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La alegría del golpe de Estado de Primo de Rivera

La historia del golpe de septiembre de 1923 ha estado enturbiada por la mitificación de la Segunda República como una democracia entre dictaduras

Se cumplen cien años desde que Miguel Primo de Rivera realizase el golpe de estado
Se cumplen cien años de que Miguel Primo de Rivera, en el centro, se convirtiera en presidente del Directorio Militar Fox PhotosGetty Images

Mucho se ha escrito de la alegría general del 14 de abril de 1931, pero poco de la que hubo a mediados de septiembre de 1923 cuando se verificó el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera. La historia de aquel acontecimiento ha estado enturbiada por la mitificación de la Segunda República como una democracia entre dictaduras. En buena medida, la interpretación canónica del final de la Restauración, de la dictadura de Primo y del papel de Alfonso XIII fue establecida por el relato que construyeron los partidos vencedores de 1931, en especial el PSOE, intentando borrar las huellas que dejaron entre 1917 y 1930. No hay que olvidar que a esto último han contribuido algunos historiadores recientes, que relatan la dictadura de Primo sin mencionar a los socialistas.

La tesis de Roberto Villa en 1923. El golpe de Estado que cambió la historia de España es que la acción de Primo de Rivera tuvo éxito por dos motivos: el sistema de la Constitución de 1876 estaba tocado de muerte desde 1917 por el deterioro cainita de los partidos, y, además, contaba con un gran apoyo popular y de las élites. La monarquía liberal, dice el autor, se había quedado sin sus pilares; es decir, ya no tenía un sistema sólido de partidos y el rey carecía de autoridad suficiente. Es más; la idea general era que el régimen estaba anticuado y que los políticos eran el problema, según habían predicado los regeneracionistas de la nueva política, siendo asumido por buena parte de la sociedad y de la milicia. A esto se unió la crisis de eficacia para resolver problemas del último Gobierno de la Restauración.

El sistema de 1876 estaba tocado de muerte desde 1917 por el deterioro cainita de los partidos

En esta circunstancia de desafección general llegó el detonante, que fue la crisis marroquí. Aquí Villa desmiente el argumento tradicional que explica la quiebra del sistema por el desastre de Annual en 1921, para enfocarlo en la gestión posterior de la crisis. Por tanto, no fue tanto la desgracia en sí como su uso político. La liquidación de la consecuencias, dice Villa, mostró el cainismo entre liberales y conservadores –los políticos del régimen–, y convirtió al Ejército en un partido militar con la pretensión de resolver la situación. En este mar revuelto apareció Primo de Rivera, que reunía las características del líder carismático y tenía la fuerza suficiente para ser el «cirujano de hierro» que decía Joaquín Costa. Sin elogiar al dictador, Villa se separa del relato que quiere convertir a Primo en un personaje execrable frente a la hiperventilada exaltación virtuosa de los líderes socialistas y republicanos. De hecho, estos mismos aplaudieron o aceptaron el golpe y al dictador.

¿Y Alfonso XIII?

¿Y Alfonso XIII? La tesis habitual es que el rey estuvo involucrado en el golpe con el objetivo de tapar su papel en la crisis marroquí. El asunto es más complejo. En el verano de 1923 Alfonso XIII supo que los socialistas y el sector «responsabilista» del Ejército querían instrumentalizar la comisión parlamentaria que investigaba Marruecos para enterrar definitivamente a liberales y conservadores. El objetivo era dejar al rey sin políticos en los que apoyarse y que cayera la monarquía porque, como dijo a Gabriel Maura, «los demás partidos tampoco podían encargarse del poder».

El monarca pensó entonces, verano de 1923, en una «dictadura constitucional» a través de la Junta de Defensa del Reino –el gobierno en pleno, jefes del Estado Mayor y ex presidentes–, para gobernar por decreto, y a los dos años convocar Cortes para ratificar lo hecho o exigir responsabilidades. «Aquello –dice Villa– no suponía la destrucción del régimen constitucional para establecer otro autoritario». Era una variante del gobierno de concentración nacional del Reino Unido durante la Gran Guerra. La tesis de Villa desmiente la idea de un rey-dictador regeneracionista que desde niño quiso asumir todo el poder, y muestra a un hombre desesperado que no quería desligarse de la Constitución. En este sentido, Villa interpreta el discurso de Alfonso XIII en Córdoba de mayo de 1921 como una expresión de la desesperanza y la frustración ante los obstáculos de las «pequeñeces de la política», dijo el rey, que impedían el «progreso y bienestar de España». Por eso afirmó que «dentro o fuera de la Constitución tendría que imponerse o sacrificarse por el bien de la patria». Fue una queja por el egoísmo de muchos, y un llamamiento al patriotismo.

En un mar revuelto apareció Primo de Rivera para ser el «cirujano de hierro», decía Joaquín Costa

El modelo de Alfonso XIII para resolver la crisis era el del gobierno británico en la Gran Guerra, repito, no una dictadura militar. A esto Roberto Villa añade una conclusión interesante que levantará polvo: el rey no tuvo nada que ver en el golpe de 1923, sino que lo aceptó porque no tenía alternativa. Alfonso XIII intentó encauzar el golpe por vías constitucionales nombrando a Primo presidente del gobierno, pero fracasó el 14 de septiembre. El rey comprobó que, lejos de ser un pronunciamiento de parte como en el siglo XIX, el golpe de Primo de Rivera concitaba la práctica unanimidad nacional porque se trataba de hacer una revolución incruenta. Si Alfonso XIII se hubiera opuesto al golpe, aventura Villa, «sus promotores le hubieran obligado a renunciar» porque creían que la «salvación de España» estaba por encima del mantenimiento de la monarquía o de su titular. El rey no quería ser destronado, lógicamente, y seguir la suerte de Isabel II en 1868, en la que un movimiento nacional se llevó la dinastía por delante, como acabó pasando en 1931.

El golpe de septiembre de 1923 fue el resultado del repudio general al gobierno de Concentración Liberal de García Prieto y Santiago Alba, que constituían en sí mismos una prueba de la crisis de eficacia que sumía a España en un impasse complicado con huelgas, independentismo catalán e inestabilidad política. Primo supo encauzar el malestar de los militares, muchos al borde del putsch incontrolable, y quiso contar con el apoyo de políticos y periodistas para que la opinión mostrara que era un movimiento nacional contra la situación. El «sostén civil», como dice Villa, se fraguó sobre la idea de evitar la impunidad de los «políticos profesionales», y de ahí el aplauso que consiguió Primo.

El rey no tuvo nada que ver en el proceso, sino que lo aceptó porque no tenía alternativa

El dictador no impidió la petición de responsabilidades, muy al contrario, e incluso, señala el autor, «inhabilitó políticamente a un monarca» del que «desconfiaba». Esto le granjeó el apoyo de los republicanos, que aplaudieron hasta que consideraron que Primo no «republicanizaba» el régimen. El PSOE y la UGT colaboraron porque vieron una oportunidad para quedar como el gran sindicato español frente a la CNT y para avanzar hacia el socialismo, del mismo modo que luego entendieron la República como una vía a la dictadura del proletariado. La democracia era algo secundario para los dirigentes socialistas.

El golpe de Primo tuvo un éxito inicial indudable, tanto que sorprendió a Alfonso XIII, que no esperaba la densidad de apoyos civiles, lo que contrastaba con la soledad del Gobierno de Concentración Liberal. Ese apoyo y aceptación lo demuestra Villa en unas impagables citas de políticos de la época, al final de la obra, de Alcalá-Zamora, Cambó o Companys. El libro, en fin, resulta una pieza imprescindible para entender el origen del golpe de Primo de Rivera, con una argumentación rigurosa apoyada en documentación en parte inédita, y que sirve para reflexionar sobre la situación actual de la democracia del 78.