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De decretazos y otros mandobles

Tiempo de lectura 2 min.

29 de mayo de 2010. 04:34h

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29/5/2010

Es verdad que el Pleno del jueves era histórico, que Merkel, Sarkozy, Obama, el Fondo Monetario Internacional y el mundo entero estaban pendientes de nuestros votos, que el éxito del Gobierno fue una derrota, que por primera vez en seis años ningún grupo apoyó en las Cortes a Zapatero, que CiU le salvó los muebles con su abstención para evitar que las elecciones generales coincidan con las catalanas... Todo eso es verdad. Pero no menos cierto, que frente a la soledad política, la gran zozobra del Gobierno es la amenaza de soledad social. De aquélla que pueden provocar los sindicatos si llaman a la huelga general, porque en la reunión «secreta» de hoy con la patronal, tutelada por el mismísimo Zapatero –Corbacho es un cadáver– no se logra sacar la ansiada reforma laboral.

Aunque Zapatero ha afirmado que no hay bandazos y que sus actuaciones responden a las necesidades del momento, por primera vez su fantasioso discurso propio no se lo cree ni él. El «impostor» de ahora –en palabras de Pío García Escudero– se ha visto obligado a rebajar su cacareado gasto social con medidas drásticas que, a buen seguro, se quedarán cortas. O sea que lo aprobado el jueves no es nada con lo que queda por venir, una «radical revisión» de las leyes laborales, como nos ha pedido el FMI, que reducirá el despido a 33 días para todos los colectivos. Se acabaron las vacas gordas. Esto va en serio. Casus belli para Comisiones Obreras por lo que, si finalmente el sindicato no traga este fin de semana, el Gobierno tendrá que imponer la reforma laboral con otro decretazo.

Y no queda otra. Zapatero está obligado a gobernar con pulso firme porque cada vez hay más dudas a nivel internacional respecto a su capacidad para hacer reformas. Se le ve con escepticismo dentro y fuera de casa. Los mercados no se creen la voluntad real de hacer ajustes de un presidente que, para justificar los recortes impopulares, lanza nuevos globosonda como nuevos impuestos a los ricos, por razones exclusivamente ideológicas, no de recaudación real. El problema de Zapatero es pues de credibilidad. El nuevo gobierno conservador-liberal del Reino Unido se ha inaugurado con un tren de medidas de rigor que afectan incluso a los colegios (también de niños pobres), gestos duros a los que seguirán otros.

Los próximos días, pues, serán decisivos en España. Dos años de conversaciones estériles entre patronal y sindicatos podrían acabar en una reforma laboral impuesta por Moncloa. ¿Y qué pasa si hay una huelga general? Dadas las circunstancias, una huelga provocada por un decretazo mejoraría la imagen de Zapatero dentro y fuera del país y daría confianza a los mercados. Si no fuera porque todo es una catástrofe, me atrevería a decir que la huelga es lo que el Gobierno y el país ahora necesita. Para calmar los ánimos... Ironías de la vida.

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