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Y Rafa lloró en París

No pudo evitar la emoción en la ceremonia en la que levantó su undécimo título de Roland Garros. Asegura que lo pasó peor ante Schwartzman en cuartos que en la final.

  • Rafa Nadal comparte la Copa de los Mosqueteros con su amigo Pau Gasol en la Philippe Chatrier
    Rafa Nadal comparte la Copa de los Mosqueteros con su amigo Pau Gasol en la Philippe Chatrier

Tiempo de lectura 4 min.

11 de junio de 2018. 03:19h

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Mariano Ruiz Díez Madrid. 11/6/2018

En la historia del tenis mundial las lágrimas más famosas eran las de Roger Federer en Australia después de perder la final de 2009 ante Nadal. Era la tercera final seguida de un «Grande» que el suizo perdía con Rafa y en Melbourne, en la entrega de trofeos, se hundió delante de todo el planeta. Desde ayer hay otras lágrimas tan famosas como las de Federer. Son las de Nadal en París, aunque éstas son de alegría, pura emoción. Abrazado a su undécima Copa de los Mosqueteros, mirando la bandera española y escuchando el himno nacional, Rafa tembló y se conmovió. «Tener este trofeo conmigo de nuevo es una emoción que no puedo explicar. Estoy muy agradecido a todo el mundo, a los que me apoyan y que en los momentos difíciles siempre me brindan muestras de cariño para seguir creyendo y seguir luchando y quiero agradecer especialmente a mi equipo, compañeros y familia por siempre estar ahí», acertó a decir Rafa.

Durante la final se manejó con una autoridad similar a la mostrada durante el resto del torneo. El único momento crítico llegó con los problemas físicos en forma de calambre que le afectaron a la mano izquierda. Rafa se asustó y pensó incluso en seguir jugando con su brazo «malo», el derecho. Su primera reacción fue tomar un antiinflamatorio, luego se quitó un vendaje que le comprimía situado debajo de la muñequera izquierda. Volvió a la pista y en el siguiente parón reclamó la presencia del fisioterapeuta. «Era un calambre y tenía la esperanza de que se pudiera pasar. No me hubiera ido de la pista. Hubiese jugado hasta con el brazo derecho. Tenía dos sets de margen para que se pasase y habría seguido de la manera que fuese», comentó sobre el problema que le inmovilizó el dedo corazón de la mano izquierda.

Nadal, de 32 años, manifestó que jugará al tenis hasta que su cuerpo «resista» y hasta que su deporte le siga haciendo «feliz». «El tenis es una parte importante de mi vida, pero no lo es todo, hay otras cosas que me hacen feliz, no estoy muy preocupado por el futuro», apuntó.

Según el español, el momento más tenso para él en esta edición de Roland Garros fue en los cuartos de final ante el argentino Diego Schwartzman, el único capaz de ganarle una manga en todo el torneo. «Había perdido un set e iba un ''break'' abajo», recordó Nadal. La lluvia y su tenis un día después hicieron el resto. Y también se vio obligado a recordar los 20 «Grandes» de Federer: «Claro que tengo la ambición, la pasión, pero no me vuelvo loco con lo que hagan otros, siempre habrá alguien con más dinero, con una casa mas grande, más (...) Si miras al de al lado puedes frustrarte, hay que ser feliz con lo que se tiene», resumió sobre su relación con el suizo, aunque reconoció que le gustaría tener veinte «Majors». De cualquier forma presumió de «una maravillosa carrera» y aclaró que seguirá «luchando por cosas». «Hay que gente que trabaja más o como yo y no tiene la suerte que yo he tenido», afirmó.

¿Wimbledon?

Cerrada la gira europea sobre tierra batida con cuatro títulos (Montecarlo, Barcelona, Roma y París), Nadal afronta ahora el mes en hierba. O no. «Haré lo que sea bueno para mi cuerpo. Tengo que ver cómo me siento en un par de días», confesó. La apuesta podría ser llegar a Londres como hizo el año pasado, sin disputar ningún torneo previo.

Rafa recuerda que lo fundamental para lo que resta de temporada es encontrarse sano y para ello lo más importante es medir muy bien el calendario y es que queda media temporada todavía por delante. Las retiradas este mismo año en los cuartos de final del Abierto de Australia y en Acapulco horas antes de su estreno le obligan a ser cauto, aunque físicamente haya terminado en París a un nivel sobresaliente.

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