Cultura

Ceausescu, el sátrapa de los 9.000 trajes

Asumió el Gobierno tras la muerte de Gheorghiu-Dej en marzo de 1965, pero no fue hasta 1974 cuando se hizo con la presidencia de la República de Rumanía, con una política ajena a Moscú y jugando a país independiente. A partir de ahí, hasta su muerte hace ahora 30 años, vivió como un sátrapa. Modificó Bucarest para construir el Palacio de la Primavera con todos los lujos: catorce mil metros cuadrados que incluían un cine, un búnker, una piscina cubierta, invernadero, lámparas de cristal de Murano, mármol natural, grifos de oro y todo tipo de detalles «burgueses»

Una de las imágenes emitidas por la televisión del cuerpo sin vida de Nicolae Ceausescu
Una de las imágenes emitidas por la televisión del cuerpo sin vida de Nicolae Ceausescu FOTO: STR REUTERS

Rumanía fue el único país del antiguo Bloque del Este donde hubo una verdadera revolución. El comunismo rumano cayó porque era una red corrupta de pobreza y opresión. A esto se unió el impulso dado por las noticias llegadas de otros países del «socialismo real». El 9 de noviembre de 1989 desaparecía el Muro de Berlín. Poco después, en Checoslovaquia tenía lugar la llamada «Revolución de terciopelo», que fue un movimiento pacífico tras la oleada de protestas callejeras. Václav Havel simbolizó entonces la revuelta sencilla de un pueblo contra un sistema represivo que clamaba por democracia y libertad.

En otros satélites soviéticos, como Hungría y Bulgaria, la transición la protagonizaron los mismos partidos comunistas, que se convirtieron forzosamente a la socialdemocracia y convocaron elecciones. Temían perder el poder, el control de sus pueblos, y, sobre todo, una reacción violenta de la gente. Ya no temían a la URSS, como pasó en 1956 en Hungría, cuya rebelión se saldó con un baño de sangre; o lo que ocurrió en la Alemania Oriental en la temprana fecha de junio de 1949, que produjo una cifra de represaliados aún desconocida. O en la Primavera de Praga en 1968 y aquel «socialismo de rostro humano» que ponía al ideal comunista frente al espejo, ante sus crímenes y su esencia tiránica.

El comunismo era, y es, una enorme mentira, la promesa de un paraíso futuro fundado en el robo, la liquidación social y la dictadura. Eso sí: es un paraíso para la casta política. Eso fue lo que ocurrió en Rumanía, el contraste entre la palabra y la realidad. «Fue la sublevación del pueblo la causa determinante de la huida de los Ceausescu», declaró Petre Roman, ex primer ministro rumano en el Gobierno revolucionario de 1989. «El hecho concreto y claro fue que en la mañana del 22 de diciembre, centenares de miles de personas marcharon sobre el centro de Bucarest. Fue entonces cuando Ceausescu se dio cuenta y huyó», concluyó Roman.

La revolución no fue un estallido súbito, sino un acontecimiento que se había estado fraguando desde hacía años. Eran justamente los obreros, los trabajadores de aquel «paraíso proletario», los que protestaban por sus condiciones laborales y los sueldos miserables, en contraste con la riqueza demostrada por los dirigentes comunistas. En la década de 1930, más de un 78% de los rumanos, de un total de 18 millones de habitantes, vivían de la agricultura. Solo había un pequeña y localizada burguesía, muy débil en comparación con la de otros países europeos.

La Segunda Guerra Mundial permitió a Stalin, tras su fracasada alianza con Hitler, crear un cordón sanitario en torno a su dictadura. Era preciso que hubiera unos Estados colchón para proteger el territorio soviético, sirvieran de coartada para la farsa de la revolución proletaria mundial, y someterlos a los intereses económicos rusos.

De esta manera, con Rumanía ocupada, su Partido Comunista pasó de mil afiliados a un millón en cuatro años. Luego entraron en los gobiernos de coalición, siempre en ministerios estratégicos, como el de Interior, Agricultura, Industria o Justicia, para crear una administración a su servicio y controlar a la Prensa.

Después se produjo la mentira electoral: el Partido Comunista Rumano de Gheorghe Gheorghiu-Dej falsificó los resultados de las elecciones de 1946 en las que habían sido derrotado. Ya en el poder, propició el derrocamiento de Miguel I y estableció una República Popular. Durante su mandato, y para asegurar su poder personal, se deshizo de los prosoviéticos y consiguió la salida de las tropas rusas en 1958, aunque se mantuvo en el Pacto de Varsovia.

Gheorghiu-Dej nombró sucesor a Nicolae Ceausescu, quien asumió el Gobierno tras su muerte en marzo de 1965. No fue hasta 1974 cuando se hizo con la presidencia de la República, con una política ajena a Moscú y jugando a país independiente. A partir de ahí vivió como un sátrapa. Modificó Bucarest para construir el Palacio de la Primavera con todos los lujos: catorce mil metros cuadrados que incluían un cine, un búnker, una piscina cubierta, invernadero, lámparas de cristal de Murano, mármol natural, grifos de oro y todo tipo de detalles «burgueses». Ceausescu acumuló 9.000 trajes para estrenar uno cada día, ya que temían que lo envenenasen con el tinte del tejido.

Mentira y represión

Eso solo se mantenía gracias a la mentira y la represión. La labor la llevaba a cabo la Securitate, una policía secreta fundada en 1948 por asesores de la rusa NKVD. Tuvo cerca de 20.000 agentes, con un millón de informadores por todo el país. Contaba con una red de 24 prisiones copiadas de las soviéticas. Se calcula que fueron asesinadas al menos unas 435.000 personas desde 1946, pero es posible que la cifra sea aún mayor.

Ceausescu era el «Conducator» (conductor), siguiendo la tradición de llamar con algún apelativo a los dictadores. No faltaron los intelectuales orgánicos que le definieron como «arquitecto», «príncipe encantador», «estrella de la mañana» o «visionario». El culto a la personalidad era fundamental, así como los actos de masas. Sin embargo, fue precisamente la masa, el pueblo, quien se rebeló contra él.

Las protestas por las condiciones de vida fueron muy fuertes en los años 80. El detonante tuvo lugar en Timisoara, cuando la policía, la Securitate y el Ejército reprimieron unos disturbios contra el Gobierno comunista a mediados de diciembre de 1989. Un grupo de unos treinta jóvenes fueron asesinados y sus cuerpos descuartizados en una plaza pública.

Las manifestaciones para la liberación de los arrestados congregaron a miles de personas. Ceausescu intentó utilizar a los obreros para atacar a los manifestantes, pero estos se acabaron uniendo contra el régimen. Elena, esposa del Conducator, dijo: «Matadlos y a una fosa común, que no quede ni uno de esos obreros». Hubo más de cien muertos. El dictador los tildó de «gamberros antisociales» y de «fascistas», y prohibió que se los enterrara.

El 21 de diciembre, Ceausescu quiso hacer un «show» televisivo frente al edificio del Comité Central y apaciguar la situación, pero la furia se desbordó. No valió la carga de la policía y del Ejército contra los revolucionarios, y Ceausescu tuvo que escapar en un helicóptero. En su ausencia se formó un Consejo del Frente de Salvación Nacional compuesto por represaliados, aunque también por oportunistas que querían salvarse de la quema; entre ellos, el general Stefan Gruse, quien comandó la represión en Timisoara. Gorbachov respaldó al nuevo Gobierno y a su nuevo presidente, Ion Iliescu.

Dos horas de preguntas

Nicolae y Elena fueron detenidos y juzgados. Ante las preguntas, que duraron dos horas, la esposa del dictador decía a su marido: «Nicolae, ¿cómo permites que te hablen así?». Fueron declarados culpables de corrupción, de evadir millones de dólares a Suiza –unos mil–, de destrucción de la economía y de genocidio. La sentencia fue la muerte. Se siguió el estilo comunista: primero se fijó la condena, y luego se hizo la farsa. Fueron fusilados mediante ráfagas largas de AK-47. Era el día de Navidad. Se dice que el dictador murió gritando: «¡Viva la Rumanía socialista, libre e independiente! ¡Muerte a los traidores! ¡La historia me vengará!».

Dorin Marian Carlan, uno de los soldados que fusilaron al matrimonio, confesó años después que el dictador «se levantó un metro del suelo al recibir los disparos». Sin embargo, dijo, Elena tardó en morir a pesar de los tiros recibidos. «Hacía unos movimientos macabros», y tuvo que rematarla de un disparo.

La ruta turística de lo «ilegítimo y criminal»

Hoy, la tumba de Nicolae Ceausescu, así como su Palacio de Primavera –la que fuera su residencia oficial con 80 habitaciones y 14.000 metros cuadrados–, su casa natal, la base militar de Targoviste donde fueron fusilados en la Navidad del 89 y otras construcciones comunistas, se han convertido en atractivos turísticos. Son varias las agencias que ofrecen sus servicios para semejante «tourné». No importa que en 2006 el Gobierno de Traian Basescu declarase el comunismo como «ilegítimo y criminal» y que formara una comisión para estudiar la represión. En la tumba de Ceausescu hay una leyenda: «Una lágrima de parte del pueblo rumano». Las fosas en las que fueron enterradas sus víctimas no forman parte del circuito turístico.