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Vigorexia

Tiempo de lectura 4 min.

06 de octubre de 2010. 02:37h

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6/10/2010

Me figuro que la vigorexia no es otra cosa que la enfermedad obsesiva del vigor. Aznar lo ha puesto de moda. Se sopla mil abdominales al día como si fueran diez velas de cumpleaños. Los gimnasios están repletos de políticos. A un político gordo e inmoderado de carnes caídas ya no le vota nadie. Prieto y Azaña no tendrían nada que hacer en estos tiempos. Lástima que los tiempos no se adelantaran un poco.  Lo malo es que tampoco Churchill, y eso hubiera significado una pérdida para la humanidad. Agustín de Foxá, el gran escritor olvidado por los concededores de bulas, se sentía cómodo en su gordura. Un colega sectario le afeó su militancia en la derecha: «Soy conde, soy diplomático y soy gordo, ¿que coños quieres que sea?». Foxá usaba de los plurales para darle más fuerza a la sentencia. Nunca jamás pisó un gimnasio, y en ese aspecto me parezco a él, lo cual me honra. El que sí lo pisa, y con ilusionado ahínco, es Gómez. Es más joven que Aznar pero se agota antes.  Hace trescientos abdominales por la mañana. Está cachas y vigoroso. Mejor para él. La fuerza física concede más resistencia a los perdedores.

El caso, es que harto de mi inactividad física, me he apuntado a un gimnasio, con entrenador personal y todo. Hoy, cuando escribo, he inaugurado mis sesiones de abdominales. Y el resultado ha sido esperanzador. Cinco. He conseguido culminar cinco procesos completos de esfuerzo abdominal. El entrenador me ha preguntado si deseaba seguir, y mi respuesta ha sido contundente. «Mañana haré seis abdominales. Hoy tengo que escribir». Lo hago, y lo escribo para que mis lectores valoren mi esfuerzo, doblado de dolor. No de agujetas, sino de dolor desgarrado. El entrenador me ha obligado a mover unos músculos que tenía educadamente dormidos, y las consecuencias han sido terribles. Pienso en Aznar y alucino en colores, como decía el pijerío de entresiglos.

Mientras llevaba a cabo el desgarramiento de mi cuerpo, me he visto rodeado de toda suerte de buenas gentes que lo pasan fatal para estar un poco más fuertes que los demás. Así, una joven mujer que se ha pasado una hora a todo correr en una cinta.  Correr en una cinta y no moverse del sitio es una tontería. Un atlético y fornido concejal –no le he preguntado si lo era, pero tenía todo el aspecto de serlo–, no ha dejado de subir y bajar pesas al tiempo que estiraba y encogía las piernas sin ningún tipo de fundamento social. Ha terminado peor que yo, que ya es decir. Y en el vestuario, me he topado con una nueva costumbre de la que ignoraba su arraigo. La exhibición de pitilines. Los usuarios se duchan, se saludan, hablan, ríen y quedan para tomar una copa en situación de rotundas porretas. He sido invitado a participar en un coloquio de esos, y al hacerlo con una toalla anudada a mi cintura, me han tratado como si fuera un extraño. Miradas de profundo desprecio me han acompañado cuando en un pispás, y amparado por la toalla, me he puesto los calzoncillos. –Éste no es de los nuestros–, han comentado. Cuando he abandonado el vestuario, ellos seguían con su charla, pitilín arriba, pitilín abajo, y ya en la calle he tomado la decisión de renunciar a mi belleza física en beneficio de mi dignidad.

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