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Bob Woodward: «Hoy sería imposible investigar el Watergate»

El periodista, que con Carl Bernstein derrocó a Richard Nixon, hace balance de su carrera y apuesta por el reporterismo de investigación contra Trump.

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  • Bob Woodward: «Hoy sería imposible investigar el Watergate»

Tiempo de lectura 8 min.

15 de junio de 2017. 00:52h

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Víctor Fernández 15/6/2017

Hablar de Bob Woodward es hacer referencia a un maestro de periodistas, al hombre que, con Carl Bernstein y desde las páginas del diario «The Washington Post», puso en marcha la investigación que provocó la caída de Richard Nixon en 1973, la única dimisión de un presidente de Estados Unidos en toda su historia. Coincidiendo justamente con la reedición de «Todos los hombres del presidente» (Libros del Lince) –el volumen que escribió con Bernstein sobre el escándalo Watergate–, Woodward ha pasado por Madrid para ser uno de los principales ponentes de las jornadas MABS 2017, que organiza Atresmedia. El ganador del Premio Pulitzer habló ayer con LA RAZÓN del escándalo político de los setenta, Donald Trump y del futuro del periodismo de investigación.

–En alguna ocasión usted ha declarado que los presidentes de Estados Unidos, después de Ni-xon, tienen clavado en la espalda un puñal que se llama Watergate. ¿Cómo de profundo está en la espalda del actual inquilino de la Casa Blanca, Trump?

–(Suspira). Es una gran pregunta. Las dudas que generó el escándalo Watergate fueron las sospechas sobre cualquier tipo de concentración de poder, ya fuera en la presidencia, en el Congreso de los EE UU, en el Tribunal Supremo o en los medios de comunicación. Existe esa tensión que, me temo, perdurará siempre en nuestra democracia. En estos momentos hay una investigación abierta sobre Rusia, con muchas preguntas por responder porque solamente nos han llegado entre un 5 y un 10 por ciento de los datos que nos hacen falta para hacernos una opinión precisa. En el Watergate tardamos dos años y seis meses hasta que Nixon dimitió. Así que sospecho que esto va para largo. Si alguien cree que ya sabe el resultado de esta investigación sobre Rusia está mintiendo: nadie sabe por dónde saldrá. En gran medida depende de Trump.

–¿Es muy atrevido hacer un paralelismo entre James Comey, el recientemente despedido director del FBI, y Mark Felt, la garganta profunda del Watergate, que fue subdirector del FBI?

–Sería una conclusión precipitada. En todo caso, la comparación debería establecerse entre el testimonio público de Comey y el que realizó hace 45 años John Dean, quien fuera el consejero de la Casa Blanca que acusó al presidente Nixon de corrupción y también del encubrimiento del Watergate. Dean se declaró culpable, cumplió cárcel y era un testigo muy importante. Mark Felt, por su parte, fue un topo durante la investigación, a quien le preocupaba, sobre todo, que había muchas cosas en las que Carl Bernstein y yo no nos fijábamos y en las que, según él, teníamos que detenernos y examinarlas con atención. Muchas de esas cosas que él nos dijo las escribimos en las historias que publicó «The Washington Post». Eso hizo que el Senado abriera una investigación.

–Usted ha venido a Madrid para participar en las jornadas MABS 2017, organizadas por Atresmedia. El tema de su ponencia es «La verdad». Un asunto difícil. Se lo digo pensando otra vez en Donald Trump.

–Siempre resulta muy duro encontrar la verdad. Es una tarea muy complicada porque nunca es una línea recta. Durante la investigación del Watergate cometimos algunos errores y en cualquier investigación, como la relacionada ahora con Trump y Rusia, también los habrá. El problema que veo aquí es que los medios de comunicación poseen bastante poder y muchísima influencia, pero, de igual manera, carecen de cierta paciencia. Piense que buena parte de la información que se necesita en esta investigación está en manos de Rusia. Entonces, ¿qué vamos a hacer? ¿Imputaremos a Putin por un delito?

–Por lo que acaba de decir, ¿cree que hoy sería imposible un tipo de trabajo como la que realizaron en el Watergate hace ya más de cuarenta años?

–Estoy seguro de que si los periodistas del «The Washington Post» fuéramos hoy a Rusia y tratásemos de hablar con gente del servicio de inteligencia ruso o con alguno de los oligarcas que tienen el dinero no tendríamos éxito en esa tarea, e incluso podríamos ser detenidos o expulsados del país. Como todos sabemos, Rusia no es una democracia. Hoy sería imposible hacer un trabajo como el del Watergate.

–¿Se atreve a hacer un diagnóstico del estado de salud del periodismo, especialmente el de papel?

–Usted es periodista y trabaja en un periódico, ¿verdad?

–Así es.

–Mire, los medios de comunicación escritos se están encogiendo. El dueño de mi diario, como usted sabe, es Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo. Ha adquirido el compromiso de respaldar el periodismo agresivo del «The Washington Post» y en la actualidad está financiando más puestos de trabajo para periodistas. La cualidad más importante de él es que tiene paciencia. Como dueño de Amazon ha transformado el comercio centrándose en el cliente, en sus necesidades, una cultura que siempre ha existido en mi diario, pero ahora es aún más palpable. Sí, es cierto: los periódicos están sufriendo mucho.

–La nueva propiedad de su diario, una persona con tantos intereses económicos como Bezos, ¿no supone un problema para poder seguir haciendo periodismo independiente?

–Al contrario. Conozco desde hace años a Bezos y se ha comprometido a nivel personal. Se quiere asegurar de que las informaciones que publique «The Washington Post» se basen en hechos y no en la política. Si fuera al contrario, Bezos se encontraría con una revolución inmediatamente porque se le rebelaría la gente. Así que está comprometido con un periodismo neutral y agresivo. Así que no, no estoy preocupado.

–¿Hasta qué punto se puede acusar a la Prensa o, mejor dicho, a cierta Prensa, de la subida de Trump al poder?

–Donald Trump fue elegido en unos comicios en las que creemos que tuvieron mucha influencia los rusos, pero ellos no determinaron el resultado. La Prensa fue agresiva, pero si miramos atrás creo que tal vez lo debería haber sido más. Bezos me preguntó si podíamos haber sabido con anterioridad la inclinación de Nixon por el abuso de poder antes de llegar a ser presidente. Le respondí que lo podríamos haber hecho mejor. «Asegúrate de que en “The Washington Post” la gente se ponga a fondo con este tema, que investigue bien a todos los candidatos y a quien está en el poder», me contestó. Y eso es lo que vamos a hacer.

–Parte de la Prensa estadounidense se volcó con la candidatura de Hillary Clinton. ¿Qué cree que falló? ¿Podría intentar llegar a la Casa Blanca en el futuro?

–No creo que se pueda recomponer alguien así y espero firmemente que no lo vuelva a hacer porque en la política necesitamos caras nuevas. Si se presenta ahora nadie la votaría porque representa lo viejo y, para ella, creo que sería más provechoso que dejara de conceder tantas entrevistas. Durante su campaña no fue nada clara. Usted también me pregunta qué es lo que falló. Bueno, lo que falló fue Obama porque no apoyó a Hillary Clinton en la medida necesaria. La gente, enfadada con el sistema, votó a Trump. Lo apoyó para mostrar su enojo. Obama tendría que haber dedicado su último año en la Casa Blanca a apoyarla a ella poniendo toda la carne en el asador.

–¿Funciona todavía ese número de teléfono que tiene usted abierto para recoger información?

–Sí, sí. Desde luego que funciona. Esa línea sigue estando abierta, aunque, por lo general, la gente que me llama está enfadada. Les suelo decir que hablen con los que están en el Gobierno y que traten de buscar fuentes fiables.

–Tanto tiempo después y ahora que sabemos prácticamente todo lo relacionado con el Watergate, ¿qué le preguntaría a Nixon?

–Mi pregunta habría sido: «¿Por qué?». Le habría preguntado por qué cometió esos delitos y esas acciones. Nixon era un hombre que no tenía paz interior. Había algo corrosivo dentro suyo que no lo dejaba tranquilo. Sí, le habría preguntado «por qué».

–¿Y a Felt después del Watergate qué le habría preguntado?

–Él era un hombre al que no gustaba Nixon y que se sintió frustrado por no llegar a ser director del FBI. Mantuvimos nuestra palabra de ocultar su identidad. Sí, podría haber vuelto a hablar con él después, pero cuando hizo público que era garganta profunda ya pa-decía demencia.

–¿Llegaron a temer por sus vidas mientras trabajaban en la investigación periodística del Watergate?

–Mark Felt me dijo que nuestras vidas estaban en peligro. Siendo honestos creo que eso no era así. Nunca encontramos prueba alguna de que esto fuera así y tampoco hallamos ni un solo micrófono.

–Habla de Felt, una de sus fuentes en el escándalo Watergate. Ahora muchas investigaciones periodísticas también tienen en cuenta como fuente a las redes sociales. ¿Qué le parecen?

–Las redes sociales son una enfermedad que lo han infectado todo. No las uso. No tengo ni Twitter ni Facebook. Solamente uso el correo electrónico. Creo que sería bueno sacar de nuestras vidas todo eso.

Unos reportajes que acabaron en «un acto de valentía»

El 17 de junio de 1972 parecía un día aburrido en la redacción de «The Washington Post». Eran muy pocos los temas que valían la pena indagar. A Bob Woodward (en la imagen, a la derecha, junto a Carl Bernstein), que llevaba nueve meses trabajando en el diario que dirigía Ben Bradlee, le llamó la atención el movimiento que había en torno a la mesa del redactor jefe. Fue entonces cuando se enteró de que un grupo de ladrones había entrado en el cuartel general del Comité Nacional del Partido Demócrata, cuyas oficinas estaban situadas en el edificio Watergate. Lo que parecía un suceso de poca monta, como así lo proclamó ese día al jefe de Prensa de la Casa Blanca, en realidad escondía uno de los escándalos políticos más importantes de la historia de Estados Unidos y supuso el descubrimiento de la maquinaria corrupta de Richard Nixon. «Todos los hombres del presidente», escrito por Woodward y Bernstein, es la crónica viva de aquellos acontecimientos, una invitación a que el lector conozca cada uno de los pasos dados por los dos reporteros para conocer las maquinaciones de Nixon y sus hombres: H. R. Haldeman, John Ehrlichman, John N. Mitchell, G. Gordon Liddy o E. Howard Hunt.

Todos ellos fueron cayendo poco a poco y condenados a la cárcel mientras que el presidente resistía todo lo que podía en el Despacho Oval. Finalmente Nixon anunciaba su dimisión el 8 de agosto de 1974. Nunca fue juzgado, aunque sí logró el perdón de Gerald Ford, su sucesor en el cargo. Woodward recordó ayer que Ford le contó que «perdonó a Nixon porque el país necesitaba comenzar de cero. Ese perdón no fue un acto de corrupción sino una lección de coraje y valentía. Lo que Ford hizo con Nixon fue por interés general».

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