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Hasta siempre, Johan

Muere Cruyff, víctima de un cáncer a los 68 años, el hombre que cambió el fútbol para siempre y devolvió a la pelota el lugar principal sobre el césped.

  • Johan Cruyff
    Johan Cruyff

Tiempo de lectura 4 min.

25 de marzo de 2016. 15:39h

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Domingo García Barcelona. 24/3/2016

«En cierto sentido, seguramente, soy inmortal», dijo alguna vez. Tenía razón. A Johan Cruyff nunca le gustaron las normas que él no imponía. Eso le llevó incluso a desafiar a la muerte y a la macabra herencia familiar que lo condenaba a morir de un infarto con 44 años, como su padre. El aviso le llegó en 1991 cuando era entrenador del Barcelona. Le quedaban dos meses para cumplir los 44 y el corazón le apartó durante varios meses del banquillo azulgrana. El Barcelona ganó la Liga con Rexach al mando y Johan dejó el tabaco y agarró el chupa-chups. «Nunca más he vuelto a fumar», confesaba años después. Ayer, a los 68 años, un cáncer de pulmón se lo llevó para siempre. Pero se dio una prórroga de casi 25 años.

Cruyff siempre eligió su destino, sin importarle a quién tenía que desafiar. Entendía que era la única manera de progresar. «Mejor hundirte con tu propio criterio que con el de otro», solía decir. Por eso no dudó en fichar por el Feyenoord, cuando a los 36 años el Ajax le dijo que era demasiado mayor. Su venganza fue ganar la Liga con el eterno rival antes de retirarse. Cruyff inventó una manera de lanzar los penaltis, el penalti indirecto que imitaron Messi y Luis Suárez contra el Celta, aunque Johan le añadió un pase más para que terminara marcando el lanzador, que era él. Permitió también, un poco por casualidad y un poco por llevar la contraria, que la numeración no fuera del 1 al 11 como era tradicional. Después de un tiempo lesionado, no quiso que Gerrie Muhren, un delantero que luego jugaría en el Betis, le devolviera el número «9» que había estado utilizando en su ausencia. «Quédatelo», le dijo. Y él eligió el «14», con el que luego siempre se le identificaría, a pesar de que en España le obligaran a usar el «9». Por eso, Emilio Butragueño, que siempre lo ha reconocido como su ídolo de infancia, escogió el «14» cuando el Real Madrid quiso homenajear a Juanito en el primer partido después de su muerte, retirando el «7» por un día.

Junto a su suegro, Cor Coster, inventó también el marketing y los agentes futbolísticos. Su suegro era también su socio y el que negociaba los contratos por él. Lo hizo desde muy joven, antes de que Johan se casara con su hija Danny, cuando se enteró de lo que ganaba en el Ajax. «Eso es una miseria», le dijo. Y consiguió que le triplicaran el sueldo. Cruyff logró cosas impensables para otros, como rebajar la presión fiscal para los futbolistas en Holanda. «A principios de los 70 nos movíamos alrededor de un 75 por ciento de retención fiscal», explica en el libro «Me gusta el fútbol», una especie de memorias futbolísticas escritas por Sergi Pàmies. «Estuve con la Asociación de Futbolistas y pactamos con las autoridades un acuerdo. Todos los futbolistas profesionales podrían colocar un 30 por ciento de sus ingresos brutos en un fondo de pensiones. [...] El pacto incluía un seguro de vida, jubilación, etcétera», añade. Con la Federación holandesa también tuvo problemas por asuntos económicos. La Federación había firmado un contrato con Adidas y Johan reclamó su parte. No llegaron a un acuerdo y Cruyff jugó el Mundial de 1974 con una camiseta de su patrocinador, Puma, y dos rayas en las mangas en lugar de las tres características del patrocinador oficial de la Federación. Después, se negó a jugar el Mundial de Argentina en 1978 por falta de acuerdo económico con su Federación y por miedo a un secuestro.

Aquel Mundial de 1974 cambió el fútbol para siempre. «Puedes sacar un prestigio y una admiración enormes de una final perdida», reconocía Johan, consciente de que todo lo que le llegó después hubiera sido más complicado sin ese Mundial. Cruyff quería ganar, pero iba más allá. «El fútbol está hecho para el público y lo que más le gusta a la gente es ver jugar al ataque», explicaba una vez cuando era entrenador del Ajax. Por eso, algunos ex jugadores del Barcelona recuerdan que en algún momento, cuando el equipo iba ganando por cuatro o cinco goles, era mejor tirar a los postes que marcar uno más. El público agradecía más la emoción de ese «uy» que un número más en el marcador. En el fondo, su idea futbolística nace de lo que aprendió allí, en la cantera del que siempre fue su equipo. Allí aprendió a amar a la pelota, como explica el periodista holandés Edwin Winkles en el libro «Escuchando a Cruyff». «Cuando de pequeño entrenaba en el Ajax, cada jugador tenía su propio balón con su nombre. El balón era tu amiguito», decía. Eso se le quedó grabado y el juego de posesión era fundamental para su Barcelona, igual que lo fue después para el de Rijkaard o el de Guardiola. «Si nosotros tenemos el balón, ellos no pueden marcar», asegura.

A Johan le sorprendía que, después de ganar la Liga con el Barcelona como jugador en su primer año, la gente en lugar de felicitarle, le diera las gracias. Su equipo llevaba 14 años sin ganar la Liga. No se imaginaban lo que vendría después.

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