentirosas?

-Cuando empecé el estudio, tenía miedo de que los hombres no se atrevieran a contarme nada precisamente por mi condición de mujer. Sucedió todo lo contrario. Parecía que les aliviaba poder hablar de ello, por fin. Otra cosa es si se lo contarían a sus parejas... Sí me ha ocurrido que alguno que otro me ha escrito más tarde contándome que, al final, lo han contado a sus mujeres. En cambio, ninguna fémina. No es una conclusión científica, pero sí he visto encuestas en las que las mujeres aparecen como mucho menos propensas a revelar su secreto y más inclinadas a borrar el rastro de su aventura.