“Esta crisis nos puede hacer sentir parte de algo mayor que nosotros mismos”

Entrevista con Sergio Oliveros, experto psiquiatra en trastornos de la personalidad, depresión, TOC y esquizofrenia

Llevamos prácticamente una semana hablando hasta la saciedad de todo lo que, médicamente, tiene que ver con el coronavirus. A estas alturas, la inmensa parte de la sociedad sabe perfectamente qué medidas ha de tomar para evitar los contagios, cuáles son los síntomas y qué perspectivas hay para el futuro. Pero hay una cuestión muy importante de esta pandemia de la que todavía no hemos empezado a hablar y que es la salud mental, algo importantísimo y que, en situaciones extremas, como las guerras, pasa a un total y absoluto segundo plano porque la prioridad es otra: salvar vidas.

Sergio Oliveros es un reputado psiquiatra español sobre todo conocido por su gran conocimiento de enfermedades mentales como la esquizofrenia, depresión, trastornos de la personalidad y trastorno obsesivo compulsivo. En conversación con la razón reflexiona sobre el grandísimo impacto que tendrá en la salud mental de muchas personas el confinamiento, sobre todo si es muy largo: “Sin duda es una experiencia que nos va a afectar y más cuantos más días pasen. Llevamos sólo unos días y ya buscamos formas de relacionarnos por los balcones con aplausos colectivos, discotecas improvisadas y bingos vecinales. Pero eso mismo que hemos criticado tantas veces que nos separaba de los demás, la tecnología y las redes sociales, va a ser la clave para nuestra supervivencia en este aislamiento real que vamos a vivir. Ese aislamiento que hemos ensayado ahora nos va a venir bien. Redescubriremos la conversación, los juegos, el sexo, la intimidad y la complicidad. Lamentablemente, para otros será un infierno que culminará en divorcios y discusiones”, explica.

Lógicamente no va a ser igual para todos estar en casa uno o dos meses (las previsiones más pesimistas) en un confinamiento forzado. Ni todas las familias son iguales, ni las relaciones preexistentes ni las condiciones de la vivienda algo que hará muy diferente el encierro ya que, lógicamente, no es lo mismo vivir en un piso de 50 metros cuadrados que hacerlo en una urbanización con jardín a donde puedes incluso escaparte para estirar las piernas y que te dé un poco el sol. Para el psiquiatra cabe diferenciar tres situaciones que se van a dar: “Sujetos solos, convivencias conflictivas, y convivencias normales. El supuesto más resiliente será sin duda la convivencia normal por la disponibilidad de recursos. Después, los sujetos que vivan solos podrán experimentar situaciones claustrofóbicas con ansiedad y estados depresivos por la privación social. Finalmente, los de mayor riesgo serán las convivencias conflictivas que corren riesgo de patologías más graves e incluso violencia doméstica. Esta situación va actuar como un amplificador de problemas previos”.

Desgraciadamente, esto no es una novedad, en pandemias, guerras etc, la salud mental pasa a un segundo plano. No es que no importe, sí importa, pero pasa, a priori, a un segundo plano. En un hospital de campaña es má útil y necesario parar una hemorragia y salvar una vida que atender un ataque de ansiedad. Por duro que parezca, la tristeza o en un momento dado la histeria o e desasosiego no es lo más urgente. “En una pandemia lo urgente es evitar la diseminación y atender a los afectados. Obviamente la salud mental es secundaria. Es como la guerra. De hecho, en la guerra y situaciones de estrés extremo, los trastornos psiquiátricos leves y moderados disminuyen o desaparecen. Otra cosa es desatender a los enfermos mentales graves que es algo que no ocurre en ningún caso en occidente salvo en conflictos armados, como la guerra de Bosnia”, matiza Oliveros.

El comportamiento colectivo no deja de ser curioso. Estos días muchos hemos asistido atónitos a la compra masiva del papel higiénico y esto ha sucedido en lugares tan dispares como Australia, Italia o España y todos nos hacemos la misma pregunta: ¿por qué la gente compra de manera compulsiva papel higiénico? En una situación de penuria es probable que el primer síntoma de haber pasado la línea roja de la inseguridad es no poder mantener la higiene. Podemos racionar la comida para aguantar más días y perder peso porque nos sobra, pero el momento en el que tenemos que renunciar a nuestra higiene es el momento en el que nos acercamos a la miseria. En un momento de incertidumbre en cuanto a el grado de reclusión, la escasez de suministros etc. la reacción con el papel higiénico ha sido masiva, transcultural e interclasista”, explica.

La sociedad abundante, no consciente de todo lo que tiene, infantilizada y poco reflexiva

Desde que finalizó la II Guerra Mundial y de manera progresiva, lo que se conoce como mundo occidental, lleva 75 años ininterrumpidos de paz donde el confort ha ido aumentando de manera exponencial. Cosas tan banales como abrir un grifo y que salga agua fría o caliente, según el gusto, han dejado de ser gestos que un ciudadano occidental aprecia por cuanto de normal tiene. Hemos normalizado e integrado de tal manera a nuestras vidas todo el confort y privilegios que nos rodean que era más que previsible que una situación como la actual nos pillara con el pie cambiado. Y eso que seguimos disponiendo de todas las comodidades: techo, agua corriente, calefacción, internet, comida (a pesar de los “saqueos” propiciados por el miedo). “En efecto, vivimos el efecto Ícaro. Hemos creído poder volar sin darnos cuenta de que el calor del sol puede derretir la cera de nuestras alas. Un mero virus de murciélago puede poner en jaque la economía mundial, los sistemas de salud de los arrogantes países occidentales y la salud de de millones de personas que ven cómo en unos días sus pulmones pueden dejar de funcionar”.

Cuando todo esto acabe

¿Qué pasará cuándo todo esto acabe? ¿Cabe pensar en efectos de shock postraumático? “Viendo el efecto de la crisis de 2008, lo más probable es que las consecuencias sean escasas o nulas, nos gusta negar el malestar y la vulnerabilidad. El muerto al hoyo y el vivo al bollo, como si fuéramos de una naturaleza sobrehumana. Eso no me puede pasar a mí. Sólo las guerras o las revoluciones que han tenido un efecto más devastador han tenido un efecto transformador en las sociedades que, sin embargo, tampoco ha sido duradero por lo general. De los zares a Putin, de Somoza a Ortega, etc...”

La parte positiva de todo esto

Decía Heráclito que todo pasa y nada permanece y 24 siglos después de esta reflexión, parece que todo sigue intacta. Esto pasará pero mientras dure podemos hacer cosas positivas que permanecerán en nuestro recuerdo para siempre. De la misma manera que la generación de nuestros abuelos nunca olvidó la guerra civil, nuestra generación nunca olvidará esto por lo impactante que es por nuevo, devastador y, sobre todo, inquietante. El psiquiatra tiene claro que lo mejor que podemos hacer estos días es “aprovechar el tiempo para jugar con los hijos, conocerlos mejor, reflexionar, leer, aprender, hablar, hacer ejercicio, tener sexo. Tener la vida de la que siempre huimos. Estamos en casa, sobre todo, para evitar que un anciano que no conocemos muera. Esta crisis nos puede hacer sentir parte de algo mayor que nosotros mismos, trascender a nuestro individualismo. Con esta crisis vamos a estar más cerca de nuestra familia, vamos a mejorar la contaminación, la responsabilidad social, la solidaridad y la fraternidad. Hasta el dinero va a ser mucho menos importante porque no vamos a tener en qué gastarlo. Sin duda, nuestra reclusión va a tener muchos efectos positivos en nosotros y en nuestro entorno. Esto debe alentarnos cada día para seguir en la brecha”.