Literatura

El Sapo, el mayor ladrón de la historia de España: “El atraco perfecto existe. Yo lo cometí”

Juan Manuel Cancela Sapieha robó 2.700 millones de pesetas en 1999 y la colección de arte de Esther Koplowitz entre otros muchos atracos: “He sido caza mayor para la Policía, pero ya todo está prescrito”

Imagen de Jon Imanol Cancela Sapieha, conocido como El Sapo, el mayor ladrón de la historia de España
Imagen de Jon Imanol Cancela Sapieha, conocido como El Sapo, el mayor ladrón de la historia de España FOTO: Amazon Video

A los ladrones no les va bien la fama, porque solo la obtienen cuando les pillan. Igual que los porteros de fútbol por sus célebres cantadas. Sin embargo, cuando las cosas salen perfectas, nadie se entera. “Claro que existe el atraco perfecto. Ese es el que sucede cuando nadie se entera de que ha pasado. El 99 por ciento de los robos que yo hice fueron así. Solo se enteraba la víctima y yo. Bueno, y mi banquero, que veía engordar la cuenta”, ríe Juan Manuel Cancela Sapieha, conocido como “El Sapo”, el mayor ladrón de la historia de España, conocido por dos fracasos (que no lo fueron en absoluto): el famoso robo del Banco Popular en Yecla (de donde obtuvo 2.700 millones de pesetas) y del no menos célebre “palo” en casa de Esther Koplowitz, de donde sacó 19 obras de arte valoradas en miles de millones de euros con dos Goyas, un Brueghel y un Juan Gris, entre muchas otras piezas. Su alucinante vida es objeto de un documental, “Sapo S.A Memorias de un asesino”, estrenado por Amazon y un libro de memorias, “Por amor al arte” (Gong Editorial), firmado por Jon Imanol, como se hace ahora llamar. “No pasa nada, es lo mismo. He tenido muchos nombres y muchas apariencias. Yo ya fui caza mayor para la Policía y los servicios de información. Ya he pasado a la historia por las cosas que hice, pero lo dejé hace tiempo y todo ha prescrito”.

En 1998, cuando nadie se lo podía imaginar, vació las cajas de seguridad de una sucursal de una pequeña localidad murciana donde le habían dado el soplo: los paisanos tenían grandes cantidades de efectivo procedentes de explotaciones agrícolas. Tanto tenían que la banda de El Sapo no se pudo llevar todo. Dejaron cajas sin abrir y tuvieron que abandonar la máquina perforadora con la que accedieron a la zona de seguridad porque la furgoneta no daba más de sí. La mitad de la banda, liderada por su secuaz y rival Casper, cayó cuando la Policía siguió el rastro de la maquinaria y parte del dinero, manchado de barro, que habían utilizado para comprar un Ferrari a tocateja. “Eran muy poco listos, de coeficiente intelectual bajo”, dice El Sapo, que salió indemne (con su fortuna) al igual que su equipo de soldados, por lo que fue un fracaso, pero solo a medias. Y es que Jon -como le llaman en el documental- fue adiestrado durante 9 años en las fuerzas especiales antiterroristas. “Si te concentras en algo, si no te enganchas a nada ni a nadie, puedes conseguir la perfección”, dice en entrevista con este periódico.

Fotografías distribuidas por la Policía de Angel Suárez Flores (izda., alias Casper), Juan Manuel Candela Sapieha (centro, alias El Sapo), y del ex-vigilante jurado Luis Miguel del Mazo López (d), detenidos por el robo de 19 cuadros de Esther Koplowitz. EFE/Chema Moya
Fotografías distribuidas por la Policía de Angel Suárez Flores (izda., alias Casper), Juan Manuel Candela Sapieha (centro, alias El Sapo), y del ex-vigilante jurado Luis Miguel del Mazo López (d), detenidos por el robo de 19 cuadros de Esther Koplowitz. EFE/Chema Moya FOTO: Chema Moya EFE

“A nadie ni a nada -insiste-. Es cuestión de disciplina. Nunca he fumado un cigarro. Y alcohol bebo, moderadamente, albariño”, explica con su acento francés. En el libro hay abundante cocaína que El Sapo utilizaba “como medio social, para que la gente se muestre dispuesta. Cuando la gente se droga está más accesible. Y una cosa es sacar un beneficio de eso y otra hacerlo tú”. Así, seduciendo con su modo de vida es como se ganó la confianza de un miembro de la seguridad de Esther Koplowitz, al que estuvo untando de lujos hasta que él mismo puso en bandeja la oportunidad para entrar en el piso de Paseo de la Habana de la, por entonces, mujer más rica de España. Jon alquiló una vivienda contigua y preparó milimétricamente un plan que culminó en el robo de 19 cuadros de valor incalculable. Despistó a la Policía y se marchó de allí golpeando a Luis, su colaborador, hasta dejarle “como una salchicha”. Le reventó la nariz y le amordazó. También le pagó, poco a poco para no levantar sospechas, la recompensa pactada, aunque Luis lo niegue en la película. Por suerte, una vez más, todo está prescrito. Hay una psicóloga que dice de El Sapo en el documental que tiene rasgos de psicopatía. “Muy altos -concede a este periódico-. A ver, no voy matando a gente con un cuchillo. Pero a mí nadie jamás me contrató por bueno, ni antes ni hoy. Buena gente y equilibrada hay mucha, pero no van tan lejos como yo”, dice completamente en serio. ¿Es verdad que no le importa la gente? “Hombre, tampoco es eso. Que me importen menos, o tenga menos apego empatía, por supuesto, pero no soy Aníbal Lecter, ¿eh?”.

Trastorno psicopático

Aquel robo tampoco terminó bien, porque los compradores de las piezas resultaron ser el FBI. Sin embargo, demostrando una habilidad fuera de lo común para negociar y sobrevivir, El Sapo y sus secuaces, Casper y Luis (el segurata) solo cumplieron cuatro meses y medio de prisión. “¿Ves? Porque a Casper le apreciaba. Y a mucha gente, como mis actuales parejas, a mis hijos... pero no quiero a todo el mundo, joder, que no soy Santa Claus. Eso sí: soy menos cruel que la Biblia”, ríe el ladrón. El Sapo negoció el final del caso como la cumbre la picaresca. Robar esos 19 cuadros, aunque de incalculable valor, solo supondrían tres años y medio de prisión según el Código Penal español del momento: robo con fuerza. Al salir de Soto del Real, los cuadros seguirían esperándole. Negoció con el Estado la devolución, pero, sobre todo, con los abogados de Koplowitz. Obtuvo de ellos 12 millones de euros por devolver todo en perfecto estado y que la Policía se apuntase la victoria del hallazgo del botín, cuyas señas jamás habrían adivinado de no ser por el trato. Pero el único ganador había sido El Sapo.

Quizá por esa forma de sentir rayana con el trastorno, llevó “muy contento su infancia en un internado en Suiza. Nunca tuve un problema de estar alejado de mis padres. Ninguno. Prefería estar allí”. Fue en ese centro, con 9 años, cuando descubrió que “quería ser gángster. Y los profesores me contestaron que tendría que prepararme si quería ser uno bueno”. Vaya que si lo hizo. Estudió periodismo en Estados Unidos y se enroló en la armada. En una de las maniobras, asaltando un furgón blindado, pensó que podría hacerlo por su cuenta. “Pero yo me ganaba muy bien la vida en la armada. Se puede ganar muchísimo dinero. Cuando formas parte de un grupo especial, la gente se imagina que vas torturando criminales para tener información, cuando en realidad, el 90 por ciento de la que obtienes, la pagas. Y ningún chivato te va a dar un papel de recibo. Así que yo me volvía a casa con baúles de dinero cuando estaba en la armada. Entre lo que decía que daba y lo que en realidad pagaba, había un abismo. Así fue en todas las negociaciones”, asegura ufano.

Siempre cumplo mi palabra. Si te digo que haré algo malo, así será. Yo no voy a los tribunales a perder diez años en un proceso civil o penal. Tengo la mano muy larga y muy poca paciencia”.

Esa capacidad negociadora le sirvió muy bien en los tratos con fiscales: “Mantienen más su palabra los terroristas y los piratas -ríe-. No quiero decir que sean buenos, pero eso es así. Los jueces no pueden negociar, pero aceptan directrices de otras instancias. Los peores son los abogados: esos son criminales con toga. Yo estudié derecho porque no quería que me engañasen más”. Tampoco le libró siempre de pasar una temporada en prisión, aunque fueran apenas tres años y medio de una larguísima carrera delictiva. “A mí me parece un montón. Pero nunca lo pasé mal en la cárcel. Fue muy interesante, más que la armada o que la universidad. No tengo ningún mal recuerdo de la cárcel. Lo único es que a veces tienes que obedecer a gente con un coeficiente intelectual inferior al tuyo, y eso es un poco molesto. Algunos tenían la viveza de una ostra autista”.

Como el de Yecla, Juan Manuel Cancela asegura que cometió muchos más robos. “Muchísimos. Bueno, puede que con tanto dinero solo alguno más. Pero lo hice en todos lados, en todos los continentes”. ¿Contará esos golpes algún día? “Haré más capítulos, porque me divierte. ¿Sabes qué pasa? Se ha vuelto muy rentable contar historias. A la gente le gusta. No quiero hacer apología de la delincuencia, pero ha sido mi vida y veo que interesa a gente”. Cosas de la vida, El Sapo ha robado también en la ficción, o ha repetido, al menos, el título de las memorias de otro afamado ladrón, las de Erik El Belga, que publicó en 2012 “Por amor al arte” (Planeta) con el inventario de algunas de sus andanzas. “Se gana dinero con esto. No me quejo, pero no me preocupa. Tengo suficiente dinero para vivir varias vidas, pero como no soy un faraón, solo me toca esta”. Sin embargo, según sus palabras en el libro, el dinero no es lo mismo que el respeto. “No, el respeto es la palabra. Puedo atrasarme, pero cumplo siempre. Para bien o para mal, siempre hago lo que digo. Y espero que los demás hagan lo mismo”. O que se atengan a las consecuencias, se entiende. “Si te digo que haré algo malo, así será. Yo no voy a los tribunales a perder diez años en un proceso civil o penal. Tengo la mano muy larga y muy poca paciencia”. Tragamos saliva.

Juan Manuel Cancela Sapieha nunca ha creído en nada. “Cosas políticas, ninguna, no. Estuve en Fuerza Nueva cuando era niño, pero podría haber sido ‘’abertzale’', depende de dónde hubiese nacido. Todos hacemos esa idiotez y me duró muy poco”. ¿Sigue siendo de extrema derecha? “No, no, para nada. No tengo ningún ideal político, me importa una mierda. Ni me importa el color de la gente. Detesto las religiones. No me caen nada bien”. Hoy, vive en una reserva en África, donde posee 12.000 hectáreas. “Me voy a dedicar a cuidar de mis dos novias y de mis hijos. Tengo 237 rinocerontes, leones, búfalos... Y me preocupo de preparar a gente que luchen contra la caza furtiva en otros países porque nos vamos a quedar sin fauna salvaje si seguimos así”. Bueno, eso se parece mucho a un ideal, a una causa. “De eso nada. Me pagan por ello”.