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La Razón
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Aunque por puntos, pero había ganado su primer Debate sobre el Estado de la Comunidad. Incluso los columnistas menos afectos le habían reconocido momentos brillantes, pese a cierto academicismo distante. Sin embargo, una torpeza, otra más, de su tecnocrática guardia de korps (Pizarro ríe), dejó al aire al día siguiente las vergüenzas socialdemócratas de José Antonio Griñán. No sé cuándo sufrió más: si yendo contra su credo al predicar el aumento del IRPF a partir de los ochenta mil euros o cuando fue descubierto en su mentira, sí, mentira, por haber ocultado la supresión de algunas deducciones menores en rentas menores. Un rábano hábilmente cogido por las hojas de la oposición, suficiente para dejar una muesca muy fea en la coherencia intelectual del presidente de la Junta. En el pecado lleva la penitencia. Porque no era Griñán político nacido para entregarse a la carnaza ideológica, mas lo ocurrido entre el peinado discurso del miércoles y la nota de prensa del jueves casi invalida su trayectoria.Ya un primer error, al heredar el cargo a cambio de nada, fue no haber atendido el clamor de esas clases medias que siguen empadronándose en Madrid para que sus hijos no tengan que pagar el Impuesto de Sucesiones. Sólo con esa medida, más sencilla que organizar un congreso de cuyas ponencias nadie se acuerda, el PSOE habría resucitado electoralmente en las ciudades de más de cien mil habitantes.Claro que, menos se comprende lo de ahora, que en un discurso solemne un presidente autonómico pueda llegar a la falacia buscando asociar subliminalmente a la oposición con unos supuestos ricos que apenas aportan nada, mientras los de su Concertación, al norte de la Isla de la Cartuja, siguen con coche oficial hasta en los terceros niveles. Qué pena. Un día pensé que Griñán tendría un discurso propio entre el de Arenas y el de Valderas, también sobre los suyos, pero sigue sin encontrar el sitio. Y va camino de perderlo.