Cine

Javier Rey “Siempre acabo defendiendo a mis personajes”

Javier Rey se adentra en una historia de leyendas, costumbrismo y misterio en ‘La casa de caracol’ (20121). La ópera prima de Macarena Agustín que antes de pasar por salas, el próximo 11 de junio, se presenta en la Sección Oficial del Festival de Málaga.

El actor Javier Rey
El actor Javier Rey FOTO: Manu Bermúdez La Razón

De él podría decirse que es uno de los actores más prolíficos de su generación. También de los más indescifrables, porque como buen gallego sabe cuándo y cómo dejar una pregunta flotando en el aire. A Javier Rey ni la pandemia ha conseguido frenarle. Cuando apenas volvíamos a pisar las calles, él se metía en un set de rodaje con esta nueva cotidianeidad, con distancias de seguridad, mascarillas y PCR. El resultado de aquel rodaje casi experimental fue que La Casa del caracol, la ópera prima de Macarena Astorga, llegó en los tiempos previstos y con el elenco que ella quería. Y sí, con Paz Vega y Javier Rey a la cabeza. Este último dando vida a un escritor al que abandonan las musas y se retira a buscarlas a un pueblo en el que pasa de todo. O no, porque la historia juega con la percepción del espectador y lo lleva a dudar casi hasta de estar en la butaca del cine. Y porque los personajes van mutando en cada escena y quitándose capas, pero sin llegar a desnudarse por completo. Javier hace algo parecido en la vida real cuando se enfrenta a las entrevistas y los medios. Responde con honestidad a todo, pero deja entrever que guarda con celo esa faceta más privada. Quizá es que, de tanto estudiar a sus personajes, ha aprendido que no es bueno desprenderse de todas las capas rápidamente, y menos cuando se trata de exponerse públicamente. Dice que tiene una teoría sobre cómo debe ser un actor para ser creíble y podría decirse que pasa por mantener el misterio sobre sí mismo. ¿Hasta qué punto lo consigue? Con ustedes, Javier Rey.

-Deberíamos empezar felicitándole porque el próximo 11 de junio se estrena La Casa del caracol, pero además, acaban de anunciar que la película participa en el Festival de Málaga.

-Estoy encantado. Además, es una película que tiene mucho sentido que esté allí. Nuestra directora es malagueña y hay un espíritu muy malagueño en la peli. Cerrar todo este proceso así es un broche redondo.

-Con tanto vínculo con Málaga, si la película se lleva el premio va a parecer que tenéis enchufe.

-No creo (risas). Yo ya he estado en Málaga con otras pelis no malagueñas, y además premiadas. Pero si ocurre, si se lo lleva, es porque Macarena Astorga ha hecho una película estupenda, de un género que es complicado y se la ha jugado. Creo que ha quedado muy guay.

-El rodaje tuvo lugar durante los primeros meses de apertura tras el confinamiento. Tuvo que ser extrañísimo entrar de nuevo en un set con mascarillas y distancias de seguridad.

-Ahora creo que ya estoy un poco acostumbrado a todo, pero es cierto que nuestra peli fue la primera así de envergadura que se rodó justo después del parón. Y yo, hasta que no me vi allí escuchando la palabra acción, no me creía del todo que fuésemos a rodar. Es más, me parecían inconscientes (risas). Hicimos gran parte de la preproducción por videollamada y era como: “¿Pero qué estamos haciendo?”. Pero al final todo salió increíblemente bien. Todo el mundo fue muy responsable.

-Su papel en esta cinta es difícil de clasificar, pero podemos decir que transita entre la locura y la racionalidad. ¿Cómo se construye un personaje tan complejo como Antonio Prieto?

-Pues con muchas capas. Cuando ya pase tiempo de la película me gustaría hablar en profundidad de él. No quiero contártelo todo porque probablemente caiga en algún spoiler, pero yo creo que una de las virtudes de la película es que ningún personaje ni los protagonistas ni el que pasa por detrás dicen la verdad. O no saben la verdad, o no saben ubicarse, o ni siquiera si es real o no lo que tienen delante. Son muchos planos de lo que creemos que es la realidad. Y al final, el espectador también genera lo que cree que es su propia realidad y saca sus propias conclusiones.

-En esta película juega mucho con la dualidad y esa eterna batalla entre buenos y malos. Usted ha hecho papeles de ambos, ¿son más desagradecidos los de bueno?

-Hasta los personajes de bueno tienen miserias, como sucede con los seres humanos. Pero yo no los catalogo nunca como buenos o malos. Un personaje como el de Hache, yo lo considero una víctima, porque lo he trabajado y me apiado de él. Otra cosa es el resultado de lo que ocurra en la película o lo que a la gente le transmita. Pero yo nunca diferencio entre unos y otros. Siempre acabo defendiendo mis personajes por lo que les ocurre.

-Podría decirse que La casa del caracol ahonda en las supersticiones y los miedos. En los individuales, pero también en los colectivos. Viniendo de una tierra de leyendas como es Galicia, ¿se considera supersticioso?

-Mira, te voy a dar una respuesta que más gallega no puede ser. Yo soy muy práctico y si no lo veo, no lo creo. Ahora, como vengo de donde vengo… (ríe). Yo no digo que no. Además, respeto mucho las creencias de la gente. No soy nadie como para decir que si no veo algo, no existe.

Javier Rey en el photocall de 'El verano que vivimos', en Madrid.
Javier Rey en el photocall de 'El verano que vivimos', en Madrid. FOTO: Jesus Briones GTRES

-Ha respondido con un ‘no creo en las meigas pero haberlas haylas’ de libro.

-Claro. No digo que sí pero tampoco que no. Muy gallego (risas).

-A estas alturas de la vida, ¿a qué le tiene miedo?

-Mi gran miedo prácticamente es el mismo desde que yo era pequeño. Y es a la enfermedad de mis seres queridos. Creo que es lo más primario y ese es mi gran miedo. Quiero que mi gente y la gente que amo esté sana. Esa es mi mayor felicidad y ese es mi mayor temor. El resto... Pues mira, pasa la vida, va, viene, subes, bajas, tienes más trabajo, menos…

-Su discreción hace que no conozcamos apenas detalles de esas personas queridas a las que se refiere. Lo poco que ha trascendido sobre ellos es que usted es el único actor de la saga. ¿Cómo comenzó toda esta aventura?

-Pues mira, todo surgió por otras personas, porque yo soy un deportista fracasado. Yo quería ser ciclista profesional cuando era pequeño. Lo que pasa es que las piernas no dieron. Además, era mal estudiante, y de repente, por amigos, empecé a coquetear un poco con esto, a hacer cortos... Pero como un hobby. Luego decidí formarme. A lo loco, sin saber muy bien qué iba a pasar… Y ahora estoy aquí.

-Está aquí, disfrutando de una carrera larga y llena de aciertos. Supongo que le habrán hecho muchas veces esta pregunta, pero ¿qué es el éxito para usted?

-Pues creo que puedo decir que me siento una persona exitosa. Para empezar, porque vivo de un oficio que es muy complicado vivir. Y me siento muy afortunado. Tengo la posibilidad de desarrollarme y hacer personajes absolutamente dispares, y además este trabajo me proporciona una manera de vivir que me gusta mucho. Eso para mí es el éxito. Este oficio es complicado y mantener una estabilidad a largo plazo es difícil. Dentro del trabajo evidentemente luego hay fases de premios, de reconocimientos y otras fases que no son eso. Pero eso es circunstancial al éxito real, que es el día a día del trabajo.

-Tiene medio millón de seguidores en las redes sociales, pero ni muestra nada de su vida privada ni ha publicado nunca nada que pudiera ser malinterpretado. ¿Lo suyo es prudencia o es porque todo ese mundo no va con usted?

-A ver, es que no soy un influencer. Yo utilizo las redes sociales para hablar de mi trabajo… que es ser actor. Todo lo que se salga fuera de eso, es mi vida, y mi vida es mía. Además yo tengo la teoría de que cuanto más muestra un actor su vida personal, menos creíbles son sus personajes. Y al final a mí lo que me interesa es que alguien cuando vea La casa del caracol, se crea lo que ve, y que, además, cuando lo compare con otros personajes que he hecho, no tenga ni idea de quién soy yo.

-La estética de La Casa del Caracol parece llevarnos a los años 70. En Fariña le hicieron viajar a los 80, en Hache a los 60, en El verano que vivimos, a los 50….

-Y en Sin fin viajo en el tiempo. Debe de ser que tengo cara de antiguo (risas).

-Lo bueno es que tanto viaje en el tiempo le da para aprender mucho.

-Sí, porque en general aprendes mucho de las cosas que tiene que saber tu personaje. Pero en el caso de La casa del caracol, por ejemplo, no se cuenta en qué año está enmarcado, porque no se sabe o porque a lo mejor no hay ningún año…

-Lo que sí hay es química con su compañera de reparto, Paz Vega. ¿Cómo ha sido rodar con ella?

-Es una maravilla trabajar con Paz. Lleva muchísimos años en el oficio, sabe mucho y es una actriz muy generosa.

-Esta película, además, era especial para Paz porque ha supuesto el debut en la gran pantalla de su hija, Ava Salazar. ¿Cómo se ha desenvuelto?

-Hay personas que tienen un talento gigantesco y especial desde que son pequeñas, y tanto Ava como Luna Fulgencio lo tienen. Además, era un gusto verlas en el rodaje porque se han llevado muy bien y estaban todo el rato como en Disneyland.

-Ahora tiene pendiente de estreno otro proyecto, La Cima, en la que se mete en la piel de un escalador. ¿Cómo lo ha vivido?

-Ha sido un rodaje durísimo. Muy duro físicamente e interpretativamente, muy exigente tanto para Patricia López Arnáiz como para mí. Es una peli muy especial. Condicionaba tanto lo atmosférico que yo no he pasado tanto frío en mi vida.

-Acaba de finalizar también el rodaje de Historias para no contar, con Cesc Gay. De nuevo otro proyecto de cine. ¿Ha aparcado la televisión por el momento?

-No. Hay algo por ahí, pero como los tiempos son como son y hasta que no se cierran las cosas todo es inestable… pues digamos que es posible que vuelva a la televisión.

Créditos:

Asistente de fotografía: Adrián Campos. Estilismo: Candela Noverques. Asistente estilismo: Natalia Alejandrez.

MUAH: Paula Soroa para Shiseido. Localización: agradecimientos a SGAE. Camisa Verde, de POLO CLUB.