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Los aliados no frenaron a la bestia

La ambición desmedida de Hitler y la tibieza de los aliados a la hora de ponerle freno alimentaron el monstruo de una guerra que estallaría en septiembre de 1939.

  • Buena parte del pueblo austríaco salió a las calles a celebrar la anexión alemana; Reino Unido y Francia se limitaron a protestar
    Buena parte del pueblo austríaco salió a las calles a celebrar la anexión alemana; Reino Unido y Francia se limitaron a protestar
Madrid.

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01 de septiembre de 2019. 12:34h

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Javier Veramendi/Desperta Ferro ediciones.  Madrid. 1/9/2019

Podría decirse que el camino hacia la Segunda Guerra Mundial se inició el 30 de enero de 1933, cuando Adolf Hitler, líder del NSDAP (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei, «Partido Nacionalsocialista del Pueblo Alemán») fue nombrado canciller. Sin embargo, durante los tres primeros años de su gobierno la violencia del nuevo dirigente alemán se circunscribió al interior de sus fronteras nacionales. Apenas un mes después de su nombramiento, el incendio del Reichstag fue la excusa para suspender las libertades civiles e ilegalizar a los comunistas; y el 24 de marzo, un mes más tarde, consiguió que el parlamento le otorgara plenos poderes. La muerte del presidente Hindemburg, en agosto, le permitió acceder al puesto de jefe del Estado alemán y, en 1934, se deshizo del vicecanciller y político conservador Franz von Papen, el hombre que le había aupado al poder.

Estos mismos años fueron igualmente testigo de violaciones sistemáticas del Tratado de Versalles –el abandono de la Sociedad de Naciones, la reintroducción del servicio militar, el programa de rearme o la creación oficial de la Luftwaffe, entre otras– siempre a nivel interno. El final de este proceso fue la remilitarización de Renania, una provincia que si bien era territorio alemán no podía tener guarniciones militares, hasta que a primera hora del 7 de marzo de 1936, en violación directa de los artículos 42 y 43 del Tratado de Versalles, dieciocho batallones de tropas germanas entraban en la región y, en torno a las 11:00 horas, tres de ellos cruzaron el Rin. La tibia reacción de Francia y del Reino Unido dio carta blanca al dictador.

Uno de los objetivos declarados del nazismo era juntar a todos los alemanes étnicos en un mismo Estado, y en el camino hacia este objetivo el Anschluss («anexión») de Austria era un paso evidente. Tras intensas tensiones políticas entre los dos países y un intento de golpe de Estado fallido en julio de 1934, Hitler volvió a la carga en 1938, exigiendo la dimisión del canciller Schuschnigg y el nombramiento de Arthur Seyss-Inquart, el jefe nazi austríaco, en su lugar. Eran condiciones inasumibles y, conocedor de cuáles eran las verdaderas intenciones de Hitler, el Gobierno de Viena anunció la convocatoria de un plebiscito sobre la anexión, que «amañó» elevando la edad mínima para votar a los 24 años, con lo que dejaba fuera a un porcentaje importante de quienes estaban a favor. Entonces, Hitler ordenó la invasión, que tendría lugar el 12. Aquel día, las tropas alemanas fueron recibidas con júbilo por los austríacos, o al menos así lo escenificaron quienes salieron a la calle; mientras que, una vez más, el Reino Unido y Francia se limitaron a protestar.

Tras este éxito y envalentonado por la falta de reacción de las grandes potencias, Hitler aceleró el paso. Si había necesitado tres años, desde su llegada al poder, para remilitarizar Renania, y dos más para anexionarse Austria, en esta ocasión su máquina de propaganda se puso en marcha en seguida. Iban a hacer falta tan solo seis meses para que Alemania se hiciera con la región de los Sudetes, nombre con el que serían conocidas las regiones de Checoslovaquia con una importante población germana.

En esta ocasión, los demás países europeos tuvieron un papel más relevante. Por un lado, el Reino Unido se había comprometido a apoyar a Francia, pero esta, aunque tenía un tratado de defensa con Checoslovaquia que la obligaba a oponerse militarmente a cualquier intento de invasión, no tenía interés ninguno en entrar en guerra con su vecino de más allá del Rin. Además, entró en juego la Unión Soviética, que se mostró dispuesta a apoyar a los checoslovacos, pero estos, que desconfiaban de Stalin, se negaron. Finalmente, el dictador italiano Benito Mussolini se ofreció para mediar en la crisis. Fue su momento de gloria pues, bajo su patronato, se reunieron en Múnich los representantes de las cuatro grandes potencias europeas del momento: el Reino Unido (Neville Chamberlain), Francia (Edouard Daladier), Alemania (Adolf Hitler) e Italia, representada por el propio Duce. El 30 de septiembre de 1938, y ante la firme promesa de Hitler de no reclamar más cambios territoriales, los cuatro llegaron a un acuerdo que le permitía que se hiciera con los Sudetes. Los checoslovacos ni tan siquiera habían sido invitados, solo se les animó a ceder, o se quedarían solos. Aprovechando la ocasión, Hungría reclamó territorios en el extremo oriental y en el sur del país, y Polonia la región de Zaolzie. No tardaría en arrepentirse.

Papel mojado

A Hitler tan solo le hicieron falta otros seis meses para incumplir su promesa. Tras estas cesiones territoriales el Estado Checoslovaco entró en crisis, el independentismo eslovaco se hizo muy activo y empezó el proceso de ruptura del país, que se consumó el 14 de marzo de 1939 con la proclamación del Estado eslovaco. Al día siguiente, Hitler invadió lo que quedaba. Fue una maniobra fácil, ya que los checos, si bien tenían un ejército poderoso, habían perdido todas sus defensas fronterizas al entregar los Sudetes, y fueron incapaces de resistir. En Francia y en el Reino Unido la noticia cayó como una bomba. «Paz para nuestro tiempo», había anunciado Neville Chamberlain a la vuelta de Múnich. Craso error, habían alimentado al monstruo. Mientras la diplomacia occidental se reorganizaba, Hitler siguió su camino. El 23 de marzo de 1939 Alemania reclamó a Lituania el territorio de Memel, que le fue concedido, y apenas una semana después, el 28 de abril, exigió la ciudad libre de Danzig y un paso por el corredor polaco.

En aquel momento, Danzig era un territorio semiindependiente cuyas relaciones internacionales estaban encomendadas a Polonia y cuya seguridad garantizaba la Sociedad de Naciones. Sin embargo, ya desde su establecimiento en 1920 había sido foco de conflictos a causa de la importante población alemana existente. Ahora, Hitler no solo exigía la reintegración de la ciudad y su territorio en Prusia Oriental, sino que también quería una carretera y una línea de ferrocarril que cruzaran el llamado Corredor Polaco (entre la ya citada Prusia Oriental y Prusia Occidental, ambas pertenecientes a Alemania). Polonia, un Estado teóricamente democrático gobernado por el presidente Moscicki pero bajo el control real de un triunvirato militar, se negó a cualquier concesión territorial, aunque aceptó la existencia de la carretera para unir ambas partes de Alemania. Servido el conflicto, la intervención de las potencias europeas fue crucial una vez más. Francia y el Reino Unido dieron garantías a Polonia con el compromiso de no dejarse arrastrar a un nuevo Múnich, mientras que la Unión Soviética también ofreció su ayuda a Polonia, pero Stalin jugaba un doble juego y asimismo estaba negociando con Alemania. El 23 de agosto de 1939, Joachim von Ribbentrop por parte de Alemania y Vyacheslav Molotov por la parte soviética firmaron un pacto que, presentado como un acuerdo de amistad entre ambos países, no engañó a nadie, era la condena a muerte de Polonia.

Aun así, la actividad diplomática seguiría siendo intensa. El mismo 23 de agosto el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt se puso en contacto con el rey de Italia, con Hitler y con el Gobierno polaco mientras el papa Pío XII hacía una llamada a la paz sin mucho éxito. El 24, Francia y el Reino Unido renovaron las garantías dadas a Polonia en marzo con la firma de un pacto de asistencia mutua que, esperaban, disuadiría a Hitler de iniciar una nueva aventura. No sirvió de nada. El 1 de enero de 1939 las tropas alemanas cruzaron la frontera polaca e iniciaron una guerra que arrasaría Europa durante seis años.

JAPÓN, LA POTENCIA OLVIDADA

Las sucesivas crisis que se vivieron en Europa durante los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial han llevado a olvidar a uno de los beligerantes fundamentales de la contienda: Japón, la única potencia no europea. Desde su apertura a Occidente, el Imperio nipón había hecho lo posible por establecer su dominio en Asia, hasta que el agotamiento de Europa y el aislacionismo norteamericano tras la Primera Guerra Mundial posibilitaron que, en 1931, el alto mando del Ejército de Kwantung, cuya misión era vigilar el Ferrocarril del Sur de Manchuria, decidiera anexionarse la región. A partir de ese momento, los nipones iniciaron una política agresiva que los llevó a firmar el Pacto Anti-Komintern, con Alemania, el 25 de noviembre de 1936; a iniciar una guerra con China el 7 de julio de 1937 tras el incidente del puente de Marco Polo y a provocar tres conflictos fronterizos con la Unión Soviética: el incidente del río Amur en junio de 1937, el de Changkufeng en julio-agosto de 1938 y el de Jalkin Gol a partir de mayo de 1939. Finalmente, el 27 de septiembre de 1940 Japón firmó el pacto tripartito con Alemania e Italia; sin embargo, aunque su presencia en China fue una de las causas directas de la guerra mundial en el Pacífico, tras la derrota en Jalkin Gol los nipones nunca atacaron a la Unión Soviética.

23 DE AGOSTO DE 1939: EL GOLPE MAESTRO DE STALIN

La diplomacia soviética de los meses previos al desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial fue el resultado de un inteligente doble juego por parte de Stalin, en el contexto de una lucha por la supremacía geopolítica de tres bloques bien definidos: las potencias occidentales, el Eje Roma-Berlín y la propia Unión Soviética. El punto de partida estaba en el convencimiento de Stalin de que el régimen comunista no tenía amigos. Francia y Gran Bretaña habían apoyado a los ejércitos blancos durante la revolución, y Adolf Hitler jamás había ocultado su intención de exterminar el comunismo. Lo más conveniente para Stalin era una guerra entre los países de occidente y Alemania, en la que incluso el vencedor quedaría tan debilitado que sería presa fácil. Sin embargo, los occidentales cedían y la guerra no llegaba, lo que llevó al Kremlin a pensar que estos trataban de azuzar a Alemania contra los soviéticos. Otra dimensión del problema de Stalin, era el ataque japonés en Manchuria, que despertó su miedo a una acción concertada entre los nipones y Alemania. El problema del dictador soviético se resolvió cuando las potencias occidentales dieron garantías a Polonia, lo que obligó a Hitler a reorientar su diplomacia hacia un acuerdo con la Unión Soviética. El 23 de agosto de 1939 Hitler consiguió evitar la guerra en dos frentes, pero el vencedor fue Stalin, que ahora podía sentarse a ver cómo sus enemigos se atacaban mutuamente.

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