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Juana la Beltraneja: una “reina” marcada por la impotencia

Los líos de alcoba, las mentiras y el sexo determinaron su vida

  • Juana la Beltraneja
    Juana la Beltraneja

Tiempo de lectura 8 min.

20 de julio de 2019. 20:44h

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Alejandra Tahoces 20/7/2019

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Dicen que hay infancias que marcan destinos, y en el caso que nos ocupa no podría ser más cierto. Empiezo este relato por el final, porque creo que una de las disposiciones del testamento de la llamada Beltraneja define su vida : “Dejo 100.000 reales para ayudar a las huérfanas desheredadas obligadas a probar sus derechos. Yo la Reina”

Juana de Castilla, hija única del rey Enrique IV (1425-1474) apodado como "El impotente", arrastró durante toda su existencia las consecuencias de la incapacidad de su padre para defender su dignidad. Peonza de los nobles de Castilla y víctima permanentemente de las habladurías de la Corte, aún a día de hoy resulta imposible la eventualidad de restaurar su honor. La Historia no podrá nunca dilucidar si fue hija legítima o no de Enrique IV. Quiso la fatalidad que el terremoto acaecido en Lisboa en 1755 nos privara para siempre de sus restos mortales y con ello de un posible análisis de ADN, al estilo de los que la ciencia moderna ha podido realizar en los casos de Alberto de Mónaco o el Rey Alberto II de Bélgica.

El 21 de julio de 1454 Enrique IV era entronizado como rey de Castilla, apenas un año más tarde de haber conseguido la nulidad matrimonial de su primera esposa Blanca de Navarra, con la cual, y aún a pesar de haber estado casado durante 12 años, no había conseguido tener descendencia . El motivo que se adujo para conseguir esa nulidad no fue otro que la presunta esterilidad de la Reina. Estamos en la España del S.XV y es obvio que los cronistas oficiales no debieron estar por la labor de airear el indudable “gatillazo” real. Sin embargo hasta nosotros ha llegado el relato oficial de su noche de bodas: “La boda se hizo quedando la Princesa tal cual nació, de que todos ovieron grande enojo”. Tres heraldos y tres notarios así lo certificaron.

Parece comprobado que el Rey era efectivamente impotente, incluso más de un historiador aboga por su presunta homosexualidad. Un completo diagnóstico de Gregorio Marañón en 1931 y otro estudio del urólogo Emilio Maganto Pavón coinciden miméticamente: A Enrique IV le costaba tener erecciones por razones anatómicas.

Saque aquí cada cual sus propias conclusiones.... Yo solo apunto que salvando a su única y cuestionada hija Juana, el rey no tuvo ni un solo hijo bastardo, hecho este cuanto menos sorprendente en la historia de las monarquías.

Casó nuevamente el Rey y esta vez la candidata fue la joven Juana de Avis , hermana del Rey de Portugal, una joven alabada por los cronistas por su innegable belleza pero a la que también se nos presenta como casquivana y frívola.

Han pasado cinco años de matrimonio y la pareja real aún no tiene descendencia. En una época a la que la mayoría de los historiadores define como de las peores y más calamitosas de la historia, Castilla necesitaba un heredero. Se recurre entonces a la medicina judía. El médico Semaya practica a la Reina la que parece sería la primera inseminación in vitro de la historia: A la Reina Juana se le introduce por “Cánula áurea” el semen de su Rey. Los textos del médico alemán Hieronymud Münzer sugieren que no se logró ningún avance con esta técnica.

El 28 de febrero de 1462 nació la princesa Juana, al séptimo año del matrimonio de sus padres y rodeada de todo tipo de especulaciones en cuanto a su origen.

Fue bautizada en el mes de marzo siendo madrina su tía, la futura Isabel la Católica.

El 9 de mayo se convocaron las Cortes y Juana fue nombrada princesa de Asturias y heredera del reino .

Sin embargo, y con el noble Juan Pacheco a la cabeza, comenzaron las habladurías. Lo que hasta entonces podía haber pasado por un simple “cotilleo”, al más puro estilo “Sálvame”, pronto se convirtió en una cuestión de Estado. Si había sobradas razones para creer en la impotencia del Rey y circulaban mil rumores por la Corte en cuanto a las relaciones de la Reina con el más querido valido del Rey, D. Beltrán de la Cueva, la niña fue pronto considerada fruto de la relación extraconyugal de Juana con D. Beltrán, de ahí el apodo de la Beltraneja. No ayudó a acallar los rumores el hecho de que el Rey, a los dos años del nacimiento de su hija, nombrara a D. Beltrán maestre de la Orden de Santiago, siendo este hecho el detonante de la grave crisis política que habría de padecer Castilla en los próximos años.

La ambición del noble Juan Pachecho no podía consentir que un recién llegado a la Corte como D. Beltrán tuviera más poder que él y en su intento por recuperar poder y protagonismo eligió como arma la difamación: El rumor se extendió.

Juan Pacheco y otros nobles declaran haber prestado juramento a Juana por miedo a no acatar la voluntad del Rey. Exigen a Enrique IV que nombre a su hermanastro Alfonso como legÍtimo heredero, otorgándole además el título de maestre de la Orden de Santiago.

Finalmente el Rey cede, y en un fallido intento de preservar la paz, en el otoño de 1464, cuando Juana apenas tiene dos años, sucumbe a las presiones y desposee a su hija no solo de su derecho al trono sino también de su dignidad. Se recurre a la fórmula transitoria de nombrar heredero a Alfonso, hermanastro de Enrique IV, siempre y cuando case con la llamada Beltraneja.

Pero de nada sirvió este intento de apaciguar a los nobles. Durante el mes de junio de 1465 se produce la llamada “Farsa de Ávila”: Un grupo de nobles queman la figura del Rey y al grito de “fuera puto” proclaman al infante Alfonso como rey.

Comienza entonces la Guerra Civil en Castilla . Los Mendoza, influyente y poderosa familia noble, negocian con el rey y consiguen que les entregue a su hija en custodia. Juana tiene 5 años. Su desgracia solo acaba de comenzar.

La fatalidad entra de nuevo en juego y el infante Alfonso muere repentinamente, este hecho da un giro al futuro no solo de nuestro país sino particularmente al de nuestra Juana.

Isabel ( futura Isabel la Católica) hermana de Alfonso y hermanastra de Enrique IV exige al rey ser nombrada princesa heredera. Corría el año 1468 y el rey accede a firmar el Tratado de los Toros de Guisando, se nombra a Isabel como Princesa de Asturias y futura heredera legítima al trono, creándose con este tratado una legalidad al reconocer documentalmente a Isabel como heredera al trono. Para Isabel es su entrada triunfal en política, para Juana la constatación de que su padre opta de nuevo por su sacrificio.

La Beltraneja sigue bajo la custodia de los Mendoza y a instancias de ellos y otros grandes de la nobleza se acuerda casar a Isabel con Alfonso V de Portugal, y a Juana con el hijo de éste, el Príncipe Juan. La Corona de Castilla es objeto de disputa entre dos princesas, una de ellas en clara desventaja: Juana tiene 6 años, Isabel 17 y un empuje marcado por su inteligencia y ambición.

La historia da un giro cuando Isabel, un año después de la firma del Pacto de Guisando, se casa con Fernando de Aragón en secreto. Es entonces cuando Enrique IV reacciona y revoca lo firmado en Guisando para declarar a su hija Juana como legítima heredera.

Los hechos se precipitan a partir de este momento y mientras Enrique IV busca desesperadamente un marido para su hija Juana, vuelve a dar un paso en falso y se reconcilia con Isabel a la que vuelve a nombrar heredera.

El 12 de diciembre de 1474 Enrique IV muere súbitamente. Su testamento no llegó a aparecer ( curioso que en esta historia se concentren tantas “fatalidades”). Al día siguiente Isabel se hace proclamar Reina de Castilla.

Juana tenía tan solo 12 años cuando consigue el apoyo de su tío el rey Alfonso V de Portugal, con quien se casó el 12 de mayo de 1475. Intenta por todos los medios evitar una Guerra civil y a la par que asegura que en su lecho mortal su padre la reconoció como su hija y legítima heredera, propone que el voto nacional resuelva el conflicto.

Sin embargo de nada sirvieron sus buenos deseos, la guerra de sucesión al trono castellano acaba de comenzar. La lucha se alargó hasta el 1 de marzo de 1476, cuando el ejército portugués fue definitivamente derrotado a las puertas de la ciudad de Toro.

Son las armas las que deciden en Castilla: Juana será derrotada para siempre.

Es el final de su sueño, huye a Portugal con su esposo, abandonada por los nobles castellanos. El 4 de septiembre de 1479 se firma la Paz de Alcaçovas. Portugal reconoce a Isabel y Fernando como reyes de Castilla. A Juana, ya viuda, se la humilla dándole dos opciones: O casa con su primo Juan, hijo de los Reyes Católicos, o ingresa en un convento.

Con tan solo 18 años Juana toma por primera vez una decisión por sí misma y se niega a ser Reina por vía indirecta. Opta por la segunda opción e ingresa en el Convento de las Clarisas de Coimbra. Jamás renunció a sus derechos ni quiso permitir que la difamación a la que fue sometida menoscabara su honorabilidad. No anheló nunca otra cosa que defender su única verdad. Asumió con dignidad el triste papel que la Historia le tenía reservado. Murió sola, sin la ayuda de nadie, en su retiro portugués. Firmó hasta el final de sus días como “Yo, la Reina”

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