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La revolución de los niños burgueses de Sarriá

La Policía detecta a jóvenes de los barrios más exclusivos de Barcelona entre los CDR, que llevan un «kit de lucha» y siguen tácticas de guerrilla urbana clásica. Tienen manuales donde estudian cómo atacar a los «antidisturbios» y a qué temperatura arden sus uniformes.

  • Un momento de la violencia que se vivió en las calles de Barcelona el pasado viernes por la noche. Encapuchados y organizados los radicales siembran el pánico en el centro de la ciudad
    Un momento de la violencia que se vivió en las calles de Barcelona el pasado viernes por la noche. Encapuchados y organizados los radicales siembran el pánico en el centro de la ciudad

Tiempo de lectura 5 min.

20 de octubre de 2019. 12:58h

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Laura L. Álvarez Madrid. 20/10/2019

Ya es muy tarde pero mañana no irá al instituto porque hay vaga (huelga) general. La ropa de marca, muy hippie y muy cara, le huele a hoguera y nunca antes había experimentado esa sensación de adrenalina tan bestia. Se siente salvaje, libre y se va a casa con el buen sabor de boca que deja la convicción de haber participado en algo muy grande, que pasará a la Historia. Eso le han hecho creer y así lo siente. Es menor de edad y pertenece a los llamados Comités de Defensa de la República (CDR). No sabe que un grupo de la Brigada Provincial de Información de la Policía Nacional, que trabaja para identificar a los responsables de los disturbios que estos días han quemado, casi de forma literal, las calles de Barcelona en respuesta a la sentencia del «procés», le sigue a él y a sus amigos cuando ya «plegaban». La sorpresa de los agentes llega cuando, en lugar de volver a un portal cualquiera, el chaval llega a Sarriá, uno de los barrios más exclusivos de la Ciudad Condal. No es el único. Los investigadores ya han detectado que gran parte de estos «comités» están formados por chavales muy jóvenes pertenecientes a familias de la alta sociedad catalana. Algunos expertos creen que no es casualidad que muchos miembros de las CUP también vengan de estos barrios «pijos».

«Estos chavales están teledirigidos por Arran, los cahorros de la CUP. Les comen la cabeza desde muy pequeños y, lo que en cualquier otra parte de España sería un antisistema a secas, aquí se hacen independentistas porque es, digamos, la causa “autóctona”. Pero les importa un pito la República, lo que quieren es liarla por ahí», explica los agentes especializados en este grupos. Los jóvenes son captados ya desde el colegio, cuando comienzan a ser adolescentes. El que no milita en la causa independentista muchas veces es víctima de «bullying» o son discriminados en el patio. «A esas edades, el sentimiento de pertenencia a un grupo es muy importante y nadie quiere ser el direfente o el cobarde, por eso en estos entornos no es fácil atreverse a decir no».

Una vez dejan la teoría a un lado y se atreven a dar el paso de la lucha callejera, van con un «padrino»: alguien más experimentado que les va explicando como proceder en cada momento y los trucos de las tácticas de guerrilla urbana más clásicas.

«Kale borroka o anarquistas de toda la vida: lo que es en cómo formar la primera línea de fuego, con maderas o mobiliario urbano, no han innovado mucho», aseguran los agentes experimentados en estas lides. «Eso sí, ahora se pueden organizar mucho mejor que antes con los móviles. Gracias al posicionamiento gps los líderes saben a quién movilizar de un sitio a otro por su ubicación. Si te fijas, hay cientos de vídeos que se les ve cómo, después de hacer alguna «acción», miran el móvil: muchos lo hacen para hacerse selfies pero otros para seguir instrucciones por vías de comunicación más o menos complicadas de detectar». De hecho, estos días se han producido algunos encontronazos entre los propios CDR, donde habría «de primera» y «de segunda»: los que están organizados y siguen unas consignas se enfadan con los grupos que funcionan de forma más autónoma e improvisada porque, de cara a los independentistas más puristas, vulgarizan la lucha y no les dejan trabajar bien a los que se creen profesionales. «Los primeros estudian el momento idóneo de atacar en determinados enclaves mientras que los segundos van a donde ven jaleo y, simplemente, se unen al jolgorio», aseguran.

Por mucho que sus convocatorias suenen inofensivas (viernes y sábado hemos visto los llamados «Picnic per la República», los que estarían en esta «liga profesional» de los CDR salen a la calle con un «kit de lucha» básico: importantísimo el móvil y batería extra, braga para taparse la cara hasta los ojos y dificultar su identificación, botellitas de agua pequeñas rellenas de acelerantes para el fuego como gasolina y ácido para arrojar a la Policía. Además, llevan tirachinas que suelen comprar por Amazon para tirar bolitas de acero o canicas de toda la vida, como ha podido comprobar este diario.

Se trata de métodos de las guerrillas urbanas de toda la vida. De hecho, beben de movimientos anarquistas y manejan manuales como «Black Bloc, porque la libertad no será parlamentada», al que ha tenido acceso este diario. En el documento, de 70 páginas, vienen capítulos específicos para «inutilizar» a la UIP (antidisturbios de la Policía Nacional), tras hacer un exhaustivo análisis del equipamiento que utilizan y cómo funcionan. A ellos le dedican el primer capítulo del manual. «Antes de nada, vamos a estudiar a quién nos enfrentamos», comienza la guía, que hace un análisis pormenorizado del uniforme («sus trajes están compuestos de un material que se derrite de 130 a 168º») o de inutilizar sus cascos: «puede ser saboteado pintando su visera transparente que, si el antidisturbio la limpiase, perdería unos segundos que nosotros aprovechamos».

El manual también da consejos prácticos si te ves afectado por gas lacrimógeno («limpia con papel absorbente sin refregar por el área afectada») o si eres detenido («nunca testifiques ante la “madera”»). No pasan por alto el tema de la ropa: prendas oscuras para dificultar identificaciones e incluso una muda con ropa de color en la mochila «para cambiarse tras una acción y jugar al despiste». Es muy importante taparse la cara y advierten de que eso no debe hacer pensar que sean policías infiltrados, otra de las clásicas obsesiones de este tipo de manifestaciones. Como reza uno de los panfletos que reparten: «No es la cara tapada lo que delata a un topo, sino el pensar que un madero es un trabajador más. La lucha empieza cuando la protesta legalizada llega a su fin».

Como es lógico, los agentes conocen de sobra todos los manuales con los que trabaja esta gente y también sus intenciones, el problema viene cuando en la calle tienen que tratar de frenar, con sus medios, a una masa enfurecida, como ha ocurrido las últimas noches, que ha dejado casi 300 agentes heridos.

Un mando policial que lleva más de 40 años en Barcelona asegura que «nunca» había visto ese nivel de violencia en las calles y hace un análisis más político de la situación: «Torra se ve en un callejón sin salida y está pidiendo a gritos la intervención del Estado para volver a revertir la opinión pública y que todos vuelvan a pensar «España represora» porque ahora ve que la gente se le está volviendo en contra y le hace responsable de la situación. Necesita, como sea, volver a buscar un enemigo común y conchavarse de nuevo con su pueblo».

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