La sociedad amnésica

"Hemos pasado del todo era ETA al nada lo es. Ahora se vota a los políticos que dirigían sus prácticas de terror"

Una pintada en Bayona que reivindica al mundo proetarra
Una pintada en Bayona que reivindica al mundo proetarraBob EdmeAP

Hay un libro que se ha publicado hace menos de un año y que se titula «Los amnésicos». Es de una joven escritora alemana, Géraldine Schwarz, que indagó en el pasado de su familia para entender el papel de sus abuelos durante el III Reich. El concepto más revelador de su libro tiene un nombre en alemán: mitläufer. Se trata de personas que, por indiferencia, por apatía, por resignación o por oportunismo, se convierten en cómplices de prácticas e ideas violentas y criminales. La autora explicó así el sentido de su libro: «He querido mostrar que, lo que está en el origen de los peores crímenes de la humanidad es la indiferencia. Los verdaderos perseguidores, los verdugos, los monstruos en general son pocos. Y siempre nos interesamos por los monstruos, o por los héroes, o por las víctimas. Pero la mayoría de las personas no se identifican con ninguna de estas tres categorías, que solo conciernen a una minoría. Los mitläufer son una masa de personas que, por su número y de manera más o menos pasiva, pueden consolidar un régimen criminal».

No es mi intención establecer un paralelismo entre los aborrecibles crímenes perpetrados por el régimen nazi con lo vivido en la sociedad vasca y española con el terrorismo de ETA. Pero la argumentación expuesta por Géraldine Schwarz en su libro me ha llevado a percibir cierto paralelismo entre los ciudadanos vascos y los amnésicos que la autora alemana describe en su libro, especialmente al calor de las recientes elecciones autonómicas. Si bien es cierto que estos comicios han sido atípicas y excepcionales por la emergencia sanitaria, creo que no me equivoco al afirmar que, con pandemia o sin ella, cada vez más vascos premian a las fuerzas políticas que no combatieron activamente el terrorismo de ETA mientras castigan a los partidos que sí sufrieron la persecución y el asesinato, el PP y el PSOE. Ante esta triste paradoja, considero oportuno formular unas cuantas preguntas inspiradas por la autora citada y su obra «Los amnésicos».

Me pregunto si la batalla moral, social y política contra el terrorismo no la estaremos librando con una gran masa de personas indiferentes –aunque quizá no colaboracionista como algunos mitläufer– ante lo que ha sido ETA y las consecuencias de su terror sistemático y selectivo. Personas que en los tiempos en que el terrorismo se perpetraba no actuaron o miraron hacia otro lado, o se beneficiaron del estado de cosas mientras el terror no llamase a sus puertas. Personas que, con el fin del terrorismo, han optado por depositar su voto en los políticos que dirigían las prácticas de terror y muerte, hoy agrupados en las siglas de EH Bildu. La izquierda abertzale no solo no ha sido castigada en las urnas, sino que se ha visto reforzada. Pero en quien más depositan el voto los vascos es en quien siempre tuvo el poder en Euskadi mientras ETA estaba activa y nunca lo usó para tender una mano a los acosados, heridos, perseguidos y asesinados. Creo que no es una exageración afirmar que la mayoría de la sociedad vasca no ha asumido –ni tiene intención de asumir– ningún tipo de culpa en la larga historia de terror de ETA y que esa ausencia de culpa se refleja en las opciones políticas que escogen.

ETA ha sido la organización terrorista más longeva de Europa porque su proyecto lo asumía buena parte de la población vasca y, por tanto, tenía mucho apoyo político y social. Ahora, de repente –muchas cosas en la sociedad vasca suceden de repente, sin explicación alguna–ETA eran solo los comandos, nada más, nadie más. Hemos pasado del todo era ETA al nada es ETA. De la ETA omnipotente, invencible, al «es preciso hacer política como si ETA no existiera» –plan Ibarretxe–, y de ahí hacia la sensación que se va apoderando silenciosamente de la sociedad vasca y de sus políticos de que ETA no ha existido nunca, aunque sus ideólogos y dirigentes sigan en la primera línea de la vida pública haciendo política con alfombra roja.

Las víctimas del terrorismo en el País Vasco hemos hecho un enorme esfuerzo para conquistar el espacio público que se nos negaba. Lo hemos hecho en medio de humillaciones y de condiciones de desprecio porque lo necesitábamos para que la intolerancia no terminase por aplastar la libertad en cada centímetro de nuestra sociedad. Ahora que ya hemos conquistado ese espacio, tenemos la responsabilidad de pedir a la sociedad mayoritaria que nos invisibilizó que haga el esfuerzo que le corresponde y que no está haciendo, el esfuerzo de mirarse en el espejo de la historia de ETA para preguntarse dónde estuvieron mientras perseguían, amenazaban y asesinaban a sus vecinos, compañeros de trabajo o incluso amigos. Si la sociedad vasca cierra el libro de la historia de terror de ETA como si nada hubiera pasado, se estará cerrando su propio futuro como sociedad madura. No se trata de hacer un favor a las víctimas, sino de recuperar la dignidad y la capacidad de crítica al pensamiento homogéneo y hegemónico que extiende el poder dominante. Si no, estaremos condenados a cumplir con el pronóstico de esta célebre frase: «Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo».