Cultura

Otra voz que se silencia: Elliott

Todo en el hispanista británico era sabiduría: su manera de escribir, la forma de transmitir o las preguntas que hacía. Se marcha, a los 91 años, uno de los investigadores que más ha contribuido a fijar la Historia de España

Sir John H. Elliott en una de sus innumerables visitas a Madrid; aquí, en 2012
Sir John H. Elliott en una de sus innumerables visitas a Madrid; aquí, en 2012

Ha muerto Elliott (1930-2022). A muchos nos ha sorprendido la noticia porque no la esperábamos. Acaso, no teníamos por qué esperarla. Además, no hace tanto, los participantes en el Congreso Internacional dedicado al IV centenario de la muerte de Felipe III, llevado con generosidad y admirable capacidad organizativa por la dra. Isabel Enciso, de la Universidad Rey Juan Carlos, asistimos a la que tal vez fue su última colaboración en público, eso sí «on-line». A todos nos admiró la inmensa capacidad de síntesis que desplegó, citando la bibliografía más reciente y la más clásica sobre la España de Felipe III. No obstante, algún olvido bibliográfico, nos hizo pensar que naturalmente, algo envejecía de puertas adentro. Pero aquella fue una lección magistral. De las de verdad, no de esas que dicen serlo en los programas de televisión tan patéticos y que tanto abundan.

Todo en Elliott era sabiduría. Sabiduría en el escribir (¡cómo lo hacía!), en el transmitir, en las preguntas que se planteaba en esa tranquila y contundente exposición de los hechos. Para casi cualquier cosa del siglo XVII había que manejar a Elliott. No voy a referirme ni a su España imperial, ni a sus escritos sobre Richelieu u Olivares, o a tantos sobre Felipe IV y el mismísimo Velázquez que le hizo replantearse toda su vida en su juventud en una visita casual al Prado. Por el contrario, sí que me gustaría aludir hoy y aquí a esa suerte de melancólica autobiografía que se llamó Haciendo historia. En ese libro nuestro buen hispanista nos invitaba a sumergirnos, brindándonos los frutos de su vida, en la «experiencia inmensamente gratificadora» que es escribir historia.

La verdad es que, personalmente, gracias a él, y a otros como Domínguez Ortiz o Fernández Álvarez, intuí cuando era joven que tal vez podría descubrir algo de felicidad intentando ser historiador. Los recuerdos de Elliott en ese magistral libro formaban parte su escritura del recuerdo en primera persona, en donde primaba una línea argumental magistral: en qué habían consistido los fundamentos ideológicos, o los subjetivos, del autor a lo largo de toda su vida. En Elliott eran conocidas sus calidades retóricas, esa fluidez en la escritura que solo la domina el que está en paz consigo mismo, con su intelecto.

De esa manera, la septena de capítulos que nos ofreció Elliott respondían a otras tantas preguntas existenciales guiadas cada una de ellas por la necesidad de comprender tanto a otra sociedad distinta de la suya de cuna (la británica), cuanto a otra sociedad que ya era del pasado cuando él la empezó a conocer (la española imperial)..., pero que, sin embargo, fue viendo que no estaba acabada del todo, que subyacía en los comportamientos de los españoles de 1950, de 1975 y aún más recientes.

Así –tal y como confesaba– solo unos cuantos eran los grandes hilos argumentales de su vida historiográfica. Por un lado, las relaciones políticas (por ejemplo del centro y la periferia y viceversa); las consecuencias de la expansión atlántica; la necesidad de recuperar físicamente aunque solo fuera la correcta disposición de una soberbia colección de cuadros en su emplazamiento original (en el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro y con su muerte, la oportunidad se ha perdido y los políticos de turno estarán compungidos); la necesidad de mirar más allá de lo propio buscando en la historia comparada los enormes grados de similitud entre los hombres; la reivindicación del hombre como agente y sujeto principal de la Historia... ¿Solo unos cuantos?, ¡pero impresionantes!

Con esos mimbres y algo de sentido del humor (con el que parecía disfrutar más en el cara a cara que por escrito), John H. Elliott penetraba en los recuerdos de su propia vida, pero también hacía un sereno repaso historiográfico a corrientes, autores y maestros. Y con magistral serenidad. Se trazó unas líneas científicas, o le ayudaron a diseñarlas sus profesores, y él les fue dando vida. Una vida que le convencía a él y que, ciertamente, conforme contrastaba con unos u otros, con algunos aun con lágrimas en los ojos porque se sentían pisoteados (su relato sobre quienes fueron para él Soldevilla o Vicens Vives es, sencillamente espectacular, y recuerda al juego de espejos de Richelieu y Olivares), ese contrastar con reflexiones sensatas, le hacía confirmar sus hipótesis y en ocasiones abrirse nuevos caminos.

En fin todo en Elliott era enseñanza, humanismo. No se puede exponer todo lo que por él se sentía. Lo harán mejor sus alumnos más directos. Pero lo que nadie me puede quitar es esta soberbia historia que me pasó con su esposa y con él, hace unos cuantos años. La víspera de ser investido doctor honoris causa por la Complutense, tenía el día libre. Me atreví a proponerle que si les apetecería que nos fuéramos de excursión por los alrededores de Madrid. Les pareció bien y así lo hicimos. Les dije que si les gustaría ir a Torrelaguna, la cuna de Cisneros, pero también el lugar donde fue detenido Carranza. Y así lo hicimos. Hoy el palacio arzobispal es el cuartel de la Guardia Civil. No pudimos visitarlo por dentro, pero nos reconfortó verlo por fuera. Luego, subimos a las montañas que rodean y defienden Torrelaguna, Torremocha, Patones, El Atazar y hablamos de todo, o casi de todo, mientras contemplábamos aquellos espectaculares paisajes plagados de toponimia defensiva y de atalayas de vigía.

Comoquiera que hacía un día espectacular comimos en una casa de comidas no sé en dónde debajo de un parral. Ellos debieron tomar verduras. Y de allí a Loeches, claro. En Loeches reposa la casa de Alba, y también Olivares. La llave de la iglesia la tenía doña María (o como quisieran sus padres que se llamara). A su casa fuimos a ver si nos la enseñaba, como así hizo. Doña María era recia matrona, con sus inmensas mamas dispuestas en cataratas de abundancia y tapadas con sus ropajes sobre los que llevaba mandil y bata de guata abierta. El pelo, áspero-rizado amarillento. Y nos habló de todo, de clausura de las monjas, de sepulcros, de cancelas, y de Olivares. Allí estábamos los cuatro. Del cíngulo de doña María pendían las inmensas llaves que nos abrieron las puertas del conocimiento sobre don Gaspar. Ella nos explicó quién fue don Gaspar y su obra política. Era increíble. Imagino a don Gaspar en su sepulcro desencajado de risa viendo la escena. Terminó la sintética explicación (que si Elliott se creía buen sintetizador del conocimiento histórico, desde aquel día ante doña María debió hacer examen de conciencia) y al salir, mientras daba vueltas y revueltas a las llaves para echar pasadores, lengüetas y pestillos nos preguntó, «¿Sabían ustedes quién era el Conde-Duque de Olivares?». Con educación, permití a Elliott que respondiera y con una espectacular flema británica dijo: «Algo había oído de él. Gracias, doña María, hoy he aprendido cosas muy interesantes sobre él». Volvimos a Madrid. La vida siguió su curso.

Pobres modernistas. Han perdido a otro maestro más. Pobre Cayetana, pobre Xavier, pobre Dámaso, pobre Antonio que habéis perdido a vuestro maestro, maestro de la cordura y de la humildad. Parece mentira lo que puede influir un maestro en la historia de un país, tanto directamente, como indirectamente por el cómo ha forjado el pensamiento de sus discípulos.

Son ya muchos los huecos. De verdad: son muchas las añoranzas que tengo de tanto sabio de sólidos saberes y de inmensa generosidad en su transmisión. ¿Qué pensarían ellos del nuevo Real Decreto de enseñanzas que viene? Y sin embargo, ahí está, listo para demoler la libertad crítica de unas cuantas generaciones.

Descanse en paz. Descansen en paz.