Las “otras Rocíos” que Montero olvida

Su caso anima a muchas mujeres a contar sus terribles vivencias. Sin embargo, se sienten «desamparadas e invisibilizadas» en la sociedad y en la esfera política

Irene Montero y Rocío Carrasco, en imágenes de archivo
Irene Montero y Rocío Carrasco, en imágenes de archivo

Rosa, Laura, Marta y Ana. Ellas también han sufrido violencia de género. Pero hasta hoy han estado silenciadas. Son solo un reflejo de las 305.271 mujeres que han sufrido violencia psicológica entre 2015 y 2019. Sus dolorosos testimonios no cuentan con un altavoz público, ni tampoco con un respaldo tan mediático y político como el que ha recibido Rocío Carrasco tras reconocer que había sufrido maltrato psicológico por parte de su ex marido, Antonio David Flores. Síndrome de que no cuentan con apoyo es que hablan con LA RAZÓN con pseudónimos y, por supuesto, sin ofrecer su imagen. Es el miedo y el pánico al que se enfrentan cada día el que las impide fotografiarse. El temor al que su maltratador continúe impidiéndolas vivir dignamente cuando tratan de reconfigurar sus vidas rotas.

El caso de Rocío Carrasco ha abierto, sin embargo, una ventana de esperanza entre las mujeres víctimas de violencia de género. Así lo constatan varias asociaciones como Ana Bella o Alma, que reconocen a LA RAZÓN que desde que se dio a conocer su testimonio no han parado de recibir llamadas de luchadoras que se atreven tímidamente a contar sus vivencias. Precisamente el caso de la hija de Rocío Jurado se ha encontrado con el apoyo de parte de la esfera política. Destaca la ministra de Igualdad Irene Montero que la ha dado su apoyo públicamente. Sin embargo, miles de mujeres continúan a día de hoy invisibilizadas. Esta es la historia de mujeres valientes que se han visto reflejadas en el relato de Rocío Carrasco, pero careciendo del apoyo social que ella si tiene.

El testimonio de Rosa es desolador. Su maltratador ya ha muerto, nos cuenta. “Es un alivio aunque parezca horrible, pero es importante que se vaya ese hijo de puta”. “Doy gracias a que ha muerto, pero me ha dejado unas cicatrices a mi y a mi hijo de por vida”. Pero esto no se soluciona con su muerte, porque el maltratador se encarga de que tu vida sea una mierda hasta que te mueres”, comenta angustiada. Rosa llegó a tratar de suicidarse la primera vez que denunció a su maltratador. Incide en la importancia de llamar maltratador a su ex pareja. “Es lo que es”. Antes ya había sufrido malos tratos, incluso con su bebé en sus entrañas. Pero lo más duro para ella llegaría una vez que separó. “El problema llega entonces, a los niños no se les considera víctimas y el maltratador tiene derecho a ver a sus hijos. Él pegaba a mi hijo y cuando regresaba de casa de su padre me insultaba. Mi hijo me llamaba borracha, mala madre... Este es el modus operandi de un maltratador”, explica. Mi hijo está diagnosticado como un enfermo mental y ahora estoy tratando de trabajar con él, de resetearle, pero es muy difícil recuperarle”. Nos pide que reflejemos que “es importante que la ley cambie para que el maltratador no tenga visitas ni la patria potestad de los hijos. Así como que a los hijos de víctimas de violencia machista no se les ponga el adjetivo de enfermos mentales”.

Laura se siente totalmente identificada con el caso de Rocío Carrasco, pero pide visibilidad para todas. “Hay cuarenta mil Rocíitos, cuarenta mil Lauras, o Carmenes...”. Denuncia el abandono que siente por parte de la justicia. Se confiesa desamparada. Ella ha sufrido maltrato psicológico y pide conciencia social porque “al igual que hay una economía sumergida, hay un maltrato sumergido. El psicológico no se ve. Parece que como no te han dejado la cara morada, nadie te cree”. De hecho, asegura que su abogada le quitó de la cabeza esa denuncia por lo difícil que es de demostrar. Si durante el matrimonio sufrió este maltrato ahora sufre el económico. “Me llegó a decir que para pagarme un sueldo a mí, se quedaba él con la custodia del niño y así le pagaba yo, como si la manutención fuese un dinero para mí y no para el pequeño y para sus necesidades”, lamenta. Ahora, el Supremo ha reconocido el maltrato económico y tiene algo de esperanza. “Me debe 50.000 euros en manutención”.

Marta se siente invisibilizada. “No podemos hablar porque no nos apoya nadie”. Es por eso que el caso de Rocío cree que es una ventana. “Llevamos sufriendo años y no podemos hablar de esto. No es justo no recibir un euro para mis hijos de mi maltratador ni de las instituciones”, dice. “A diferencia de Rocío yo no puedo hablar ni contar mi dolor”. Su marido no la pegaba, pero el maltrato psicológico era constante. “Él quería que estuviese encerrada en casa, me decía que ropa me debía poner y hasta me exigió que dejase mi trabajo porque no ganaba mucho dinero”. El problema fue cuando dio a luz a su hijo, relata. “Cuando nos separamos y le tocaba ir a su casa, le tenía encerrado en su habitación. Trató de ponerle en mi contra. Me dijo que iba a conseguir que mi hijo me odiase. Le manipuló. Consiguió que mi propio hijo me denunciara por malos tratos falsos. Mi hijo me llamaba puta, mala madre. Imagínate cuando la Guardia Civil me llega y me dice que estaba denunciada por mi hijo. Fue el peor día de mi vida”, relata.

Ana se siente agotada y cansada. Cree que nadie entiende a las mujeres supervivientes como ella. Ha sufrido maltrato físico y psicológico, pero lo peor es la perdida de su hija y la “manipulación” de su ex. Lleva seis años sin ver a su hija, a pesar de tener la guarda y custodia y resoluciones de la Audiencia provincial que reconocen que el padre tiene que entregarle a su hija.

Fue maltratada físicamente durante el matrimonio. “Mi ex me sacó de la cama a rastras de lso pelos con una mano y en la otra tenía un cuchillo enorme de carnicero. Lo hizo delante de mi hija”. Lo denunció, pero asegura que la jueza no quiso escucharla. Pero el peor maltrato, lamenta, es al que ha sometido a su hija. Los padres, coinciden todos los testimonios, tratan de hacer daño a las mujeres con sus hijos menores. “Envenenó su mente hasta conseguir que me odiara para apartarla completamente de mi vida”. Pone el punto de atención en ello. Denuncia que no existen leyes que “penalicen la manipulación de los padres maltratadores”.

Cuenta, también, cómo transcurrió su matrimonio. Tras casarse vio que algo no iba bien. “No podía hablar con nadie por la calle. Un hola o un adiós provocaba una discusión enorme. Era celoso, controlador y posesivo. No podía depilarme, ni ducharme en casa porque pensaba que me iba a ir con otro hombre. Tenía que ducharme en el trabajo. Si me lavaba los dientes para ir al médico, decía que me quería ligar al médico y si me arreglaba para ir a una reunión con los profesores de mi hija, igual. Cuando entraba con las niñas en casa, las preguntaba con quién había hablado mamá en el parque. Llegó un momento que mis hijas estaban tan aleccionadas que nada más entrar por la puerta le contaban con quién hablaba en la calle. Lo más normal es que si vas al parque con tus hijas te relaciones con los demás padres y madres. Cuando iba a la piscina con las niñas, decía que me ponía el bañador para ligar con hombres. Así era todo”.