¿El año que nunca existió?

Un inicio de legislatura lleno de imprevistos marca las claves de futuro para el Gobierno: 2021 será el gran reto para la coalición

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IlustraciónPlatónLa Razón

Si como dice Joan Didion «nos contamos historias para poder vivir», este final de año (como cualquier otro, pero este especialmente) es el momento propicio para ese ritual que consiste, por una parte, en hacer balance de lo vivido y, por otro, marcar los propósitos de lo que vendrá, adornados ambos por el inevitable tamiz de lo subjetivo. Que 2020 ha sido un año diferente al imaginado por todos (y cada uno de nosotros) es una obviedad. Que se parece poco a lo que habíamos conocido antes, también. Podemos hacer listas largas, larguísimas, con planes frustrados (encuentros, estrenos, viajes) o con descubrimientos encontrados ( el valor de lo cotidiano, la conciencia de lo mucho que teníamos como sociedad o la toma de distancia para reflexionar con mayor claridad frente al vértigo diario). Todo esto nos ha traído un año al que la excepcionalidad empuja casi a la irrealidad, pero en el que todo lo ocurrido ha sido muy real y muy tangible y ha sentado las bases de lo que vendrá. Aunque habrá quien haya pasado por este 2020 sin que el 2020 haya pasado por él. En la vida y también, claro, en la política. Cuesta pensar que fue hace menos de 365 días cuando la gran sorpresa del año parecía la formación (in extremis) del primer gobierno de coalición de la democracia. Doce meses y una terrible pandemia después, el balance y las perspectivas de futuro están irremediablemente unidos: lo que viene ya está esbozado en todo lo que pasó.

Nuevo reparto de fuerzas

Y en esas interpretaciones propias de este final de año, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aportó su dosis de autocomplacencia al tradicional balance de sus primeros meses de legislatura. Y lo cierto es que, dadas las complejas circunstancias, sí hay que reconocerle logros: con una minoría parlamentaria exigua ha aprobado hasta nueve estados de alarma (tirando de geometría variable), 34 decretos ley (evitando, eso sí, el debate parlamentario propio de las leyes) y, además, unos presupuestos que se antojaban poco menos que imposibles y que, según su hoja de ruta, dan margen para afrontar el resto de legislatura.

Sin embargo, esta suma de victorias a corto plazo es un éxito envenenado por los daños colaterales (y no menores) que ha provocado. Son triunfos que contienen en sí mismos los riesgos a los que Sánchez se enfrenta a partir de ahora: instituciones más débiles y con menos prestigio; la competencia (no siempre leal) de otro gobierno dentro del Gobierno, al que permanece atado (y cada vez más atado), y una nueva redistribución de fuerzas políticas con los presupuestos ya en vigor, que se irá complicando a medida que se acerque la cita con las urnas que separará (inevitablemente) a una coalición más yuxtapuesta que unida.

A lo largo de los últimos meses el vicepresidente Pablo Iglesias se ha convertido en el muñidor de pactos inverosímiles. Atraer al «sí» a las cuentas públicas a los independentistas catalanes y a Bildu se convirtió en el leitmotiv de su actividad política: guiños y cesiones a los soberanistas y acercamiento de los presos de ETA a las cárceles vascas encajaban de manera fácil con el ideario de Podemos, pero soliviantaban a buena parte del PSOE. Un complejo sistema de pesos y contrapesos que podía ser manejado con el argumento de la necesidad de unos presupuestos, pero que presenta difícil encaje a partir de ahora. Al papel de Iglesias, hay que sumar otras figuras del partido, como Pablo Echenique o Jaume Asens, que suelen ir por libre en sus declaraciones y que endurecen los mensajes para su electorado, pero que tensan cada vez más la cuerda que les une a Moncloa. Y aunque el guion oficial apela a las diferencias lógicas de dos formaciones políticas, lo cierto es que tener sentado en el Consejo de Ministros a quien amenaza con agitar la calle y ejerce casi de oposición (basta recordar las enmiendas a los propios presupuestos) resulta un funambulismo con altas dosis de riesgo. Tanto que incluso se ha producido algún amago de salida precipitada y ha sido necesario un golpe de mando en forma de apoyo público del presidente (por ejemplo, a Nadia Calviño en el Congreso).

Con el salvavidas de Europa

De hecho, estas dificultades de la coalición se han trasladado a los análisis demoscópicos: las encuestas empiezan a dar señales de desgaste en los partidos de Gobierno (más en Podemos que el PSOE): el último CIS apuntaba una pérdida de hasta 1,5 puntos porcentuales en la suma de los dos, con el peor dato desde las generales y superados por la suma de PP, Vox y Cs. La pugna electoral será, sin duda, el hito que marcará la relación entre quienes hoy cogobiernan pero mañana competirán por el mismo votante.

Con estas tensiones, las verdaderas dificultades para el Gobierno llegarán en 2021. Sin embargo, el próximo año trae su propia tabla de salvación: el fondo europeo para la recuperación. La gestión y los proyectos que se ejecuten con estos ingresos europeos darán aire al Ejecutivo y también, claro, marcarán la España del futuro y la capacidad para afrontar en mejores condiciones crisis venideras. Y aunque las predicciones suelen resultar muy arriesgadas (si algo hemos aprendido este año ha sido a deshacer planes), es inevitable recurrir a ellas y mirar los augurios de algunos expertos como el profesor de Yale, Nicholas Christakis, que pronostica una especie de reedición de la década de los veinte del siglo pasado: tras la pandemia vendrán la euforia, el gasto y los excesos. Sin saber lo que nos depara el futuro y, en cualquier caso (se cumplan estas predicciones o no), ojalá tengamos unos felices (y algo locos) años veinte.